Panamá
Hacia una visión del hombre a quien importan los demás
- Silvio Guerra Morales
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Hay algunos pseudo profesionales o más bien pseudo intelectuales –sin distinción de títulos o profesiones- que se sienten destinados, no por Dios ni por un mandato moral superior, sino por el ego que los alimenta y que rebasa la mediocre estatura intelectual que los caracteriza, a despotricar de todo aquel que en su espíritu prohije el amor a la sabiduría, sentimientos de patriotismo sinceros, verdadero altruismo a las cosas de la Patria, amor por el pueblo que los ha visto crecer y madurar. Basta leer al célebre filosofo español Don José Ortega y Gasset en su Misión de la Universidad (1930) para convencernos de que no digo nada irreverente o irrespetuoso.
El hombre profesional de actualidad vive encajado en un peligroso laberinto de ideas y pensamientos científicos o técnicos que encapsulan su real capacidad de ser autoridad de mandar, entendiendo por mandar su influencia en el seno social con fines y propósitos de causar cambios en el comportamiento de los demás y que permitan impulsar el respeto de los valores, la transmisión de la cultura y, hay que decirlo, hacia la generación de juicios críticos frente al sistema de los valores de los que depende una sociedad. Una sociedad sin principios ni valores cristianos, morales, éticos, siempre será una sociedad castrada de la reflexión y del juicio crítico.
Se valen, cabe decir, estos seres mediocres, que nunca han superado una visión de Dios, del cosmos y de sí mismos, más allá de la punta de sus narices y de su propia egolatría, de cuanto epíteto denigrante puedan encontrar en el real diccionario de la mojigatería que los connota y los atosiga al mismo tiempo, para intentar o tratar de minimizar honras, dignidades, vidas ejemplares, principios de vida, en fin. Instrumentan la pluma para escribir odio y de la tinta que está hecha con la sabia de almas genuflexas, para orquestar campañas en contra de quienes, a sabiendas de ellos mismos, los superan con creces en sencillez, humildad, consagración de servicio y de superación.
Quieren hablar de las "mieles del poder" cuando la corta vida que han llevado y la improvisada prosperidad de la que hacen gala, ha sido, precisamente, la cosecha de frutos que sólo saben recoger las almas abyectas y ruines cuando han mendigado en la vida palaciega del poder político nombramientos para adentro y para afuera. Son esos, precisamente, los seres que se ausentan de la Patria cuando ésta reclama de sus verdaderos hijos devoción plena y dedicación sin límites ni condiciones ante los avatares de la vida nacional y de los problemas que atosigan a todo un pueblo.
Ellos, quienes, entre tanto nuestro pueblo muerde su propia miseria y sus grandes desgracias, son los convidados para departir el vino fino, el caviar, las uvas y las carnes más apetitosas y preparadas con los dineros que le han robado al pueblo panameño. Ellos, quienes ahora se creen los maestros de la pluma –en realidad tinterillos- y se reputan con toda vanagloria los modernos arlequines de la defensa del pueblo panameño, son los que durante el período del gobierno al cual sirvieron de modo anonadado se divorciaron de los problemas nacionales para dedicarse dizque "a la vida pública" o más bien a la "pública y desvergonzada vida". Siempre a costillas de nuestra nación y del erario público.
Son esos, los genuflexos, los que piden ser nombrados cónsules, embajadores o parte del personal diplomático, supuestamente para representar los intereses del Estado panameño en otras tierras, y se dedican a hacer maestrías y doctorados a costas de los dineros de nuestro pueblo.
Dìcense o se hacen llamar doctores o licenciados, maestros o profesores, consultores permanentes de no qué cosa o de qué intereses, para exhibir en los estandartes de la hipocresía discursos agoreros cuyos contenidos se les revierte para desparramarse en sus propios rostros y rotular así la denuncia de lo pusilánime y vulgares que han sido. Ni siquiera son agradecidos con Dios ni con la vida ni con nadie.
Deshonran a sus propios maestros, a sus amigos, a quienes en el barrio les llamaban "Luisito", "Pedrito", "Carlitos", "Anita" y cuando egresan de las universidades a esos mismos seres humildes que los vieron crecer y formarse cuando así los llaman con soberbia y despotismo responden "Dígame Doctor,", "Llámeme Licenciado" o "Diríjase a mí por mi nombre y no por diminutivos". Son pobres, miserables, imberbes, inmaduros, nunca han crecido ni nunca han madurado. Son peores que el burro de la fábula "El burro Arquitecto"; los lentes de intelectuales les quedan grandes y parecen hormiguitas con espejuelos oscuros: son más grandes los lentes que ellos mismos. Improvisados.
Creen que con haber leídos unos cuantos textos de esto o de aquello ya se hacen expertos o peritos de cualquier materia. Como si creyeran que el conocimiento de la vida se adquiere a los veinte o a los treinta o a los cuarenta, en fin. Nunca se acaba de aprender.
Esta es una regla de la vida que ellos no han asimilado. Nunca han querido respetar a sus contrarios y han soslayado otra regla de no menos importancia en la vida: aunque no esté de acuerdo con tu opinión daría hasta mi vida con tal de que se respetara. Usted los ve pasearse por nuestras principales avenidas con soberbia, mutilados y mitigados por la vanidad, casi no quieren pisar las calles ni las avenidas que dan testimonio de sus cuitas de infancia o de la mocedad.
Hasta reniegan de quienes fueron sus propios compañeros de aulas en la primaria o en otros niveles de la educación. Son pobre, miserables, no hay otro calificativo con el que puedan ser determinados o especificados. La ralea a la que pertenecen se llama pobreza de espíritu y por ello viven siempre poniendo el dedo en la llaga de los demás y no advierten las supuras que emanan del cáncer que los diezma a segundos. Basta mirarlos, fijamente, a los ojos para leer miseria y ausencia de fe.
Dios bendiga a estos seres que mostrándose impolutos ante la Patria, son huérfanos del cariño que los pueblos sólo saben dispensar a aquellos en quienes reconoce valentía y denuedo, transparencia y sinceridad. A la Patria agradecida, siempre seremos Silvio y Ramiro.
No nos cambia el oropel del Abogado, ni nos tienta la opulencia del rico, nos redime nuestra fe: Memento homo, quia pulvis es et pulverem reverteris. Como dice Jesús, y no existen otros mandamientos mayor que éstos: "Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente. Este es el primero y grande mandamiento. Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo (Mateo 22:36-40). Añadió Jesús Dios: "De estos dos mandamientos depende toda la Ley y los profetas".

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