Epicentro
Hacia una visión común
- Arnulfo Arias O./opinion@epasa.com/
En Latinoamérica, y en Panamá, hemos dado pasos, de manera inconsciente tal vez, hacia la aceptación de esa unidad diversa de culturas, concebida por Vasconcelos como La Raza Cósmica. Decimos lo anterior porque la progresiva unión de las culturas diferentes fue fomentada por los propios españoles desde la colonización. Y esta unión diversa ha venido progresando en Panamá a través de las centurias, generando así en la convivencia actual del pueblo panameño, compuesto en un 65% por el mestizaje, común a casi todos.
Alexis De Tocqueville, reconocido historiador del siglo XIX, y autor de la obra Democracia en América, escribió que, como resultado del proceso de colonización, América del Norte estaría predestinada a ser, por siempre, la cuna de la inteligencia y la razón; en tanto que Sur América quedaría condenada a convertirse en la tierra y el dominio de los sentidos y el placer. Llegó a esa conclusión remontándose a ese primer contacto con nuestro continente. Así, los que arribaron a la América del Norte fueron recibidos por solemnidad extrema y un ambiente gris. Filosas rocas de granito se perfilaban en la costa y un oscuro bosque de pinos esperaba en tierra a los viajeros. Por otro lado, Cristóbal Colón toca tierra, por primera vez, en islas de nuestro continente que ahora llevarán por nombre el de Las Bahamas. Un paraíso tropical en el que las aguas transparentes revelaban a sus hombres el fondo mismo de profundidad marina; y árboles de cocotero adornaban las arenas blancas de la costa, como invitándolos a la satisfacción de sus sentidos. Esa visión de América Latina persiste aún en muchos, inclusive entre los nuestros, como si estuvieran condenados a cargar con esa estigma que yo llamo la visión muy perezosa de la hamaca. Una visión que, desde luego, se descansa en un perfecto mito.
Por otra parte, uno de los pensadores más preclaros de nuestra América Latina, José Vanconcelos, admiró el futuro del continente Americano desde una perspectiva muy distinta. Y, así, su intuición lo llevó al convencimiento de que nuestro continente estaba destinado, más bien, a convertirse en el verdadero inicio de la convivencia más pacífica y de la fusión natural de las diversas culturas como nunca antes había conocido la humanidad. Predijo así que, como resultado de la unión fraterna de las diferentes culturas, la cual se había iniciado ya desde la colonización, una raza nueva emergería para convertirse en el faro mismo de la humanidad futura. Y en ese nuevo orden mundial, para el cual América se había convertido en catalizador, nuestros pueblos originarios serían llamados a desempeñar un importante papel, como la fibra misma de un conocimiento muy antiguo y más importante que aquel atesorado, hasta la fecha, por la civilización moderna.
En Latinoamérica, y en Panamá, hemos dado pasos, de manera inconsciente tal vez, hacia la aceptación de esa unidad diversa de culturas, concebida por Vasconcelos como La Raza Cósmica. Decimos lo anterior porque la progresiva unión de las culturas diferentes fue fomentada por los propios españoles desde la colonización. Y esta unión diversa ha venido progresando en Panamá a través de las centurias, generando así en la convivencia actual del pueblo panameño, compuesto en un 65% por el mestizaje, común a casi todos.
En lo personal, he venido a entender ahora nuestra realidad más íntima como nación, que da virtual derecho a todo panameño a proclamar también su descendencia en aquellas antiguas naciones que caminaron por primera vez el continente. Este reconocimiento cultural y reconciliación con un origen, nos lleva a admirar por cierto la tenacidad de ese español que se embarcó sin miedo en la aventura del descubrimiento. Hombres como Cristóbal Colón, quien decide hacer carrera hacia su sueño y que solo a fuerza de pura persistencia alcanza nuestro continente en 1492. Y continúa así, haciendo gala de una tenacidad ejemplar que lo acompaña hasta la edad avanzada en la que, finalmente, toca tierra en Panamá en 1503. Allí, en el norte de Veraguas, funda la población de Santa María de Belén. Pero en esa misma medida en la que logro admirar a Colón, hoy admiro aún más ese espíritu de libertad que estuvo ya presente en los primeros pueblos que coexistieron con nuestra nación mucho antes que llegaran los españoles. Grandes señores como Quibián, y su noble pueblo, que reciben a Colón en nuestras costas de manera amistosa y diplomática, disipando así ese absurdo mito que despliega un salvajismo histórico y la herejía en nuestros primeros pueblos. Pero Quibián, y su pueblo, demuestran la existencia de un código moral de vida que estuvo aquí presente ya de manera milenaria y que no llegó precisamente en esos barcos europeos que tanto se nos enseñó a admirar.
Quibián fue señor de un vasto territorio de nuestra nación, que alcanzaba hasta el norte de Veraguas y la Comarca Ngäbe Buglé, en la que aun hoy viven muchos de sus descendientes. Nunca recibió a Colón como un conquistador, sino como un sencillo huésped. Corresponderá al historiador tradicional, nutrido por la solemne institucionalidad académica, defender a Colón y a su figura; pero a nosotros corresponde, en justicia, honrar esa memoria de los grandes héroes de nuestra América, que fueron privados de formal recordación por nuestra historia escrita. Héroes a los que nosotros debemos recordar con igual solemnidad que se dispone para aquellos otros grandes de la humanidad. Prueba fáctica de esos valores y de ese código moral quedará por siempre impresa, aunque olvidada, en nuestra historia. Quibían y su familia fueran todos sometidos a ese deshonroso cautiverio por su rebelión; pero cuando Quibián escapa y deja atrás a toda su familia, ocurre un hecho trascendente. Y es que todos, absolutamente, prefirieron el suicido en vez del cautiverio, dejando así tal vez un testimonio fiel de un formidable espíritu de libertad y, posiblemente, uno de los primeros actos de desobediencia civil, documentado honrosamente en nuestro continente.
Los cronistas españoles dejan también en sus relatos muy plasmada la existencia de caciques grandes, como el gran Paris, a quien solo pudo someter la muerte natural y no la espada del conquistador. También nos hablan del cacique Urraca, que resiste ese dominio de los españoles de manera férrea cerca de 10 años. Y, así, la lista de nuestros grandes héroes irredentos vendría a ser interminable. Pero las verdades se revelan, y el hombre se rebela, superando aquello que un sistema educativo deficiente no le quiso enseñar jamás. Todo panameño puede reclamar ese pasado, y reconciliarse hoy con un origen muy diverso y más antiguo aún que una columna helénica. Sin esa reconciliación con el pasado, el camino del originario y del latino seguirá por pasos muy distintos.
Abogado

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