Cuatro imágenes en pocas palabras
- Juan Carlos Ansin
Dicen que una imagen vale más que mil palabras. Las hay imborrables, que se quedan prendidas en la memoria personal y colectiva. Me referiré a estas últimas, porque -contrario a la moda del estriptis mental, donde sin pizca de recato se desnuda en público lo más íntimo del alma humana- aún conservo cierto grado de pudor que los años van menguando, y a veces se me escapa alguna que otra perdiz sin darme cuenta.
Hay imágenes símbolos que son como banderas al viento. Vuelan y se desplazan hasta los rincones más inhóspitos para volverse emblema y mito. Todavía recuerdo la profunda impresión que me produjo presenciar la primera huella del pie humano impresa sobre la superficie lunar. Sentí como si la Luna hubiera explotado. Había dejado de ser el disco de plata que alguna vez sellara una boca envuelta en sombra, para ser la moneda que en el Hades guarda la boca de los muertos.
Otra fue la foto del Che. No la del Che rebelde, estampada en tatuajes y en sudaderas o exhibida en las paredes de los cuartos de jóvenes rebeldes sin causa, sino la del Che muerto. Con sus ojos fijos mirándonos desde el más allá, enmarcados en la sardónica sonrisa que la rigidez mortecina de su rostro, como ironía de la historia, pareciera proclamar a los cuatro vientos: El que acabas de matar, gozará de buena salud. Y así es. Por allí anda el Che, millonario en derechos de autor. Vuelto un icono del capitalismo que supo combatir. Coronado de la gloria infausta con la que también supo morir en un pueblito perdido del altiplano que hoy venera su nombre, a la vera de la misma Pacha Mama que le vio caer.
Pero ninguna ha sido tan reveladora de la condición humana como la de aquel estudiante en la inmensa Plaza de Tiananmen, la misma que tuve la oportunidad de conocer junto a una multitud de turistas chinos. Solo y desarmado, frente a una fila de tanques que lo trataban de esquivar, con una mochila de libros y los brazos abiertos de par en par, era la imagen frágil de esa cosa leve llamada ser humano, mientras su corazón valiente parecía gritar: ¡No pasarán! ¡No pasarán! Del otro lado, bajo la máquina exterminadora, otro joven se debatía entre la obediencia debida y un corazón piadoso que le repetía una y otra vez: ¡No matarás! ¡No matarás!
Otra imagen que conservo para siempre, es la de una gran mano blanca levantada, como paloma de guerra, contra un esbirro de Noriega. Esa imagen recorrió el parque de Santa Ana y dio la vuelta al mundo. Era la imagen de un padre feroz. Con el cuerpo cubierto de sangre -propia y ajena- enfrentado a la sevicia del cipayo de turno con la noble dignidad de un hombre a quien el temor no pudo impedir un último gesto hidalgo en defensa de la libertad de su pueblo. Es la mano justiciera de Guillermo Ford.

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