Reglamento
El problema de la disciplina escolar
Como quiera que el proceso enseñanza-aprendizaje en cierto modo obedece a eso que llaman los pedagogos “abundancia en redundancia”, es válido que en esta ocasión, insistamos en
Como quiera que el proceso enseñanza-aprendizaje en cierto modo obedece a eso que llaman los pedagogos “abundancia en redundancia”, es válido que en esta ocasión, insistamos en tal fundamento docente, pues el aspecto de la disciplina escolar mantiene su vigencia en la actualidad. Solo que merece replantearse de modo distinto, tomando en cuenta las características y modalidades de nuestra sociedad, sobre todo en lo que concierne a la responsabilidad indeclinable de lo que constituye la compleja formación escolar.
El objetivo de la disciplina escolar es la salvaguardia del orden, de la seguridad y del trabajo armónico de la educación. Es la obligación que tienen los maestros y alumnos de seguir un código de conducta conocido generalmente como “reglamento escolar”. Este reglamento define el modelo de comportamiento, el uniforme, el cumplimiento de un horario, las normas éticas y las maneras en que se definen las relaciones a lo interno del centro educativo.
Pero aparte de las concepciones que se tengan sobre la disciplina, esta depende en gran medida del nivel de las relaciones que se instituyan dentro del aula de clase, del interés que el educador pueda motivar en el educando y del nivel de comunicación establecido.
A menudo se considera que la falta de disciplina es uno de los factores causantes de los fracasos escolares y también del fomento de la violencia, tanto dentro de nuestras escuelas como fuera de ellas. Analicemos el problema: mientras que la enseñanza es más o menos tarea exclusiva de la escuela, la disciplina interesa por igual a la escuela y el hogar. También la disciplina debe servir a los fines humanísticos, sociales y naturales.
Sirve a la educación humanista dirigiendo a los alumnos a acatar mandamientos espirituales y morales, satisfaciendo así las exigencias de la vida espiritual. Sirve a la educación social dirigiendo al alumno a sacrificar voluntariamente su interés personal ante los intereses de una colectividad a la cual pertenece.
Sirve a la educación natural acostumbrando a los alumnos a formar su vida psíquica de manera que no contradiga las exigencias higiénicas y a acatar con este objetivo, voluntariamente, disposiciones hechas para el fomento de su desarrollo físico. En todas estas tareas puede y debe cooperar el hogar, cosa que dependerá del espíritu que en él domine. Para el sentimiento religioso, ofrece la familia el verdadero vivero; lo mismo que lo relativo a las cuestiones morales.
En la familia se debe dar especial importancia al ennoblecimiento del corazón de los niños y niñas. Para ello puede utilizarse la lectura en común durante las horas libres, en la que los padres inicien a los niños y niñas en la lectura de los clásicos. También la música familiar íntima puede prestar grandes servicios a este respecto.
Como la familia representa una pequeña colectividad, puede y debe acostumbrarse ya a los niños y niñas a practicar virtudes sociales: ayuda mutua, sentimiento de benevolencia, compasión, altruismo, vida metódica, la conciencia de convivencia bajo la subordinación de un jefe. Tarea esencial de la educación doméstica, que en la edad infantil corresponde casi toda a la madre, es el cultivo del cuerpo.
Más tarde ambos padres procurarán al niño y la niña aire libre y juegos alegres, baños y oportunidades de natación. La mejor manera de enseñar a los infantes es mediante el ejemplo.
También la disciplina escolar respetará la jerarquía de fines. Al servicio de la educación humanista, debe dirigir a los alumnos a adorar con devoción a Dios como hacedor del mundo espiritual y a obedecer las exigencias insoslayables de este orden superior, inculcando la obediencia voluntaria tanto a esas exigencias como a la virtud moral. Para esta instrucción tiene especial importancia el ejemplo del maestro.
La mentira, la trapacería, etc. son vicios proliferantes nacidos en la escuela por la desconfianza y la compulsión del maestro, que desde tiempos remotos socavan en la disciplina escolar; para curarlos hay que orientar la disciplina hacia la confianza y la libertad, siempre que por libertad se entienda no un ilimitado albedrío, sino la posibilidad de un libre despliegue y desarrollo de fuerzas éticas y talentos.

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