Del amor y el dolor a la admiración
Publicado 2003/02/07 00:00:00
Hace algunas semanas falleció el médico cirujano Rogelio Arosemena, con quien estuve casada por poco más de cuatro años. Su muerte se debió a un antiguo cáncer de próstata que se tornó activo hace año y medio, y muy agresivo en los últimos meses.
Cuando conocí a Rogelio Arosemena, habían quedado atrás los años de su vigoroso ejercicio de la profesión médica, tanto en Panamá como en Barstow, California, a donde se había radicado para evadir las convulsiones políticas de la era torrijista, pero seguía acompañándolo la reputación de excelencia, entrega y generosidad que supo ganarse entre colegas, instituciones hospitalarias e incontables pacientes, como pude comprobar tanto en nuestra tierra como en una visita que hicimos a Barstow.
Al unir nuestras vidas, nos enriquecimos ambos. La compañía de este hombre sencillo, apacible y servicial me brindó paz y bienestar. Y yo pude rodearlo, en nuestra vida hogareña, de las flores, los sabrosos platillos y los cuidados que una esposa es capaz de ofrecer. Cuando me despedí de Rogelio en el Santuario del Corazón de María el 14 de enero de este año, mi corazón, aunque dolido, quedó en paz: había encontrado fuerzas insospechadas en lo más profundo de mi ser para compartir con Rogelio sus sufrimientos; para darle ternura, amor y compasión en abundancia hasta su último suspiro.
Se aprende mucho de una experiencia como ésta; y si tenemos los ojos del alma abiertos, percibimos no sólo el aspecto trágico de la vida, sino también los tesoros del espíritu que ennoblecen nuestra condición humana. Uno de estos obsequios enriquecedores, compañeros del dolor, fue ser testigo de la devoción que demostraron por Rogelio sus cinco hijos en sus momentos postreros. Fue cuando encontré la huella viva de otra gran obra de mi esposo, quizás, la más importante de todas; el rol de padre y madre que supo desempeñar en la crianza de cinco hijos al enviudar; cuando Tobías, el menor de ellos, tenía apenas siete años.
Al manifestarse la gravedad final de Rogelio, hubo que tomar la decisión de llevarlo a la Clínica Mayo de Jacksonville, Florida. Este paso puso en marcha una logística impecable a cargo de su hija Elena que contemplaba, además del flete de un avión especial, reservas múltiples y variables en el hotel, citas en el hospital y, sobre todo, un cronograma que garantizara la compañía, en permanente relevo, de todos sus hijos durante las dos semanas de nuestra permanencia en esa ciudad de Florida y después en Panamá casi hasta que falleció.
A lo largo de dos meses, los hijos de Rogelio se turnaron para estar a su lado. Algunos de ellos residen en California, otros en Atlanta, lo que implicó para ellos un agotador ir y venir entre sus puestos de trabajo y la ciudad de Jacksonville o de Panamá, haciendo uso de los fines de semana, fiesta de Acción de Gracias, Navidades, Año Nuevo, así como de cualquier oportunidad brindada por sus empresas para acompañar al querido enfermo.
¿Cómo no sentir una exaltación del espíritu ante la devoción de estos hijos: Rogelio III, quien dejando atrás responsabilidades importantes propias, hizo el vuelo para acompañar a su padre en el avión especial que lo llevó a Jacksonville, e innumerables diligencias para subsanar las necesidades prácticas que se iban presentando a lo largo de varias hospitalizaciones en Panamá, proveyendo además todo lo necesario para que los días finales de su padre en casa fueran lo más cómodos posible? O a Tony, aquél hijo que descartó el estudiar medicina porque sólo ver sangre lo hacía desvanecer, convertirse en un enfermero estupendo, capaz de aplicar las inyecciones y de atender a su padre en la más nimia de sus necesidades con desbordante ternura? Ese mismo Tony, que en algún momento se graduó de Chef, lograba el uso de la cocina del hotel en Jacksonville para preparar bocadillos especiales o elaborar una deliciosa cena de Acción de Gracias que presentó en una mesa con fina vajilla y flores en las habitaciones de su debilitado papá. O a su hija Ana María que con su esposo Parker, otro hijo para Rogelio, compartía la cama al lado del enfermo para velar y atender sus noches intranquilas, permiténdome el descanso necesario para enfrentar cada nuevo día... O cuando, empujando Parker o Tony la silla de ruedas, lo paseábamos por el parque de la clínica, llamando con fingida alegría a los patos del lago para que Rogelio, amante de los animales, pudiera alimentarlos con galletas... O el ánimo que Parker intentaba insuflar en Rogelio para que se pusiera en pie y diera algunos pasos en el puentecito iluminado de sol, sostenido por la fuerza física y moral de sus hijos... Y la compañía eficaz y efervecente de Tobías, que intentaba por todos los medios introducir alguna dosis de alegría en los momentos oscuros por los que atravezaba su padre.
Gracias a tan abnegado empeño filial, Rogelio tuvo el consuelo de sentir a su lado a sus seres queridos cada día de los dos meses que precedieron a su muerte. Y gracias a la entrega tan humana y conmovedora de profesionales de la medicina de la talla de Jorge Motta, Luis Vásquez, José Solís y Mario Garibaldo, Rogelio pudo tener un final tan apacible como fue su vida, y libre de dolor.
Al recordar al esposo gentil, al gran profesional de la medicina, y el magnífico padre que fue Rogelio, no sólo hago votos porque su vida, auténticamente ejemplar, sirva de faro en un mundo donde los valores parecen estar desvaneciéndose, sino porque el amor filial que supieron demostrar sin desmayo sus cinco hijos se vea duplicado en muchos hogares cuando lleguen para sus progenitores los días difíciles de la enfermedad. A nombre de su papá, y en el mío, gracias, gracias, Ana, Rogelio, Elena, Tony, Tobías. Los quiero mucho.
