La escuela verdaderamente formativa
- Paulino Romero C. (opinion@epasa.com)
La escuela es el hogar de los niños, de los jóvenes y de los ciudadanos. Y toda escuela donde palpiten los sentimientos y el querer de la Nación panameña es un monumento levantado en honor a quienes nos dieron libertad. En las aulas escolares se afirman nuestras propias fuerzas y se rinde homenaje de trascendencia a los próceres que lucharon con denuedo por conseguir nuestra emancipación.
La escuela, solo la escuela, es capaz de asegurar una independencia real. Ella despierta dormidas potencialidades; orienta, encauza, fortalece al individuo. Lo hace consciente, lo transforma en unidad social, activa y eficaz. La escuela representa el resumen de lo que es un pueblo y la fuente de lo que será.
Hablamos de la escuela que educa; no de la que cree cumplida su misión con solo instruir. Sin una constante acción educativa en el corazón y en la mente de los nuevos ciudadanos flaquea el carácter, se debilita la voluntad, pierde su efectiva consistencia toda mentalidad; y el mal que llega es de enorme trascendencia: es la desintegración del alma nacional por falta de hombría y de firmeza.
La verdadera escuela no puede reducirse a resolver un mero problema de enseñanza. ¿No vale acaso más que una rica erudición, que la más brillante inteligencia, un carácter levantado, una recia voluntad orientada hacia el bien?
Es que el carácter íntegro representa una cualidad moral tan elevada que se basta por sí sola para conquistar la cima del prestigio. En cambio, una bella inteligencia puede ser puesta al servicio de ruines empresas, y el más estupendo arsenal de conocimientos puede solo servir para torpes menesteres. La inteligencia y el conocimiento son medios para marcar una huella en el camino del bien o del mal.
Algunos han entendido que el progreso implica, con el avance material, el relajamiento de las costumbres, la degradación moral. A tal progreso debemos oponernos. El solo avance material no es un bien, es un mal degradante, cuando mina, cuando carcome el fondo ético nacional. La nación, como la persona humana, no está perdida nunca, por pobre que sean sus recursos materiales, mientras queden intactos su decoro, su dignidad y sus nobles energías. ¡Atención Meduca!

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