Hablemos de la generosidad
Publicado 2000/09/08 23:00:00
- MEREDITH SERRACIN
Generalmente entendemos por generosidad una apertura del alma, por la que el hombre o la mujer se siente inclinado(a) a dar a sus semejantes todo lo que pueda, más allá de lo que pide la justicia y ordena el deber. Pero el significado de la palabra generosidad generalmente lo identificamos mal como la capacidad que se tiene de otorgar bienes materiales, sin esperar por ello ninguna recompensa.
Hay diversas clases de generosidad. La generosidad afectiva es cuando se da a alguien con cariño, sin contar por ello en ser correspondido. Ese cariño se le manifiesta a la otra persona de muchas maneras: acompañándola en los momentos difíciles, consolándola cuando tiene penas, regocijándose con sus alegrías y triunfos, animándola a continuar luchando cuando las fuerzas le falten, teniendo una atención oportunamente y no cuando la costumbre obliga. Hay en este aspecto mucho campo de acción; sin embargo es en este campo en el que con más frecuencia nos mostramos calculadores y medidos, olvidando que es él uno de los más ricos en mutuas alegrías y satisfacciones y del que más necesitados estamos todos.
La generosidad física es aquella en que gastamos nuestras energías, nuestra vida en pro de otros si ello fuera preciso. Quizás la más representativa de ella sea la de la madre que se entrega totalmente y si fuere necesario, da su propia vida para producir o salvar la de un hijo. Pero hay muchos otros ejemplos: el soldado que heroicamente da su vida por defender la patria; el que dona su sangre para salvar a alguien, no importa que sea un desconocido. El padre y la madre o el hijo bueno que, aún a sabiendas de que su salud se perjudica, trabajan infatigablemente para obtener un pan que mitigue el hambre de los seres queridos.
La generosidad intelectual es la del que entrega sus conocimientos, sabiduría, descubrimientos y arte, al provecho de otros. Es generoso así, el maestro o profesor que comunica diariamente a sus alumnos lo que él sabe, preparando cuidadosamente y a base de sacrificios, la manera más clara y eficaz de hacer llegar la instrucción a sus alumnos. Es generoso el sabio que consagra su vida a la investigación en busca de respuestas a mil interrogantes que a la humanidad preocupan sobre mil cosas: cómo curar ésta o aquélla enfermedad, cómo sacar de a física y de la química nuevas aplicaciones para el servicio de la comunidad, cómo crear un nuevo instrumento que facilite tal actividad, etc. Son generosos el pintor o el músico, el artista en general, que nos educan y deleitan con sus obras.
La más tangible, la generosidad material, suele ser la forma con la cual identificamos su sentido total, sin que ello quiera decir que es la más aplicada. Se practica este tipo de generosidad cada vez que compartimos lo que poseemos con aquellas personas que sabemos lo precisan. Ejemplo, cuando damos oportunidad a alguien de trabajar para su subsistencia, cuando compartimos nuestro pan y ropa con el anciano o el inválido imposibilitados de obtenerlos por sus propios medios.
Actualmente es muy socorrida la tendencia, al menos en los discursos, de que compartamos todos en forma equilibrada cuanto posea el Estado y los ciudadanos particulares; lo cual, a más de ser una teoría que debe ser bien estudiada, en la práctica falla porque desafortunadamente todos carecemos de generosidad. El rico no quiere fácilmente compartir sus bienes, y el pobre no se ve inclinado a encontrar una forma digna de merecer esta participación, sino que se le ve más inclinado a la mendicidad. Ello se debe a que, en vez de generosidad abunda en nosotros el egoísmo, y el poder de éste es tan grande que él es el causante directo de todas nuestras faltas de generosidad.
Lo anterior no quiere decir que el ser generoso será imposible de practicar. Si desde niños nos acostumbramos en cosas pequeñas a ejercitar esta cualidad, siendo mayores nos será fácil aplicarla con más amplitud. Por ejemplo, en el hogar los padres irán inculcando esta virtud en sus hijos, haciéndolos entender que deben compartir sus juguetes no sólo con los otros hermanos, sino con los amigos y vecinos. Esto en lo que a la generosidad material se refiere; pero hay otros campos en los que la intervención de los padres puede lograr mucho, como en lo afectivo cuando hay intervención de los padres puede lograr mucho, como en lo afectivo cuando hay rivalidad entre los hermanos por el cariño recibido de los padres, o en lo intelectual como cuando los enseñan a compartir entre sí las distintas habilidades que tengan para el estudio, para los juegos, etc.