Cuando conocí a Rogelio Arosemena, habían quedado atrás los años de su vigoroso ejercicio de la profesión médica, tanto en Panamá como en Barstow, California, a donde se había radicado para evadir las convulsiones políticas de la era torrijista, pero seguía acompañándolo la reputación de excelencia, entrega y generosidad que supo ganarse entre colegas, instituciones hospitalarias e incontables pacientes, como pude comprobar tanto en nuestra tierra como en una visita que hicimos a Barstow.
Al unir nuestras vidas, nos enriquecimos ambos. La compañía de este hombre sencillo, apacible y servicial me brindó paz y bienestar. Y yo pude rodearlo, en nuestra vida hogareña, de las flores, los sabrosos platillos y los cuidados que una esposa es capaz de ofrecer. Cuando me despedí de Rogelio en el Santuario del Corazón de María el 14 de enero de este año, mi corazón, aunque dolido, quedó en paz: había encontrado fuerzas insospechadas en lo más profundo de mi ser para compartir con Rogelio sus sufrimientos; para darle ternura, amor y compasión en abundancia hasta su último suspiro.
Se aprende mucho de una experiencia como ésta; y si tenemos los ojos del alma abiertos, percibimos no sólo el aspecto trágico de la vida, sino también los tesoros del espíritu que ennoblecen nuestra condición humana. Uno de estos obsequios enriquecedores, compañeros del dolor, fue ser testigo de la devoción que demostraron por Rogelio sus cinco hijos en sus momentos postreros. Fue cuando encontré la huella viva de otra gran obra de mi esposo, quizás, la más importante de todas; el rol de padre y madre que supo desempeñar en la crianza de cinco hijos al enviudar; cuando Tobías, el menor de ellos, tenía apenas siete años.
Al manifestarse la gravedad final de Rogelio, hubo que tomar la decisión de llevarlo a la Clínica Mayo de Jacksonville, Florida. Este paso puso en marcha una logística impecable a cargo de su hija Elena que contemplaba, además del flete de un avión especial, reservas múltiples y variables en el hotel, citas en el hospital y, sobre todo, un cronograma que garantizara la compañía, en permanente relevo, de todos sus hijos durante las dos semanas de nuestra permanencia en esa ciudad de Florida y después en Panamá casi hasta que falleció.
A lo largo de dos meses, los hijos de Rogelio se turnaron para estar a su lado. Algunos de ellos residen en California, otros en Atlanta, lo que implicó para ellos un agotador ir y venir entre sus puestos de trabajo y la ciudad de Jacksonville o de Panamá, haciendo uso de los fines de semana, fiesta de Acción de Gracias, Navidades, Año Nuevo, así como de cualquier oportunidad brindada por sus empresas para acompañar al querido enfermo.
¿Cómo no sentir una exaltación del espíritu ante la devoción de estos hijos: Rogelio III, quien dejando atrás responsabilidades importantes propias, hizo el vuelo para acompañar a su padre en el avión especial que lo llevó a Jacksonville, e innumerables diligencias para subsanar las necesidades prácticas que se iban presentando a lo largo de varias hospitalizaciones en Panamá, proveyendo además todo lo necesario para que los días finales de su padre en casa fueran lo más cómodos posible? O a Tony, aquél hijo que descartó el estudiar medicina porque sólo ver sangre lo hacía desvanecer, convertirse en un enfermero estupendo, capaz de aplicar las inyecciones y de atender a su padre en la más nimia de sus necesidades con desbordante ternura? Ese mismo Tony, que en algún momento se graduó de Chef, lograba el uso de la cocina del hotel en Jacksonville para preparar bocadillos especiales o elaborar una deliciosa cena de Acción de Gracias que presentó en una mesa con fina vajilla y flores en las habitaciones de su debilitado papá. O a su hija Ana María que con su esposo Parker, otro hijo para Rogelio, compartía la cama al lado del enfermo para velar y atender sus noches intranquilas, permiténdome el descanso necesario para enfrentar cada nuevo día... O cuando, empujando Parker o Tony la silla de ruedas, lo paseábamos por el parque de la clínica, llamando con fingida alegría a los patos del lago para que Rogelio, amante de los animales, pudiera alimentarlos con galletas... O el ánimo que Parker intentaba insuflar en Rogelio para que se pusiera en pie y diera algunos pasos en el puentecito iluminado de sol, sostenido por la fuerza física y moral de sus hijos... Y la compañía eficaz y efervecente de Tobías, que intentaba por todos los medios introducir alguna dosis de alegría en los momentos oscuros por los que atravezaba su padre.
Gracias a tan abnegado empeño filial, Rogelio tuvo el consuelo de sentir a su lado a sus seres queridos cada día de los dos meses que precedieron a su muerte. Y gracias a la entrega tan humana y conmovedora de profesionales de la medicina de la talla de Jorge Motta, Luis Vásquez, José Solís y Mario Garibaldo, Rogelio pudo tener un final tan apacible como fue su vida, y libre de dolor.
Al recordar al esposo gentil, al gran profesional de la medicina, y el magnífico padre que fue Rogelio, no sólo hago votos porque su vida, auténticamente ejemplar, sirva de faro en un mundo donde los valores parecen estar desvaneciéndose, sino porque el amor filial que supieron demostrar sin desmayo sus cinco hijos se vea duplicado en muchos hogares cuando lleguen para sus progenitores los días difíciles de la enfermedad. A nombre de su papá, y en el mío, gracias, gracias, Ana, Rogelio, Elena, Tony, Tobías. Los quiero mucho.

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