Fenómeno social
Corrupción e impunidad
- Guillermo A. Ruiz Q./Ingeniero, analista político
Por experiencia, es imposible entrar a ejercer un puesto en el gobierno con mando y jurisdicción, y salir con mayor poder adquisitivo. Salvo que uno abandone negociados
Por experiencia, es imposible entrar a ejercer un puesto en el gobierno con mando y jurisdicción, y salir con mayor poder adquisitivo. Salvo que uno abandone negociados previamente establecidos y los ponga en manos de terceras personas, no hay manera de incrementar el capital y los bienes de un funcionario, a menos que este sea un profesional con una incipiente carrera y tenga la suerte de ser tomado en cuenta para este tipo de puestos dentro de la estructura del Estado.
La corrupción institucional no es un fenómeno exclusivo de países latinoamericanos y tropicales como el nuestro. Constantemente están apareciendo casos en China, Japón, Canadá. Países del Primer Mundo, donde en teoría, estas cosas deberían estar controladas.
Así las cosas, lo que nos queda a nosotros para controlar el flagelo de la corrupción es prevenirla. El problema es que no contamos con una cultura de transparencia que nos permita tener procesos definidos para combatir la corrupción en sus dos frentes: el corruptor y el corrupto.
Las acusaciones que constantemente se presentan cada vez que cambia un gobierno, más allá de fortalecer el sistema, lo debilitan porque demuestran lo frágil de nuestra institucionalidad. No hay una sola denuncia que haya prosperado por estas acciones desde el gobierno del presidente Guillermo Endara. Siempre se habla de lo rico que se hacen los políticos, de las enormes casas que tienen, de los yates, y no pasa nada. Allí están esos bienes, pasa el tiempo, y no sucede nada.
Hay políticos en nuestro país que, evidentemente, no deberían tener los bienes que ostentan si nos remitimos a los ingresos que en la mayoría de los casos han tenido acceso, los cuales solamente han sido resultado de una vida entera dedicada al trabajo en el sector público. Y no pasa nada. Al contrario, se siguen presentando a elecciones, siguen siendo electos y lo peor es que son tomados en cuenta por los medios de comunicación para que nos expliquen cómo se hacen las cosas.
No soy muy optimista con este gobierno, en cuanto al combate a la corrupción. Con un par de semanas, me queda claro que al presidente Juan Carlos Varela no le interesa mirar para atrás. Y eso puede ser bueno porque se concentra en su acción, de la cual tendrá que rendir cuentas al final, y no en lo que otro hizo. Pero para el país es más de lo mismo. Es fácil gritar, mientras se es opositor, que el gobierno es corrupto, y cuando se llega al poder, resulta que es difícil probar todas las acusaciones vertidas, y finalmente todo queda igual.
CONSTANTEMENTE ESTÁN APARECIENDO CASOS EN CHINA, JAPÓN, CANADÁ. PAÍSES DEL PRIMER MUNDO DONDE, EN TEORÍA, ESTAS COSAS DEBERÍAN ESTAR CONTROLADAS. EL PROBLEMA ES QUE NO CONTAMOS CON UNA CULTURA DE TRANSPARENCIA QUE NOS PERMITA TENER PROCESOS DEFINIDOS PARA COMBATIR LA CORRUPCIÓN EN SUS DOS FRENTES: EL CORRUPTOR Y EL CORRUPTO.
Para el ciudadano que hoy ve cómo le resucitan los “diablos rojos”, que mira cómo sigue aumentando el costo de la vida, que se lamenta de que sus hijos reciben una educación peor que la que ellos recibieron, le importa un comino lo que sucede en instancias como la Corte Suprema de Justicia, la Procuraduría General de la Nación, la Procuraduría de la Administración, la Contraloría General de la República. Para los efectos del país del día a día, esta gente solo representa un puesto más, con un sueldo inalcanzable para la mayoría. Otro que tendrá escoltas y carros que nunca se imaginó que poseería.
Es un poco insólito lo que sucede. Y los medios están llenos de investigaciones, fotos, mapas, testimonios. Si fuera una vista fiscal, Panamá sería ejemplo de investigaciones contra la corrupción. Pero nada, es como si existiera un acuerdo de lavar la cara de los antecesores, o al menos, ignorar sus pecados. Nada como el perdón, dirán.
Ante este panorama algo negativo, lo que queda es la organización de pequeños núcleos de ciudadanos que, bien informados, puedan presionar a las autoridades judiciales para que apliquen la ley y los mecanismos que acaben con la impunidad que al final, es la verdadera responsable de la situación de corrupción de la que tanto se habla.
Estos personajes que se enriquecen súbitamente y no tienen ningún reparo en mostrar su crecimiento económico repentino sin disimular saben que al final no les sucede nada. La impunidad es como un manto negro que cubre a la sociedad para que no actuemos contra estas acciones, las cuales impiden que los muy limitados recursos del Estado terminen en hospitales y escuelas, en cambio sean usados para el enriquecimiento ilícito desproporcionado.
Nuestra sociedad está enferma de corrupción, pero estamos a tiempo de resolverlo por nosotros mismos. Eso sí, es un buen momento de darnos cuenta de que las cosas suceden solamente cuando queremos que sucedan.

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