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Opinión / El hambre, un signo de poder

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El hambre, un signo de poder

Publicado 2015/10/18 00:00:00
  • Elodia Muñoz (opinion@epasa.com)
  •   /  

Desde el principio de la civilización, el hambre fue una de las armas más potentes, una forma extrema de ejercer poder. Para rendir una ciudad ...

Desde el principio de la civilización, el hambre fue una de las armas más potentes, una forma extrema de ejercer poder. Para rendir una ciudad ...

Desde el principio de la civilización, el hambre fue una de las armas más potentes, una forma extrema de ejercer poder. Para rendir una ciudad cortando su suministro de alimentos hasta que el hambre la derrote; para ganarse el aprecio o la tolerancia de una población evitando su hambre con aquellos repartos de comida, jamón y otros víveres, y tantas otras.

La catástrofe de los novecientos millones de personas que padecen las hambrunas que pululan por un planeta rebosante de riquezas ha sido y es la punta de lanza para encuentros, congresos en los que Gobiernos enteros se rasgan las vestiduras en contra de un fenómeno brutal, injusto y letal que extermina día a día a aquellos desposeídos de la fortuna de la tierra, sin embargo, no renuncian a sus márgenes de ganancia.

Pero ante la miseria ajena, ¿qué nos queda hacer? ¿Nos quedamos en el silencio, indiferentes e imbuidos en los problemas cotidianos sin importarnos el dolor ajeno?

Ahora bien, cada año, de distintas formas, las hambrunas afectan a unos 50 millones de personas en el mundo, bien sea a consecuencia de los malos gobiernos, la inclemencia de la naturaleza o por los desastres de las guerras. Sin embargo, la malnutrición es un hecho que afecta a unos 2,000 millones de personas: casi un tercio de los hombres y mujeres del planeta. Aunque Panamá no se encuentre en ese listado de países, su sistema alimentario y la malnutrición son un tema latente, tanto en el interior como en la gran metrópolis, puesto que el comer suficiente no es sinónimo de nutrición.

Como ciudadana de a pie, me llaman poderosamente la atención las bolsas de comida que los Gobiernos han estimado como la panacea al hambre de los panameños, alimentos hartos de manteca, sodio, azúcares e irrisorios descuentos y clasificados de ínfima calidad. Mientras tanto, resulta irónico un desplegado de campañas de concienciación a lo que he renombrado en mis publicaciones como los Memes Panameños, sufriendo las consecuencias y engrosando las listas de diabéticos, cardiopatías, anemias y una multiplicidad de enfermedades mortíferas y fácilmente prevenibles. Será que nuestros gobernantes con su iniciativa comparten el pensamiento del régimen de de Jacques Dubois, París, 1545, que explicaba que los pobres tenían que ceñirse a las comidas que les correspondían y dejar los manjares delicados a los señores que sí sabían comerlos. Era, decían, por su bien: sus estómagos no estaban acostumbrados a esas aves, esos pescados, esos dulces, esas frutas frescas, esos sabores refinados, y no sabrían procesarlos y se enfermarían, se morirían por querer comerlos. Por suerte, la ciencia los cuidaba tanto como ahora.

En su libro "El Hambre", el periodista argentino Martín Caparrou nos cuenta como en las primeras ciudades, la posibilidad de conservar los alimentos produjo otra novedad extraordinaria: el tiempo libre, el ocio como idea manifiesta. Los hombres ya no tenían que pasar todo su tiempo dedicados a conseguir comida porque sabían que su comida estaba ahí, creciendo en los campos, engordando en los corrales. Aparecieron oficios, diferencias y la existencia de reservas hizo que otros pudieran quererlas. Había que protegerlas y, poco a poco, hubo quienes se especializaron en hacerlo: los más hábiles, los más fuertes, los más ambiciosos. La comunidad aceptó darles lo necesario para que pudieran defenderla, y acumularon poder.

Fue un proceso largo: los excedentes de comida hicieron que algunos se desentendieran del todo de su producción, se instalaran en sus casas más grandes ?que alguna vez llamaríamos palacios?, atesoraran, concentraran, y los pueblerinos se distinguieron de los campesinos, los ricos de los pobres. Y las riquezas se apiñaron en esos lugares nuevos, las primeras ciudades. Quien controla un granero, controla a los que quieren comer esos granos. Quien los controla quiere controlar más: inventar estructuras que le aseguren que su control va a mantenerse. Empezaron a aparecer, aquí y allá, los primeros Estados.

Y el aumento de su poder gracias a su poder: Y se formaron clases, las diferencias, las desigualdades: fue una gran novedad que algunos comieran y otros no. La tradición del hambre había sido que la penuria y la satisfacción fuesen ?más o menos? iguales para toda la horda; ya no era. Y quienes producían la comida solían ser los que menos conseguían comerla.

La novedad, que unos comieran y otros no, lo que a mi parecer sustenta que la riqueza del mundo es insospechada, por lo que es injustificable el hambre en el planeta, no obstante, quienes acumulan poder son los llamados a controlar el hambre de los pobres y aunque parezca siniestro, subordinándolos con jornadas mal pagadas, canasta básica inalcanzable, medicinas de ínfima calidad, un sistema educativo formador de autómatas, medios de comunicación incitando a la violencia, consumismo irresponsable, es, lastimosamente, la antinomia del progreso.

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