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El insulto, una forma de violencia
El insulto es una de las formas de agresión verbal más conocidas y utilizadas. Siendo que la fuerza o poder de un insulto radica, por lo general,
El insulto es una de las formas de agresión verbal más conocidas y utilizadas. Siendo que la fuerza o poder de un insulto radica, por lo general, en la palabra o expresión que se usa, resulta menester explicar cómo o por qué una palabra es capaz de herir o lastimar a una persona. En lo siguiente, proponemos una explicación filosófica, que integra elementos psicológicos y lingüísticos.
Cuando alguien insulta a otro, diciéndole ‘eres una X’ (entendiéndose por ‘X’ cualquier objeto o cualidad negativa, estética y/o moral), el otro, al comprender el significado de la palabra, identifica su persona con el objeto al cual refiere la palabra. Esta identificación provoca una reacción emocional negativa, toda vez que el fuero interno de la persona rechaza, de modo natural e inmediato, tal identificación. El poder de un insulto consiste, pues, en identificar la interioridad o consciencia de una persona con el objeto o cualidad negativa. La reacción emocional causada por el insulto (tristeza, vergüenza, o ira) es el esfuerzo automático e inconsciente que realiza la persona por desidentificarse con el objeto o atributo que refiere el insulto.
Sin embargo, desde cierto punto de vista, todo insulto es en realidad una mentira, una falsa afirmación. Una persona nunca se identifica realmente (solo psicológicamente) con el objeto o cualidad negativa que se dice de ella cuando es insultada. Decir ‘Juan es una X’ (entendiendo que ‘X’ indica una ‘mala palabra’) no tiene correspondencia con la realidad. La X no define ni establece lo que Juan es realmente. Si Juan se siente ofendido es porque ha tomado como verdadero un juicio falso, que lo identifica totalmente con el objeto o cualidad negativa que se le atribuye.
Sin embargo, al ser insultada, el acto de identificación de la persona con el significado de la palabra ofensiva es inmediato e inconsciente. Una vez entiende el insulto, el sentimiento de ofensa se da simultáneamente. Esto ocurre así porque la mente humana se halla ya entretejida en lo que se dice y se siente acerca de ella. Es una especie de ‘caída’ del ser humano en la red de las palabras y las emociones de los otros. Para evitar ello, la persona tendría que ignorar o no entender lo que se dice. A la vez, tendría que ser totalmente apática a las emociones que inducen tales palabras y no importarle para nada la opinión de los demás.
Existen varios ejercicios psicológicos que pueden servir para no sentirse insultado. Funcionan mejor cuando se ponen todos en práctica. Sin embargo, su efectividad depende mucho del tipo de persona que uno es y de cuánto calado han tenido en nuestra consciencia y emociones.
1. El primero de ellos consiste en no tratar los insultos con seriedad o importancia. Así, se pueden interpretar como los ladridos de un perro, por ejemplo. Esto es lo que recomendaban algunos filósofos antiguos.
2. El segundo ejercicio insta a ser siempre conscientes de que un insulto es un falso juicio, por lo que nunca se debe asumir como verdadero y así de paso se evita identificarse con aquello a lo cual se refieren.
3. El tercero, tomar en cuenta que, quien insulta, está padeciendo alguna molestia o incomodidad, que le causa ira o frustración. En tal caso, debemos ser compasivos.
4. El cuarto, no poner nuestra autoestima en la opinión de los demás, al menos, con quienes no se tiene una relación afectivamente cercana. Schopenhauer decía que la cabeza de la gente es un lugar demasiado estrecho para poner en ella nuestro propio valor.
5. El quinto, que más que un ejercicio es una condición adquirida, consiste en ‘tener cuero de elefante’, o ‘piel de cocodrilo’, según las coloquiales expresiones. En ello, sin embargo, uno pierde cierta sensibilidad humana. Para tener tal epidermis moral, uno debe estar muy lleno de Dios, o del diablo, para decirlo de algún modo.
En todo caso, el insulto es algo que se debe evitar a toda costa. No contribuye a nada positivo. Aunque nunca podríamos evitar ser insultados en algún momento, sí podemos evitar sentirnos insultados. Pero, mejor aún, es jamás insultar a nadie. Quien responde a un insulto con otro, recae en la misma falta que su agresor y se rebaja a su misma condición. Es una pelea en que ambas partes siempre pierden, además de ser un espectáculo vergonzoso y un mal ejemplo para todos.
Mire por dónde se mire, el insulto es una forma de violencia y, en cuanto tal, solo genera más violencia.

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