El Nobel Adolfo Pérez Esquivel
Publicado 2004/03/18 00:00:00
- Carlos A. López Z.
La semblanza biográfica que precede a esta presentación en el Paraninfo de la Universidad de Panamá nos exime de recurrir al itinerario de Adolfo Pérez Esquivel, Nobel de la Paz y Presidente Honorario del Servicio de Paz y Justicia, para ensayar algunos trazos sobre este seguidor de Gandhi.
El recuento biográfico nada nos dice acerca de por qué es lo que es: un Nobel singular y testarudo. Sabemos que es arquitecto, escultor, pintor, muralista y defensor de los derechos humanos (de las "derechas humanas" no, porque tendríamos que hablar con redundancia de "izquierdas humanas"). Pero este inventario de atributos no basta para explicar a esa pequeña y gran creatura que anima y anida en Adolfo. Creatura hemos dicho y, sin querer, ya hemos tropezado con el meollo del asunto: crear, creador, creación. Pues de eso se trata: del prodigio de materializar aquello que sólo existe en nuestra imaginación.
Oscar Arias, también Premio Nobel, nos recordó en Costa Rica que, con motivo de otorgársele el Premio Nobel de Literatura a Pablo Neruda y preguntársele ¿quién es un buen poeta?, el bardo respondió: "El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día... Él cumple su faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá formar parte de una construcción simple y complicada, que es la construcción de la sociedad."
Cuando escribimos el poema "Manos que amasan el día" en 1966, hacíamos la captación estética de paisajes y vivencias acumuladas desde niños en Santa Ana, El Chorrillo y San Felipe, en el mercado público y en la bahía desde el Terraplén, hasta el 9 de enero de 1964; pero lo más importante: describíamos el duro bregar y el sufrimiento de aquellos poetas (en el sentido nerudiano) del pueblo martirizado que creaban, con sus manos, la verdadera poesía, que es el milagro de la vida. Manos que amasan el día, y no sólo el pan; manos que lanzan sus trasmayos para merecer el fruto del mar; manos laboriosas del obrero y del campesino que crean los amaneceres; manos torturadas de los luchadores sociales, que amasan con su sangre el mañana y la soberanía; manos de los estudiantes que crean la esperanza porque "otro mundo es posible"; manos en el vientre materno que esperan despertar en un planeta feliz. Esa creación de los seres que transcurren, viven y mueren, es magia y es poesía.
Los poetas son testigos, y sus obras testimonios de la poesía de otros. Pero esta poesía, no la captamos: discurre a nuestro lado con indiferencia, sin que la percibamos. Es una poesía de dolor, amor y esperanza. Y no la vemos, no la entendemos, porque como ha dicho Adolfo, nosotros vemos pero no sabemos mirar, porque hay que mirar con el corazón, con sentimiento y con emoción.
Lo que ocurre es que Adolfo ha ampliado su campo de creación, y el duendecillo que lleva dentro -el daemons de Aristóteles- ya no se interesa tanto en murales, monumentos y esculturas por más que ellos expresen hazañas, epopeyas, héroes o paisajes, dignos de ser perpetuados. Adolfo traslada ahora sus colores, trazos, diseños, esquemas, formas, simetrías, códigos artísticos y la llama ardiente que lleva dentro de sí, a un plano totalmente imaginario donde construye un mundo que no existe aún, pero que estamos posibilitando con nuestra acción transformadora.
Un mundo no necesariamente "desarrollado" pero sí en plena armonía, como le sugirieron indígenas en México o como bien pudiera aconsejarlo un sabio de China: un mundo equilibrado entre el ying y el yang. En eso sueña Adolfo: en un mundo donde reinen la paz, la justicia y la solidaridad. Y lo soñamos muchas personas obtusas. Mas no se trata de espejismos, pues -como dijo Carlos Marx- antes de elaborar su telaraña, la araña la erige primero en su imaginación.
Adolfo traslada su vocación a planos superiores y perfecciona continuamente el modelo original, invitándonos a los espectadores cegatos e indiferentes, a contemplar la silueta de ese otro mundo -la arquitectura de un nuevo orden social- que muchos no visualizamos pero que ya asoma sus rasgos y perfiles luminosos a través de esas tinieblas que, como manto tenebroso, aún empaña la hermosa alborada de la humanidad.
