¡Consumado es!
- Silvio Guerra Morales
Todo está, más que coordinado, en la Santa Biblia respecto al nacimiento, crecimiento, vida, obra, muerte y resurrección de Jesucristo como el Salvador del Mundo, el Mesías anunciado por los santos profetas del Antiguo Testamento: Elías, Isaías, David, Salomón, Jeremías, Ezequiel, y otros. No existe contradicción alguna entre el Nuevo Testamento –Cristocéntrico- y el Antiguo Testamento –Jehovácentrico-.
En esta Semana Santa o Semana Mayor recordamos a Jesús, el Hijo de Dios, el Hijo del Hombre hecho carne y que moró entre nosotros, pues viniendo a los suyos, los suyos no le recibieron más a todo aquél que le ha recibido le ha hecho merecedor de ser llamado Hijo de Dios.
Los tiempos concuerdan en todo: así por ejemplo, el día lunes 18 de abril comenzó la celebración de la fiesta del Pésaj, la misma pascua judía y que tiene por eje el recordar sin posibilidad de olvido la liberación de los israelitas de la esclavitud en Egipto. La fiesta, que demora ocho días, durante los que está prohibido ingerir alimentos con levadura, tiene como ritual principal el Séder, que viene a ser una cena ceremonial que se realiza las dos primeras noches e implica que el libro del Éxodo sea leído en comunión con la familia.
¿Será mera coincidencia todo esto: es decir la Pascua Judía y la rememoración por parte del mundo cristiano de la Semana Santa? No, la Biblia dice que todos estos hechos se producen, precisamente, momentos en que se llevaba a cabo la celebración de la Pascua Judía y por ello, de Jesús dice la Biblia: ¡He allí el cordero de Dios que quita el pecado del mundo! No hay necesidad, luego, de comer pan ácido, ni ingerir un alimento recordando el oprobioso trabajo en Egipto, menos los panes sin levadura, tampoco hay necesidad de purgar sufridas y largas promesas -mandas- hechas a santo alguno. Plenitud de vida en Cristo es plenitud de liberación para vivir conforme a los postulados de Jesús.
Cuando allí, a los pies del Señor Jesús, una vez hubo expirado o entregado su espíritu al Señor, alguien exclamó: ¡Verdaderamente éste era el Hijo de Dios¡ Los cielos tronaron como nunca, la misma tierra rugió como nunca: Y era que algo extraordinario había sucedido, fenómeno irrepetible en la historia: habíamos crucificado al Hijo de Dios.
Estamos a tiempo de salirnos de aquel grupo de injuriadores y autores de maldad. La fórmula: Que Cristo Resucitado entre a nuestros corazones, arrepentidos de tanta maldad en nuestras vidas, y que hagamos que Cristo viva y reine en nuestras almas y que su nombre sea glorificado por siempre hasta el día de su venida.

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