Colón: testimonio de pobreza y marginación
Publicado 2001/07/17 23:00:00
- Barcelona
Hace sólo tres décadas, Colón era una ciudad en donde se percibía la prosperidad y la gente mostraba una actitud de positivismo. Sin embargo, en la actualidad y a pesar de que sigue siendo la segunda ciudad en importancia económica del país, la situación ha cambiado dramáticamente.
Los bolsones de pobreza ocupan gran parte de la ciudad y a pesar de que en la provincia funciona una de las zonas libres más importantes del mundo, un centro portuario que mueve millones de dólares en mercancía y que se cuenta con recursos naturales, que son apropiados para la millonaria industria del turismo, las condiciones de vida se han ido desmejorando paulatinamente con el paso de los años.
Los propios miembros de la Comisión de Alto Nivel nombrada por el Ejecutivo para atender los problemas de la provincia, sostienen que las condiciones de pobreza y marginalidad que se viven en Colón no se adecuan al potencial de producción de la región.
Pero la realidad es otra. Por ejemplo, el sector de La Playita, a orillas de la Bahía de Limón, presenta un trágico cuadro de pobreza y extrema pobreza sumado a otros males que son consecuencia de esta condición social, tales como la prostitución, venta de estupefacientes y la delincuencia. Es una barriada en medio de la ciudad, donde pequeñas casas de madera vieja con retazos de hojas de zinc y cartón sirven de hogar a gente humilde.
Los esposos Pérez, familia de origen indígena, han vivido por años en este lugar junto a sus siete hijos, con diferencia de edades muy mínimas. "Pido plata en la calle para ver qué sale, para colmo mi esposo pocas veces se aparece por la casa y cuando lo hace, está ebrio, casi inconsciente", narra con un grueso nudo en la garganta la señora de la casa.
Una paila con aceite del día anterior, bien caliente para freír algún plátano verde y tal vez un huevo, está lista sobre el fogón para preparar el menú, que en la mayoría de los casos resulta un lujo para ellos. Esto se sustituye en ocasiones con una libra de arroz con atún y un caldo de pollo para dar sabor al bocado.
Pero los Pérez no son los únicos, ya que a varios kilómetros de distancia los Brown, en Puerto Nuevo de Los Lagos, viven en condiciones similares. Allí fueron reubicados junto a otras 200 familias. "Todo se ha encarecido y hay que agregar el pasaje que ahora debemos pagar para llegar a la ciudad y que es más difícil rebuscarse algo como hacíamos en Colón", sostuvo la cabeza de esta familia.
Una interrogante surge ahora ¿pensarán estas personas vivir por siempre de la misericordia humana?. A ello, Brown responde con una sonrisa: "el sistema tiene que cambiar". Esta es la frase que comúnmente se escucha decir entre quienes cifran sus esperanzas en las soluciones que debe brindar el Estado.
ENTRE AGUAS NEGRAS
Gerardo Smith debe atravesar las aguas negras para llegar a su casa en calle 6 avenida Balboa, donde reside junto a su concubina y cuatro niños, dos de los cuales son fruto de esta unión. "No hay plata, a veces vendo cosas que compro en la Zona Libre para rebuscarme algo y llevar la paila", dijo.
"Ellos, -agregó refiriéndose a los niños- están en la escuela y la mayor, en secundaria, pero hay que educarlos porque se puede ser pobre con orgullo pero no mal educado".
Ni Gerardo, ni su pareja Elvia trabajan y aunque él terminó su carrera técnica en el Instituto Profesional y Técnico de Colón (IPTC), trabajó de electricista hace un tiempo, pero ahora las deudas le agobian y viven en un inmueble donde no se paga el agua potable que consumen y la deuda de su cuenta de luz asciende a B/. 500.
"Cuando Elektra Noreste llegó nos cortó la luz a todos y ahora tengo un recibo mensual de B/. 23 dólares que pagar, sino tijera pa" mi medidor", respondió en medio de las risas de su hija Sugey.
EDIFICIOS PARA LA GENTE POBRE
A diez cuadras de la casa de los Smith está el conocido Bamboo Lane, edificios de multifamiliares que albergan a gente de bajos recursos. Melba Mendoza, una de sus residentes, trabaja en una casa de familia donde gana B/. 120 mensuales, con ello apenas logra sobrevivir. El edificio está en medio de charcos de aguas negras y verde limo, que es un foco permanente de infecciones.
