La chorrera.
La puerca bruja en el barrio de Matuna
Empezaban las primeras horas de la madrugada. Habría de ser un nuevo día plagado de relatos, cuentos de brujas y quién sabe de qué otras cosas.
Empezaban las primeras horas de la madrugada. Habría de ser un nuevo día plagado de relatos, cuentos de brujas y quién sabe de qué otras cosas. Los pequeños, desde luego, estábamos pasmados por la impresión de lo que había sucedido en las horas anteriores. Como a la una de la madrugada, alrededor del viejo caserón que albergaba a cuatro familias, entre ellas la mía, se escuchaban los misteriosos berríos de un animal que erizaba los poros. Si nosotros, los pequeños, moríamos de pánico, los adultos, al menos, se aproximaban al espanto.
El hermano mayor, Armando, se atrevió a asomarse por una de aquellas ventanas, hecha con ornamentales y a través de cuyos huecos se deslizaban, en no pocas ocasiones, miradas de vidajenas que fisgoneaban a la vecina de al lado, y para su grande sorpresa, también gritando de pánico, advirtió que se trataba de una puerca enorme que presa del terror, ella misma, berreaba y berreaba sin parar, cosa que incrementaba el terror de todos. El viejo Marcos, vecino del frente, quien tenía casa propia y con lindos jardines, trabajaba en el Canal, salió y dijo: “Agárrenla, soy experto en descubrir brujas, esa es una bruja en forma de puerca, vamos a agarrarla, ¡carajo!, bruja de la mierda”. Todos quedamos peor, aquella advertencia del viejo Marcos nos pareció sentenciadora: una puerca andaba suelta en el barrio de Matuna y ya serían, tras el transcurso del tiempo, como las dos y media de la madrugada, nadie había dormido, nadie quería perderse aquella historia de cuentos de brujas”.
Y fue así, como pidiendo la cooperación de los valientes, nuestro vecino, descubridor de brujas y desatador de aves de mal agüero, todos juntos con saquitos de sal en mano echaron carrera por las apretadas calles de mi antiguo barrio, tras la captura de la bruja hecha puerca y que, ahora, no sabía ella misma cómo retornar a ser persona nuevamente. Eso es lo que se nos decía, que estaba atrapada y que había olvidado las palabras para el retorno. Todos lo creímos. Yo mismo no podía creer que aquello pudiera estar sucediendo y que sería testigo ocular de la captura de la bruja. Me hacía alegrías en la mente el solo considerar que podía contarlo, en la escuela, a los muchachos y muchachas.
Por mucha carrera que echaron tras la puerca, el animal era rápido, veloz, y nunca pudieron atrapar a la bruja puerca.
Se cansaron nuestros hombres de tanto correr y correr. La bruja pudo más que ellos. Lo último que recuerdo, tras la llegada de ellos, en grupo agotado, fue lo que dijeron: “¡Qué va!, la bruja se nos perdió por la calle del estadio y cogió como para la calle del cementerio”. ¡Listo!, me dije, la bruja estaba muerta, se fue para su tumba”.
Al llegar el día, en la radio se escuchaba: “Cien dólares de recompensa a quien encuentre una puerca perdida que pesa casi trescientas libras y su dueño la reclama”.
Abogado.

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