¡Finalmente, no sobrará recordar, hablando entre cristianos, que la generosidad es amor, y este es la base de la doctrina cristiana!.
Hay diversas clases de generosidad. La generosidad afectiva es cuando se da a alguien con cariño, sin contar por ello en ser correspondido. Ese cariño se le manifiesta a la otra persona de muchas maneras: acompañándola en los momentos difíciles, consolándola cuando tiene penas, regocijándose con sus alegrías y triunfos, animándola a continuar luchando cuando las fuerzas le falten, teniendo una atención oportunamente y no cuando la costumbre obliga. Hay en este aspecto mucho campo de acción; sin embargo es en este campo en el que con más frecuencia nos mostramos calculadores y medidos, olvidando que es él uno de los más ricos en mutuas alegrías y satisfacciones y del que más necesitados estamos todos.
La generosidad física es aquella en que gastamos nuestras energías, nuestra vida en pro de otros si ello fuera preciso. Quizás la más representativa de ella sea la de la madre que se entrega totalmente y si fuere necesario, da su propia vida para producir o salvar la de un hijo. Pero hay muchos otros ejemplos: el soldado que heroicamente da su vida por defender la patria; el que dona su sangre para salvar a alguien, no importa que sea un desconocido. El padre y la madre o el hijo bueno que, aún a sabiendas de que su salud se perjudica, trabajan infatigablemente para obtener un pan que mitigue el hambre de los seres queridos.
La generosidad intelectual es la del que entrega sus conocimientos, sabiduría, descubrimientos y arte, al provecho de otros. Es generoso así, el maestro o profesor que comunica diariamente a sus alumnos lo que él sabe, preparando cuidadosamente y a base de sacrificios, la manera más clara y eficaz de hacer llegar la instrucción a sus alumnos. Es generoso el sabio que consagra su vida a la investigación en busca de respuestas a mil interrogantes que a la humanidad preocupan sobre mil cosas: cómo curar ésta o aquélla enfermedad, cómo sacar de a física y de la química nuevas aplicaciones para el servicio de la comunidad, cómo crear un nuevo instrumento que facilite tal actividad, etc. Son generosos el pintor o el músico, el artista en general, que nos educan y deleitan con sus obras.
La más tangible, la generosidad material, suele ser la forma con la cual identificamos su sentido total, sin que ello quiera decir que es la más aplicada. Se practica este tipo de generosidad cada vez que compartimos lo que poseemos con aquellas personas que sabemos lo precisan. Ejemplo, cuando damos oportunidad a alguien de trabajar para su subsistencia, cuando compartimos nuestro pan y ropa con el anciano o el inválido imposibilitados de obtenerlos por sus propios medios.
Actualmente es muy socorrida la tendencia, al menos en los discursos, de que compartamos todos en forma equilibrada cuanto posea el Estado y los ciudadanos particulares; lo cual, a más de ser una teoría que debe ser bien estudiada, en la práctica falla porque desafortunadamente todos carecemos de generosidad. El rico no quiere fácilmente compartir sus bienes, y el pobre no se ve inclinado a encontrar una forma digna de merecer esta participación, sino que se le ve más inclinado a la mendicidad. Ello se debe a que, en vez de generosidad abunda en nosotros el egoísmo, y el poder de éste es tan grande que él es el causante directo de todas nuestras faltas de generosidad.
Lo anterior no quiere decir que el ser generoso será imposible de practicar. Si desde niños nos acostumbramos en cosas pequeñas a ejercitar esta cualidad, siendo mayores nos será fácil aplicarla con más amplitud. Por ejemplo, en el hogar los padres irán inculcando esta virtud en sus hijos, haciéndolos entender que deben compartir sus juguetes no sólo con los otros hermanos, sino con los amigos y vecinos. Esto en lo que a la generosidad material se refiere; pero hay otros campos en los que la intervención de los padres puede lograr mucho, como en lo afectivo cuando hay intervención de los padres puede lograr mucho, como en lo afectivo cuando hay rivalidad entre los hermanos por el cariño recibido de los padres, o en lo intelectual como cuando los enseñan a compartir entre sí las distintas habilidades que tengan para el estudio, para los juegos, etc.
¡Finalmente, no sobrará recordar, hablando entre cristianos, que la generosidad es amor, y este es la base de la doctrina cristiana!.

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