La Revolución Francesa exportada
Publicado 1999/07/13 23:00:00
- Mexicali
Hace dos siglos, en 1799, concluyó en Francia la gran Revolución.
En una década que transcurre desde el movimiento callejero de París que se toma la Bastilla hasta las postrimerías de la centuria, el trabajo consistió en dar institucionalidad y forma casi definitiva a los conceptos, planteamientos, opiniones encontradas sobre distintos aspectos de la vida social, económica e intelectual. En otras palabras, se pasó de una monarquía absoluta a una forma constitucional de gobierno que sería el modelo a cuya imagen habrían de constituirse otras naciones en el mundo.
No cabe duda, el principal producto de aquella inmortal Revolución fue la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 26 de agosto de 1789. Es increíble que en sólo mes y medio de la revuelta del 14 de julio, los espíritus franceses estuvieran lo suficientemente maduros y claros para plasmar lo que se quería: un documento que recogiera en su articulado los derechos propios de cada individuo por la circunstancia de nacer humano, esto es, venir al mundo equipado con necesidades, pero también con derechos a la libertad, instrucción, información y -algo insólito para la época- que los hijos naturales podían acceder a la sucesión equiparados a los vástagos habidos en matrimonio. La Declaración no se detenía allí, prohibía la tortura como forma de arrancar confesiones a un procesado; instauraba el jurado de conciencia; detestaba la esclavitud y reconocía a cada pueblo la facultad de decidir su destino.
Tan altos postulados no podían permanecer dentro de los límites geográficos de Francia. El mundo entraba en otra etapa de la historia y el vuelco producido por la conmoción política de los franceses serviría de modelo a otras revoluciones que abrevarían en el "nouvel ordre" que se estaba erigiendo sobre las cenizas del Antiguo Régimen.
Algún intérprete ha dicho que las nociones revolucionarias fueron como semillas tiradas al viento y que fructificarían por doquier. Quiero recordar primeramente al criollo Antonio Nariño en el Virreinato de la Nueva Granada, hoy Colombia. A escondidas, en su pequeña imprenta, Nariño hace la traducción al español de la Declaración y hace que esta circule de mano en mano y clandestinamente entre los seguidores de las ideas nuevas, incendiarias.
Persecución y cárcel esperaban al insolente. La idea no murió. En toda América Latina el procedimiento independentista es similar. Es imperioso cambiar el viejo sistema colonial. Los Morelos, Bolívar, Santander, San Martín, O"Higgins, los curas imbuídos de Ilustración ven en Francia el gran modelo que ha de adoptarse y adaptarse para que arda la insurrección.
El conjunto de atrevidas concepciones sobre el hombre y la sociedad será llamado en España "filosofía de los enemigos de Dios" como si Dios hubiese inventado el absolutismo y la explotación de los pobres o fuese el creador de una casta rebosante de privilegios y de una masa inerme, indefensa y aplastada por los poderosos. También en España terminó abriéndose paso el ideario de la Revolución.
En la propia Europa, países como Suiza, Bélgica, Escocia, Flandes, Alemania y Hungría serán receptores de la onda expansiva que dimana de Francia. Lenta, pero firmemente el republicanismo se está fraguando un camino que culminará en la inversión de los estamentos sociales y el acceso del pueblo al poder.
A propósito, antes de la Revolución Francesa, el pueblo era el hombre anónimo, sin derechos, la mayoría de la población que vivía sin esperanza de ser redimido.
A raíz de la Revolución, el pueblo es un abstracción anclada en la innegable realidad, dotado de voluntad y, por ende, de decisión. La masa sale del anonimato y sube hasta el poder, lo detenta y lo utiliza e invierte en su beneficio.
Con cuánta propiedad, los Thomas Jefferson y Benjamin Franklin encabezan la frase introductoria de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica con esta expresión: "We the People". Nosotros, el pueblo. Porque los creadores de la Nación norteamericana estaban literalmente "empapados", calados hasta la médula intelectual de los principios que los ideólogos franceses habían pensado para transformar al orbe entero.
En realidad, la de 1789-1799 fue una Revolución para la exportación. Nunca se imaginaron los Montesquieu, Voltaire, Diderot, D"Alembert y el cenáculo de los Enciclopedistas que sus obras constituirían la base conceptual del mundo contemporáneo que nacería de las ruinas de una realidad caduca e intransigente.
Los críticos marxistas han afirmado que fue una Declaración de los Derechos del Hombre burgués al cual dio pábulo la otra Revolución Industrial inglesa.
Lo que sí es cierto es que los países modernos, en su inmensa mayoría, reconocen que el pueblo es la única fuente de poder y que el poder se ejerce a través de los órganos del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Y a nivel universal, la Carta de las Naciones Unidas admite el derecho humano que anunció la Revolución Francesa hace doscientos años. Leyendo los textos de los pensadores del siglo XVIII podemos persuadirnos de que sus ideas están vivas y que ellas insuflan coraje de lucha y exigencia de libertades de acuerdo a nuestras propias condiciones y circunstancias. Y ese legado es para siempre. En esto consiste la actualidad de la Revolución espejo, modelo de todas las pasadas y próximas revoluciones.
