La crítica constructiva
- MEREDITH SERRACIN
Convertirnos en entusiastas seguidores autómatas de alguna autoridad gubernamental, por bueno que pueda ser su desempeño, significa corromper el talento y, tal vez, estropear lastimosamente el progreso de una nación. Esto es aplicable a la educación. Analicemos cualquiera de las políticas educativas contemporáneas o pretérita: encontraremos un esqueleto substancial que llega a satisfacernos; pero muy pronto, cuando llegamos al detalle, vemos el montón de cosas superfluas con que los protagonistas en su momento quieren dar la apariencia de un sistema a lo que sólo es un acopio de ideas sugestivas.
En este sentido, conviene citar un comentario del Prof. Francisco Céspedes sobre la realidad educativa nacional. En su obra "La Educación en Panamá", afirma: "El sistema panameño ha experimentado transformaciones que se advierten más en sus elementos externos que en su función esencial. Es de creer que muchos de los grandes cambios pregonados por los que en un momento dirigen la educación nacional nada cambian. La estrategia del cambio educativo es asunto que clama porque se estudie e investigue". Observemos que este planteamiento tiene tanta validez hoy como en 1981, fecha de la publicación del libro.
Pues bien: la misma tendencia existe en algunos entusiastas reformistas de la educación de hoy. Leamos con detención: meditemos en las páginas en que un político o un maestro devoto propone bellísimas cosas; pero aprendamos también a dudar, pasando cada una de esas páginas por el esclarecedor tamiz del cuestionamiento. No nos hagamos esclavos de una doctrina, sea ideológica, política o pedagógica, porque la obediencia ciega a la autoridad es, en lo intelectual, una práctica que entorpece el mejoramiento y el desarrollo. No nos hagamos esclavos de la forma de pensar de nuestra época. Lo actual sólo tiene un valor privilegiado en el campo doctrinario del utilitarismo; pero desde un punto de vista conceptual, lo actual tiene tanto valor como lo pasado y tanto o menos valor que lo porvenir.
El mundo en que vivimos es sólo una parte pequeñísima del mundo entero; la realidad que vivimos a diario es únicamente un fragmento infinitesimal de toda la realidad objetiva. El presente es precario y es engañoso: un espíritu que pretenda encarar apropiadamente los desafíos de la vida tiene que recordar las experiencias del pasado y contemplar las perspectivas futuras para poder actuar efectivamente en el presente.

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