La muerte como encarnación y enajenación
- Juan Carlos Ansin
Muchas son las historias, y serán más, las de seres humanos prisioneros de enfermedades que siendo biológicas terminan por trascender la metafísica del dolor corporal para ingresar al campo del dolor existencial y acaban por destruir lo medular de la condición humana: su dignidad.
Que un ser humano tenga que soportar diecisiete años en estado vegetal y no pueda decidir sobre su destino final o su deseo de morir de acuerdo a su particular concepto de persona, un derecho amparado en la más sagrada de las libertades, la autonomía de escoger entre ser o no ser y que la sociedad a la que pertenece no respete sus deseos o el de sus familiares más cercanos, es una verdadera intromisión rayana en la irresponsabilidad y en la enajenación por el peor de los autoritarismos culturales: el dogmatismo. Festinar ideológicamente sobre la base de una interpretación dogmática o intelectual de un credo con grandes limitaciones de aceptación real, es ser partícipe de una sociedad deshumanizada, intolerante, autoritaria y cruel.
Morir con dignidad, con la dignidad que profesa o profesó según propia voluntad manifiesta o en su defecto la que de ella tengan familiares o amigos, debiera ser el más sagrado de los derechos que las sociedades protectoras de los seres humanos (si acaso de verdad las hay) deberían cumplir o hacer cumplir.
El primer artículo de la Declaración Universal de los Derechos Humanos proclama que todos nacemos libres e iguales en dignidad y derechos, dotados como estamos de razón y conciencia, pero nada dice que bajo tales condiciones manifiestas (testimonio de última voluntad) se es libre de morir. Lo mismo cabe para el artículo tercero que se refiere al derecho a la vida, pero calla sobre la última etapa del ciclo vital, donde la muerte es la corrupción de la carne de la que está hecha esa vida.
La mitología y el rito totémico alrededor de la muerte es una codificación cultural enraizada en el pensamiento atávico del hombre primitivo, en el que el animismo es parte esencial de su hierofanía (instinto de lo sagrado) con la pragmática intención de conjurar espíritus malignos. La psique es la que consciente e inconscientemente elabora los códigos con los que el hombre y la mujer sobreviven armonizando lo racional con lo irracional en una dialéctica interminable de toma y daca, forjadora de la personalidad y de la autoestima de los individuos.
No se trata de dejar morir por omisión o por acción. Se trata de cumplir con las cualidades más destacadas entre las virtudes humanas: la compasión, la responsabilidad y el respeto por el otro. El temor a la muerte es en realidad un extrañamiento por el gozo de la vida así como el amor a la muerte es una enajenación sobre la responsabilidad ineludible de vivir con plenitud.
Algún día nuestra sociedad podrá desprenderse de anacronismos atávicos y enfrente la realidad existencial como el término de un viaje donde el arribo sea en sí y para sí, una dulce despedida y al mismo tiempo, un feliz encuentro con uno mismo.

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