Cantus Iinterruptus
Un juego de adultos
El jugador con los ojos vendados y después y mareado, trata de encontrar al pato para asestarle un machetazo.
"El pato enterrado" es un juego de adultos que toma elementos prestados de tres juegos infantiles: la gallina ciega, el escondite y la piñata. Se practica en Santa Isabel y consiste en degollar un pato al que se le deja solo la cabeza descubierta a ras del suelo. La invención lúdica colonense se asemeja a algunas formas de lapidación en las que una persona —normalmente una mujer que ha cometido adulterio o un hombre que ha practicado la sodomía con otro hombre— se le entierra hasta el pecho para ser lapidado por sus propios vecinos y en ocasiones familiares cercanos. En el juego costeño el desafortunado pato, que por naturaleza es promiscuo y en ocasiones gay —el 19% de las parejas de patos están formadas por dos patos machos— y en su mundo animal no ha cometido ningún delito ni tiene que ver con leyes bárbaras que rigen a otras especies más avanzadas, es degollado por quienes lo vieron crecer. Los niños se las ingenian para ser testigos de una práctica que, sin ellos entenderlo, les ha sido prohibida. Buscan imágenes visuales que complementen las bromas que los adultos harán cuando concluya el juego.
En "El pato enterrado", el jugador con los ojos vendados y después de haber recibido varias vueltas que lo marean y desubican, trata de encontrar al pato para asestar con un machete afilado un golpe certero. El que acierta se lleva a casa el premio: el pato degollado. Los amigos y familiares del concursante tratan de revelar el lugar exacto donde se encuentra el pato. Gritan: “a la izquierda, a la derecha, para atrás, hacia adelante, ahí, ahí”. Tras una cantidad de intentos le llega el turno a otro concursante, que con nuevas expectativas intentará lo que su oponente no logró. De repente zaz, el metal corta carne, hueso, arteria y venas, y el vómito de sangre hacia arriba ante los ojos agonizantes del animal y de delirio de los testigos. El juego termina, el pato es desenterrado por el triunfador que se lo lleva a casa para prepararlo con una receta inventada que de seguro acompañará de arroz con coco y patacones.
Ese día, cuando el ocaso tiña de oro y topacio la Costa Arriba de Colón, en un comedor humilde adornado con una reproducción barata de “La última cena” de da Vinci, la familia del ganador se sentará alrededor de la mesa y recordará con risas y burlas el jolgorio del juego. En el patio —entre presa y presa, muslo y pechuga, ala o encuentro—, se oye un cuac, cuac ajeno a las inclemencias del destino.

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