De caudillos, líderes y carisma
*Eudoro Jaén Esquivel,
La Real Academia de la Lengua explica que el vocablo “caudillo” procede de la voz latina “capetus”, que define “hombre que como cabeza guía gente de guerra” o su versión ampliada a “guía comunidad, gremio, o gobierno”. De allí nace “caudillismo”, sistema de gobierno basado en el caudillaje. Los iberoamericanos heredamos la figura del caudillo de nuestros “conquistadores”, cuya presencia persiste en nuestra mente política. Añoramos la figura y mantenemos anhelo por el caudillo-héroe, solucionador de nuestros entuertos socio-económicos. Los ejemplos abundan. La figura del caudillo, aprendí en curso de postgrado en Michigan State, junto con la proliferación de los Walter Mercado; los “paisas” vendiendo cura-lo-todo por radio y televisión; los predicadores fundamentalistas; casinos; loterías; one-two; caballos de carreras y otras gilipollezas, como diría Pérez-Reverte, son claras evidencias de una sociedad en decadencia en búsqueda de “soluciones mágicas” para sus múltiples males. Los iberoamericanos tendemos a ignorar que los llamados “caudillos” que permean la Historia de este Pueblo de América, terminan siendo autócratas y dictadores. Veamos lo que pasa en el Sur. Lo que es cierto es que no conozco ningún caso de “caudillo” criollo democrático y tolerante, si existe algún, por favor corríjanme.
El caso del líder es más complejo. La figura del líder es solo una parte de parte del proceso de liderazgo, ya que este involucra la interacción de tres elementos: líder, seguidores y la situación. Es harto obvio que sin seguidores, no hay líder. Cada situación particular exige un tipo particular de liderazgo. En casos críticos como guerra o crisis financiera empresarial o macroeconómica, se requiere un tipo de liderazgo muy distinto a la de tiempos de paz y bonanzas. El caso de Winston Churchill al final de la Segunda Guerra Mundial es un ejemplo clásico de cómo el cambio de la situación causa el cambio del líder. Nadie cuestiona la fuerza de liderazgo que ejerció Churchill durante la Guerra; fue él y no Roosevelt el líder occidental de esa guerra. La fuerza de su personalidad, el dominio ejemplar de su idioma, incendió el espíritu de lucha y sacrificio del pueblo inglés. Sin embargo, perdió las primeras elecciones de postguerra. Sencillamente el pueblo inglés percibió la necesidad de una nueva clase de liderazgo de postguerra y eligió a Attle. Había cambiado la situación; se necesitaba otro tipo de liderazgo.
Se discute mucho si los líderes nacen o se hacen. Yo me inclino a pensar que los líderes se hacen. Creo que la posición de líder se adquiere por respeto e integridad ante tus seguidores y poseer la experiencia, sabiduría y fortalezas personales, para responder con éxito a las exigencias de liderazgo de la situación particular. El prestigio y permanencia de un líder se gana, no se adquiere; por lo tanto, puede ser etérea, especialmente si mella la integridad y lealtad a sus seguidores o cambia la situación. Yo asocio el proceso de liderazgo como propio de las democracias puras.
Carisma es lo que los antiguos griegos llamaban “agradar, conceder favores” y que los modernos lo convertimos en “don gratuito que concede Dios para el beneficio de una comunidad” o más terrenal, “especial capacidad de las personas de atraer o fascinar”. Me quedo con el sentido original griego. No creo que Dios sea selectivo en conceder dones; deshojar margaritas, dar carisma a uno y negársela a otros. Carisma como liderazgo no son productos genéticos ni concedidos por el Cielo, ambos son resultados y reflejos de mucho estudio, esfuerzo, experiencia, sabiduría, lealtad a sus principios y a sus seguidores, valentía personal y, sobre todo, una gran dosis de humildad.
*Ex banquero y diplomático.

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