El recuento biográfico nada nos dice acerca de por qué es lo que es: un Nobel singular y testarudo. Sabemos que es arquitecto, escultor, pintor, muralista y defensor de los derechos humanos (de las "derechas humanas" no, porque tendríamos que hablar con redundancia de "izquierdas humanas"). Pero este inventario de atributos no basta para explicar a esa pequeña y gran creatura que anima y anida en Adolfo. Creatura hemos dicho y, sin querer, ya hemos tropezado con el meollo del asunto: crear, creador, creación. Pues de eso se trata: del prodigio de materializar aquello que sólo existe en nuestra imaginación.
Oscar Arias, también Premio Nobel, nos recordó en Costa Rica que, con motivo de otorgársele el Premio Nobel de Literatura a Pablo Neruda y preguntársele ¿quién es un buen poeta?, el bardo respondió: "El mejor poeta es el hombre que nos entrega el pan de cada día... Él cumple su faena de amasar, meter al horno, dorar y entregar el pan de cada día. Y si el poeta llega a alcanzar esa sencilla conciencia, podrá formar parte de una construcción simple y complicada, que es la construcción de la sociedad."
Cuando escribimos el poema "Manos que amasan el día" en 1966, hacíamos la captación estética de paisajes y vivencias acumuladas desde niños en Santa Ana, El Chorrillo y San Felipe, en el mercado público y en la bahía desde el Terraplén, hasta el 9 de enero de 1964; pero lo más importante: describíamos el duro bregar y el sufrimiento de aquellos poetas (en el sentido nerudiano) del pueblo martirizado que creaban, con sus manos, la verdadera poesía, que es el milagro de la vida. Manos que amasan el día, y no sólo el pan; manos que lanzan sus trasmayos para merecer el fruto del mar; manos laboriosas del obrero y del campesino que crean los amaneceres; manos torturadas de los luchadores sociales, que amasan con su sangre el mañana y la soberanía; manos de los estudiantes que crean la esperanza porque "otro mundo es posible"; manos en el vientre materno que esperan despertar en un planeta feliz. Esa creación de los seres que transcurren, viven y mueren, es magia y es poesía.
Los poetas son testigos, y sus obras testimonios de la poesía de otros. Pero esta poesía, no la captamos: discurre a nuestro lado con indiferencia, sin que la percibamos. Es una poesía de dolor, amor y esperanza. Y no la vemos, no la entendemos, porque como ha dicho Adolfo, nosotros vemos pero no sabemos mirar, porque hay que mirar con el corazón, con sentimiento y con emoción.
Lo que ocurre es que Adolfo ha ampliado su campo de creación, y el duendecillo que lleva dentro -el daemons de Aristóteles- ya no se interesa tanto en murales, monumentos y esculturas por más que ellos expresen hazañas, epopeyas, héroes o paisajes, dignos de ser perpetuados. Adolfo traslada ahora sus colores, trazos, diseños, esquemas, formas, simetrías, códigos artísticos y la llama ardiente que lleva dentro de sí, a un plano totalmente imaginario donde construye un mundo que no existe aún, pero que estamos posibilitando con nuestra acción transformadora.
Un mundo no necesariamente "desarrollado" pero sí en plena armonía, como le sugirieron indígenas en México o como bien pudiera aconsejarlo un sabio de China: un mundo equilibrado entre el ying y el yang. En eso sueña Adolfo: en un mundo donde reinen la paz, la justicia y la solidaridad. Y lo soñamos muchas personas obtusas. Mas no se trata de espejismos, pues -como dijo Carlos Marx- antes de elaborar su telaraña, la araña la erige primero en su imaginación.
Adolfo traslada su vocación a planos superiores y perfecciona continuamente el modelo original, invitándonos a los espectadores cegatos e indiferentes, a contemplar la silueta de ese otro mundo -la arquitectura de un nuevo orden social- que muchos no visualizamos pero que ya asoma sus rasgos y perfiles luminosos a través de esas tinieblas que, como manto tenebroso, aún empaña la hermosa alborada de la humanidad.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.