Fanatismo fundamentalista vs. Racionalismo occidental
Publicado 2001/11/14 00:00:00
- Miguel A. Contreras
Ya en los días del Imperio Macedónico y de una Grecia que recordaba sus impresionantes logros y contribuciones a la humanidad, un Epicuro (Siglos III y IV a.c.) predicaba que todo el conocimiento era adquirido a través de los sentidos y la observación. Para tal época, la importante Escuela Estoica mantenía por su parte que la felicidad sólo era alcanzable si el hombre desarrollaba su actividad con base en la razón, suprimiendo emociones como el temor y la ansiedad. Semejante contribución al desarrollo posterior del proceso inductivo y al "despegue científico", no obstante, únicamente alcanzaría su consagración con el Renacimiento italiano durante el resurgir de los valores grecolatinos; y a partir de La Edad de la Razón inglesa, con su desarrollo académico y técnico del cientificismo matemático.
Al referirse al creciente deseo por la investigación que caracteriza al siglo VII inglés, Francis Bacon nos dice que el conocimiento es a veces el simple resultado de coleccionar información (tarea similar a la de las hormigas); o relacionar y conectar información ya existente (tarea similar a la de las arañas); o mezclar información para lograr un resultado mejorado (tarea similar al de las abejas que producen miel). Así, mientras en medicina, por ejemplo, los investigadores se dedicaban a entender la anatomía y la fisiología en sus más íntimos detalles, en la economía y la industria se pasaba -sin solución de continuidad- del descubrimiento a los más variados inventos. Una nueva y creciente clase de hombres se dedicaban a buscar los hechos, con independencia de los sentimientos. Ellos debían ser objetivos, honestos y humildes.
Para tal época se discutió mucho en torno al Escolasticismo deductivo y silogístico hasta entonces prevaleciente en los mejores centros universitarios de Europa, e incluso sobre la rivalidad teológica y política desatada por la Reforma protestante. Pero no se trataba, ni mucho menos, de una actitud antirreligiosa o ateísta o libre pensadora.
Francis Bacon, John Locke e Isaac Newton fueron profundamente religiosos e intuían y se explicaban a Dios como un relojero maravilloso y exacto, cuya precisa y perfecta construcción, permitía el funcionamiento matemático de un universo maravilloso.
Llama poderosamente la atención el hecho de que, paralelamente al desarrollo científico naturalista y a una economía que se dirigía a la futura Revolución Industrial, ocurría una evolución política desconocida en el resto del mundo. En efecto, el pensamiento político dominante hasta esa época giraba en torno a la necesidad de un monarca absoluto, quien sólo era responsable ante Dios. Para Thomas Hobbes, los hombres son incapaces de aprender a administrarse en sociedad, por lo cual requieren de tal monarca absoluto. "Men lopus men". Tal continuaría siendo el pensamiento dominante en la Francia de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI y en la España de los borbones provenientes de Francia. Una Francia tres veces mayor que Inglaterra y cuyo idioma había reemplazado al Latín como la lengua común en Europa.
En cambio, desde mediados del siglo XVII, John Locke había tomado partido contra ese otro gigante intelectual y prolífico escritor que fue Hobbes. Mientras éste defendía el absolutismo del rey Carlos I, Locke hacía lo propio a favor del Parlamentario, divulgando el concepto fundamental de que los hombres son capaces de gobernarse a sí mismos, mediante la razón y la Ley. Razón y Ley como producto y sub-producto del consenso entre los diferentes estamentos o segmentos horizontales de la sociedad.
Hoy, en el denominado mundo sub-desarrollado, pareciera que seguimos debatiéndonos entre el fanatismo, los ideologismos y el fundamentalismo de signo político o religioso.
Mis preguntas de esta ocasión a los amables lectores, ante la visión de Guerra de Cruzados que pretende exportar el Talibán desde Afganistán, son las siguientes. ¿Nos habremos estancado entre los siglos IX y XIII después de Cristo? ¿Cuántas generaciones universitarias tendrán que sucederse en el Tercer Mundo hasta comprender que Locke tuvo razón y no Hobbes? Dado que nuestro cuociente de inteligencia no es inferior al de otras latitudes, ¿será que nuestra experiencia histórica nos continúa impidiendo encontrar los caminos de la razón? O, peor aún, ¿que nuestra falta de evolución política-económica-social ha terminado por suprimirnos la fe y removido la esperanza? ¿Podrá acaso esto último explicar nuestra actitud característica, que se mueve pendularmente entre el anarquismo (que confronta o pretende desconocer la autoridad), y la búsqueda de un Hombre-Fuerte, paternalista.. y ojalá benévolo?.