Melba dice que está acostumbrada, "sólo en las elecciones llegan los candidatos, reparten camisetas a los muchachos y después de las elecciones las aguas negras allí como todos los días".
Agregó que ahí vive, "por gracia Divina" y agradece que no hay cárcel por deuda, porque de lo contrario allá estaría. "Debo cuentas viejas de luz, teléfono y el alquiler no lo he pagado desde hace cuatro años y no me da pena decirlo porque la cosa está dura", relató. Sus hijos se graduaron de la escuela secundaria y viven con ella, lo que sin duda hace más cruda su situación económica.
Quienes siempre han vivido en Colón consideran que los problemas sociales en esta provincia empezaron a agudizarse en la década del 70 cuando llegaron ciudadanos de otras partes del país para establecerse en las escasas 16 calles que la componen, con la esperanza que el floreciente crecimiento de la Zona Libre en época fuera la solución a sus problemas.
Muchos lograron mejorar sus condiciones de vida, otros obtuvieron cargos en la empresa privada y se perfilaron una vida pública y hay quienes auguraron días sombríos y prefirieron emigrar. De hecho, esta provincia mantiene una de las mayores tasas de migración del país.
Algunos consultados recuerdan que en la década de los 80 hasta incluyendo los años de la crisis militar, el pobre subsistía en medio del paternalismo de los militares, la venta de cerveza de contrabando, los empleos en las bases militares y las ventajas que se gozaban en aquel entonces.
Agregan que para los años 90, con el nacimiento de la democracia, hubo mejoría económica para algunos, mientras que para otros fue todo lo contrario. Posterior a ello, sobrevino una época floreciente para los colonenses con el acelerado crecimiento de la Zona Libre y la apertura de nuevas empresas, muchas de las cuales cerraron sus puertas entre 1995 y 1996.
El cierre de las bases militares norteamericanas y la privatización del Puerto de Cristóbal, sectores que pagaban muy buenos salarios, ha traído para muchos habitantes de la otrora "tacita de oro" efectos nefastos en su condición económica.
POBREZA RURAL
La provincia Atlántica con sus cinco distritos, Colón, Portobelo, Santa Isabel, Chagres y Donoso, presenta un tétrico cuadro de pobreza que no sólo es atribuible al actual gobierno.
Aunque para algunos la condición de pobreza y extrema pobreza es exclusiva de Colón Centro, lo cierto es que la situación se extiende a otras áreas de la geografía provincial, donde el desempleo, la carencia de servicios de salud y la pésima condición de los centros educativos son alarmantes.
La región Transístmica del distrito de Colón esconde, más allá de la red vial, un sinnúmero de comunidades localizadas a más de tres horas a pie de distancia, desconectadas de servicios básicos como el suministro eléctrico y ni hablar de agua potable.
Ingresando por Sardinilla, a 600 metros de la planta de Cemento Panamá, se encuentran poblados como Salamanca y más al fondo Boquerón Arriba, comunidad desconocida por muchos, donde la extrema pobreza muestra otra cara de la necesidad del hombre y la mujer del campo. Allá las viejas estructuras de madera se caen con sólo un aguacero de 10 minutos.
Claudina Pérez y Saturnino Menchaca son una pareja de veragüenses que llegó hace 10 años a estas montañas, viven de lo que pueden hacer en su patio, sembrando para subsistir en una pequeña casa, cuyas paredes son de caña blanca, el techo de hojas oxidadas de zinc cubiertas de pencas secas y el piso de barro. Retazos de alfombras regaladas hacen de colchón a las camas de bambú, diseñadas por ellos mismos.
El bocado al amanecer es "arroz pinto" (arroz blanco) acompañado de una taza de café negro. Cuando la posibilidad de cacería les favorece, el menú se acompaña de guiso de loro por la ausencia de carne de res, pollo y pescado, porque no hay dinero para comprarlo y las abarroterías están a cuatro horas de camino y no hay ningún medio de transporte.