En una década que transcurre desde el movimiento callejero de París que se toma la Bastilla hasta las postrimerías de la centuria, el trabajo consistió en dar institucionalidad y forma casi definitiva a los conceptos, planteamientos, opiniones encontradas sobre distintos aspectos de la vida social, económica e intelectual. En otras palabras, se pasó de una monarquía absoluta a una forma constitucional de gobierno que sería el modelo a cuya imagen habrían de constituirse otras naciones en el mundo.
No cabe duda, el principal producto de aquella inmortal Revolución fue la Declaración Universal de los Derechos del Hombre de 26 de agosto de 1789. Es increíble que en sólo mes y medio de la revuelta del 14 de julio, los espíritus franceses estuvieran lo suficientemente maduros y claros para plasmar lo que se quería: un documento que recogiera en su articulado los derechos propios de cada individuo por la circunstancia de nacer humano, esto es, venir al mundo equipado con necesidades, pero también con derechos a la libertad, instrucción, información y -algo insólito para la época- que los hijos naturales podían acceder a la sucesión equiparados a los vástagos habidos en matrimonio. La Declaración no se detenía allí, prohibía la tortura como forma de arrancar confesiones a un procesado; instauraba el jurado de conciencia; detestaba la esclavitud y reconocía a cada pueblo la facultad de decidir su destino.
Tan altos postulados no podían permanecer dentro de los límites geográficos de Francia. El mundo entraba en otra etapa de la historia y el vuelco producido por la conmoción política de los franceses serviría de modelo a otras revoluciones que abrevarían en el "nouvel ordre" que se estaba erigiendo sobre las cenizas del Antiguo Régimen.
Algún intérprete ha dicho que las nociones revolucionarias fueron como semillas tiradas al viento y que fructificarían por doquier. Quiero recordar primeramente al criollo Antonio Nariño en el Virreinato de la Nueva Granada, hoy Colombia. A escondidas, en su pequeña imprenta, Nariño hace la traducción al español de la Declaración y hace que esta circule de mano en mano y clandestinamente entre los seguidores de las ideas nuevas, incendiarias.
Persecución y cárcel esperaban al insolente. La idea no murió. En toda América Latina el procedimiento independentista es similar. Es imperioso cambiar el viejo sistema colonial. Los Morelos, Bolívar, Santander, San Martín, O"Higgins, los curas imbuídos de Ilustración ven en Francia el gran modelo que ha de adoptarse y adaptarse para que arda la insurrección.
El conjunto de atrevidas concepciones sobre el hombre y la sociedad será llamado en España "filosofía de los enemigos de Dios" como si Dios hubiese inventado el absolutismo y la explotación de los pobres o fuese el creador de una casta rebosante de privilegios y de una masa inerme, indefensa y aplastada por los poderosos. También en España terminó abriéndose paso el ideario de la Revolución.
En la propia Europa, países como Suiza, Bélgica, Escocia, Flandes, Alemania y Hungría serán receptores de la onda expansiva que dimana de Francia. Lenta, pero firmemente el republicanismo se está fraguando un camino que culminará en la inversión de los estamentos sociales y el acceso del pueblo al poder.
A propósito, antes de la Revolución Francesa, el pueblo era el hombre anónimo, sin derechos, la mayoría de la población que vivía sin esperanza de ser redimido.
A raíz de la Revolución, el pueblo es un abstracción anclada en la innegable realidad, dotado de voluntad y, por ende, de decisión. La masa sale del anonimato y sube hasta el poder, lo detenta y lo utiliza e invierte en su beneficio.
Con cuánta propiedad, los Thomas Jefferson y Benjamin Franklin encabezan la frase introductoria de la Constitución de los Estados Unidos de Norteamérica con esta expresión: "We the People". Nosotros, el pueblo. Porque los creadores de la Nación norteamericana estaban literalmente "empapados", calados hasta la médula intelectual de los principios que los ideólogos franceses habían pensado para transformar al orbe entero.
En realidad, la de 1789-1799 fue una Revolución para la exportación. Nunca se imaginaron los Montesquieu, Voltaire, Diderot, D"Alembert y el cenáculo de los Enciclopedistas que sus obras constituirían la base conceptual del mundo contemporáneo que nacería de las ruinas de una realidad caduca e intransigente.
Los críticos marxistas han afirmado que fue una Declaración de los Derechos del Hombre burgués al cual dio pábulo la otra Revolución Industrial inglesa.
Lo que sí es cierto es que los países modernos, en su inmensa mayoría, reconocen que el pueblo es la única fuente de poder y que el poder se ejerce a través de los órganos del Estado: Ejecutivo, Legislativo y Judicial.
Y a nivel universal, la Carta de las Naciones Unidas admite el derecho humano que anunció la Revolución Francesa hace doscientos años. Leyendo los textos de los pensadores del siglo XVIII podemos persuadirnos de que sus ideas están vivas y que ellas insuflan coraje de lucha y exigencia de libertades de acuerdo a nuestras propias condiciones y circunstancias. Y ese legado es para siempre. En esto consiste la actualidad de la Revolución espejo, modelo de todas las pasadas y próximas revoluciones.

Para comentar debes registrarte y completar los datos generales.