“Soy feliz siendo célibe”
- José Domingo Ulloa
Lo mejor es que, además, quien vive el celibato, consciente de que se trata de un don recibido, de una gracia especial, lo haga con la sencillez y humildad de quien no se cree superior.
Cada vez que salen escándalos clericales por cuestiones de infidelidad al celibato, se cuestiona su razón de ser y no faltan quienes insisten en que la Iglesia católica debería revisar su norma de admitir al sacerdocio sólo a aquellos que hayan recibido el carisma del celibato y se comprometan a cumplirlo toda su vida. Otros afirman que, mientras no se haga este cambio, la Iglesia seguirá perdiendo vocaciones y feligreses.
Por otra parte, es repetitivo escuchar que el celibato no va acorde con la cultura actual. En primer lugar, el celibato no es acorde con ninguna cultura: judía, griega, romana, española, francesa, alemana, italiana, mexicana, panameña, indígena, mestiza, etc. Ya lo advirtió Jesús cuando dijo: «Hay quienes han renunciado al matrimonio por el Reino de los cielos. Que lo comprenda aquel que pueda comprenderlo», pues «no todos comprenden esta enseñanza, sino sólo aquellos a quienes se les ha concedido» (Mt 19,11-12). Es un carisma, es un don, un regalo que se concede no a todos, sino sólo a algunos, y no cualquiera lo comprende.
Es innegable que ha habido y hay muchas fallas y defecciones; pero la inmensa mayoría vivimos con gozo y plenitud esta vocación, a pesar de nuestras limitaciones. Yo me siento muy fecundo, muy realizado, gracias al celibato. El matrimonio me hubiera limitado mucho en mi servicio a la comunidad. El celibato me hace libre para servir donde se me requiera, para amar y estar muy cerca de quienes necesiten experimentar el amor de Dios. Nadie me obligó a asumir este compromiso antes de la ordenación; lo acepté con plena libertad. Yo decidí libre y conscientemente no casarme, no por egoísmo, no por rechazo a la mujer, ni por desconocer o despreciar la belleza del sexo y del matrimonio, sino por gracia del Espíritu Santo, para consagrar todo mi ser, con todas sus energías, al Reino de Dios, en particular a los pobres. Soy feliz siendo célibe. Por eso pido todos los días al Señor que me santifique y nos conserve en fidelidad a todos los consagrados, a saber: sacerdotes, religiosas, diáconos y esposos.
Jesús decidió no casarse. Su madre permaneció virgen. El apóstol más cercano era célibe. Pablo recomendó este camino, no como mandato, sino como consejo digno de confianza (cf 1 Cor 7,25-35). Sin embargo, es cierto que, en los primeros siglos de la Iglesia, el celibato no era un requisito para la ordenación sacerdotal. Fue hasta el siglo III cuando se vio su conveniencia y hasta hoy se ha conservado, a pesar de fallas e incomprensiones. A quienes son incapaces de ser castos, a los libertinos e infieles en su matrimonio, a los que pretenden justificar todo tipo de relaciones sexuales, les significamos un reproche a su proceder, y por ello nos atacan y ridiculizan; quisieran eliminar el profetismo que significa el celibato.
Ya Jesús había advertido: «Si fueran del mundo, el mundo los amaría como cosa suya; pero el mundo los odia porque no son del mundo, pues al elegirlos, yo los he separado del mundo... También a ustedes los perseguirán, y el caso que han hecho de mis palabras, lo harán de las de ustedes. Todo esto se lo van a hacer por mi causa, pues no conocen a Aquél que me envió» (Jn 15,18-21).
Frente a estas reacciones es normal, que el signo del celibato resulte "escandaloso" cuando es vivido en un contexto cultural de revolución sexual; al igual que en la historia de la Iglesia la pobreza evangélica siempre ha irritado a quienes son fieles súbditos del dios dinero.
Quienes nos comprometimos a vivir célibes, mantengámonos fieles y alegres, con oración, sacrificio y vigilancia, pues las tentaciones nos acechan por todos lados. Ayúdenos la comunidad y las familias a disfrutar esta paternidad espiritual, y que nadie sea motivo de tropiezo. Conozcan los seminaristas, las razones de este estilo de vida y oren para que se les conceda este carisma, que los hará padres y hermanos en Cristo, y así los pueblos en Él tengan vida.
Sin olvidarnos nunca que si bien es cierto el sacrificio que supone la continencia ayuda a profundizar en la dimensión espiritual del amor, enseña a amar con el alma, con la mente y con la voluntad, que es lo más perfecto y digno que hay en el hombre. Está claro que no a todos les es dado esto, igual que no a todos les es dado ser artistas o poetas, o marcar goles como los que marca Messi; pero el hecho de que exista esta magnífica y sorprendente realidad, debería ser para todos un motivo de gozo. Lo mejor es que, además, quien vive el celibato, consciente de que se trata de un don recibido, de una gracia especial, lo haga con la sencillez y humildad de quien no se cree superior, como bien dice San Agustín: “más excelsa es la castidad del no casado que del casado. Pero yo, que no estoy casado, no soy mejor que Abraham”.

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