Boquerón Arriba es sólo un ejemplo, se pueden mencionar otros sectores como Santa Librada, Santo Domingo, San Juan de Pequení y otras comunidades al extremo del Chagres colindando con el Lago Alajuela, donde los cuadros de miseria se repiten como hélices de una larga espiral.
Los bolsones de pobreza ocupan gran parte de la ciudad y a pesar de que en la provincia funciona una de las zonas libres más importantes del mundo, un centro portuario que mueve millones de dólares en mercancía y que se cuenta con recursos naturales, que son apropiados para la millonaria industria del turismo, las condiciones de vida se han ido desmejorando paulatinamente con el paso de los años.
Los propios miembros de la Comisión de Alto Nivel nombrada por el Ejecutivo para atender los problemas de la provincia, sostienen que las condiciones de pobreza y marginalidad que se viven en Colón no se adecuan al potencial de producción de la región.
Pero la realidad es otra. Por ejemplo, el sector de La Playita, a orillas de la Bahía de Limón, presenta un trágico cuadro de pobreza y extrema pobreza sumado a otros males que son consecuencia de esta condición social, tales como la prostitución, venta de estupefacientes y la delincuencia. Es una barriada en medio de la ciudad, donde pequeñas casas de madera vieja con retazos de hojas de zinc y cartón sirven de hogar a gente humilde.
Los esposos Pérez, familia de origen indígena, han vivido por años en este lugar junto a sus siete hijos, con diferencia de edades muy mínimas. "Pido plata en la calle para ver qué sale, para colmo mi esposo pocas veces se aparece por la casa y cuando lo hace, está ebrio, casi inconsciente", narra con un grueso nudo en la garganta la señora de la casa.
Una paila con aceite del día anterior, bien caliente para freír algún plátano verde y tal vez un huevo, está lista sobre el fogón para preparar el menú, que en la mayoría de los casos resulta un lujo para ellos. Esto se sustituye en ocasiones con una libra de arroz con atún y un caldo de pollo para dar sabor al bocado.
Pero los Pérez no son los únicos, ya que a varios kilómetros de distancia los Brown, en Puerto Nuevo de Los Lagos, viven en condiciones similares. Allí fueron reubicados junto a otras 200 familias. "Todo se ha encarecido y hay que agregar el pasaje que ahora debemos pagar para llegar a la ciudad y que es más difícil rebuscarse algo como hacíamos en Colón", sostuvo la cabeza de esta familia.
Una interrogante surge ahora ¿pensarán estas personas vivir por siempre de la misericordia humana?. A ello, Brown responde con una sonrisa: "el sistema tiene que cambiar". Esta es la frase que comúnmente se escucha decir entre quienes cifran sus esperanzas en las soluciones que debe brindar el Estado.
ENTRE AGUAS NEGRAS
Gerardo Smith debe atravesar las aguas negras para llegar a su casa en calle 6 avenida Balboa, donde reside junto a su concubina y cuatro niños, dos de los cuales son fruto de esta unión. "No hay plata, a veces vendo cosas que compro en la Zona Libre para rebuscarme algo y llevar la paila", dijo.
"Ellos, -agregó refiriéndose a los niños- están en la escuela y la mayor, en secundaria, pero hay que educarlos porque se puede ser pobre con orgullo pero no mal educado".
Ni Gerardo, ni su pareja Elvia trabajan y aunque él terminó su carrera técnica en el Instituto Profesional y Técnico de Colón (IPTC), trabajó de electricista hace un tiempo, pero ahora las deudas le agobian y viven en un inmueble donde no se paga el agua potable que consumen y la deuda de su cuenta de luz asciende a B/. 500.
"Cuando Elektra Noreste llegó nos cortó la luz a todos y ahora tengo un recibo mensual de B/. 23 dólares que pagar, sino tijera pa" mi medidor", respondió en medio de las risas de su hija Sugey.
EDIFICIOS PARA LA GENTE POBRE
A diez cuadras de la casa de los Smith está el conocido Bamboo Lane, edificios de multifamiliares que albergan a gente de bajos recursos. Melba Mendoza, una de sus residentes, trabaja en una casa de familia donde gana B/. 120 mensuales, con ello apenas logra sobrevivir. El edificio está en medio de charcos de aguas negras y verde limo, que es un foco permanente de infecciones.