Al referirse al creciente deseo por la investigación que caracteriza al siglo VII inglés, Francis Bacon nos dice que el conocimiento es a veces el simple resultado de coleccionar información (tarea similar a la de las hormigas); o relacionar y conectar información ya existente (tarea similar a la de las arañas); o mezclar información para lograr un resultado mejorado (tarea similar al de las abejas que producen miel). Así, mientras en medicina, por ejemplo, los investigadores se dedicaban a entender la anatomía y la fisiología en sus más íntimos detalles, en la economía y la industria se pasaba -sin solución de continuidad- del descubrimiento a los más variados inventos. Una nueva y creciente clase de hombres se dedicaban a buscar los hechos, con independencia de los sentimientos. Ellos debían ser objetivos, honestos y humildes.
Para tal época se discutió mucho en torno al Escolasticismo deductivo y silogístico hasta entonces prevaleciente en los mejores centros universitarios de Europa, e incluso sobre la rivalidad teológica y política desatada por la Reforma protestante. Pero no se trataba, ni mucho menos, de una actitud antirreligiosa o ateísta o libre pensadora.
Francis Bacon, John Locke e Isaac Newton fueron profundamente religiosos e intuían y se explicaban a Dios como un relojero maravilloso y exacto, cuya precisa y perfecta construcción, permitía el funcionamiento matemático de un universo maravilloso.
Llama poderosamente la atención el hecho de que, paralelamente al desarrollo científico naturalista y a una economía que se dirigía a la futura Revolución Industrial, ocurría una evolución política desconocida en el resto del mundo. En efecto, el pensamiento político dominante hasta esa época giraba en torno a la necesidad de un monarca absoluto, quien sólo era responsable ante Dios. Para Thomas Hobbes, los hombres son incapaces de aprender a administrarse en sociedad, por lo cual requieren de tal monarca absoluto. "Men lopus men". Tal continuaría siendo el pensamiento dominante en la Francia de Luis XIV, Luis XV y Luis XVI y en la España de los borbones provenientes de Francia. Una Francia tres veces mayor que Inglaterra y cuyo idioma había reemplazado al Latín como la lengua común en Europa.
En cambio, desde mediados del siglo XVII, John Locke había tomado partido contra ese otro gigante intelectual y prolífico escritor que fue Hobbes. Mientras éste defendía el absolutismo del rey Carlos I, Locke hacía lo propio a favor del Parlamentario, divulgando el concepto fundamental de que los hombres son capaces de gobernarse a sí mismos, mediante la razón y la Ley. Razón y Ley como producto y sub-producto del consenso entre los diferentes estamentos o segmentos horizontales de la sociedad.
Hoy, en el denominado mundo sub-desarrollado, pareciera que seguimos debatiéndonos entre el fanatismo, los ideologismos y el fundamentalismo de signo político o religioso.
Mis preguntas de esta ocasión a los amables lectores, ante la visión de Guerra de Cruzados que pretende exportar el Talibán desde Afganistán, son las siguientes. ¿Nos habremos estancado entre los siglos IX y XIII después de Cristo? ¿Cuántas generaciones universitarias tendrán que sucederse en el Tercer Mundo hasta comprender que Locke tuvo razón y no Hobbes? Dado que nuestro cuociente de inteligencia no es inferior al de otras latitudes, ¿será que nuestra experiencia histórica nos continúa impidiendo encontrar los caminos de la razón? O, peor aún, ¿que nuestra falta de evolución política-económica-social ha terminado por suprimirnos la fe y removido la esperanza? ¿Podrá acaso esto último explicar nuestra actitud característica, que se mueve pendularmente entre el anarquismo (que confronta o pretende desconocer la autoridad), y la búsqueda de un Hombre-Fuerte, paternalista.. y ojalá benévolo?.

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