Melba dice que está acostumbrada, "sólo en las elecciones llegan los candidatos, reparten camisetas a los muchachos y después de las elecciones las aguas negras allí como todos los días".
Agregó que ahí vive, "por gracia Divina" y agradece que no hay cárcel por deuda, porque de lo contrario allá estaría. "Debo cuentas viejas de luz, teléfono y el alquiler no lo he pagado desde hace cuatro años y no me da pena decirlo porque la cosa está dura", relató. Sus hijos se graduaron de la escuela secundaria y viven con ella, lo que sin duda hace más cruda su situación económica.
Quienes siempre han vivido en Colón consideran que los problemas sociales en esta provincia empezaron a agudizarse en la década del 70 cuando llegaron ciudadanos de otras partes del país para establecerse en las escasas 16 calles que la componen, con la esperanza que el floreciente crecimiento de la Zona Libre en época fuera la solución a sus problemas.
Muchos lograron mejorar sus condiciones de vida, otros obtuvieron cargos en la empresa privada y se perfilaron una vida pública y hay quienes auguraron días sombríos y prefirieron emigrar. De hecho, esta provincia mantiene una de las mayores tasas de migración del país.
Algunos consultados recuerdan que en la década de los 80 hasta incluyendo los años de la crisis militar, el pobre subsistía en medio del paternalismo de los militares, la venta de cerveza de contrabando, los empleos en las bases militares y las ventajas que se gozaban en aquel entonces.
Agregan que para los años 90, con el nacimiento de la democracia, hubo mejoría económica para algunos, mientras que para otros fue todo lo contrario. Posterior a ello, sobrevino una época floreciente para los colonenses con el acelerado crecimiento de la Zona Libre y la apertura de nuevas empresas, muchas de las cuales cerraron sus puertas entre 1995 y 1996.
El cierre de las bases militares norteamericanas y la privatización del Puerto de Cristóbal, sectores que pagaban muy buenos salarios, ha traído para muchos habitantes de la otrora "tacita de oro" efectos nefastos en su condición económica.
POBREZA RURAL
La provincia Atlántica con sus cinco distritos, Colón, Portobelo, Santa Isabel, Chagres y Donoso, presenta un tétrico cuadro de pobreza que no sólo es atribuible al actual gobierno.
Aunque para algunos la condición de pobreza y extrema pobreza es exclusiva de Colón Centro, lo cierto es que la situación se extiende a otras áreas de la geografía provincial, donde el desempleo, la carencia de servicios de salud y la pésima condición de los centros educativos son alarmantes.
La región Transístmica del distrito de Colón esconde, más allá de la red vial, un sinnúmero de comunidades localizadas a más de tres horas a pie de distancia, desconectadas de servicios básicos como el suministro eléctrico y ni hablar de agua potable.
Ingresando por Sardinilla, a 600 metros de la planta de Cemento Panamá, se encuentran poblados como Salamanca y más al fondo Boquerón Arriba, comunidad desconocida por muchos, donde la extrema pobreza muestra otra cara de la necesidad del hombre y la mujer del campo. Allá las viejas estructuras de madera se caen con sólo un aguacero de 10 minutos.
Claudina Pérez y Saturnino Menchaca son una pareja de veragüenses que llegó hace 10 años a estas montañas, viven de lo que pueden hacer en su patio, sembrando para subsistir en una pequeña casa, cuyas paredes son de caña blanca, el techo de hojas oxidadas de zinc cubiertas de pencas secas y el piso de barro. Retazos de alfombras regaladas hacen de colchón a las camas de bambú, diseñadas por ellos mismos.
El bocado al amanecer es "arroz pinto" (arroz blanco) acompañado de una taza de café negro. Cuando la posibilidad de cacería les favorece, el menú se acompaña de guiso de loro por la ausencia de carne de res, pollo y pescado, porque no hay dinero para comprarlo y las abarroterías están a cuatro horas de camino y no hay ningún medio de transporte.
Boquerón Arriba es sólo un ejemplo, se pueden mencionar otros sectores como Santa Librada, Santo Domingo, San Juan de Pequení y otras comunidades al extremo del Chagres colindando con el Lago Alajuela, donde los cuadros de miseria se repiten como hélices de una larga espiral.

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