Las mil y una bellezas del reino de Mireya
Publicado 2004/11/08 00:00:00
- Anel González
Erase una vez un reino llamado Palacio de las Garzas. En él vivía, y entiéndase que cuando digo vivía, deben tomarlo en el más castizo sentido del verbo, una reina con un enorme séquito señorial desconectado del futuro. No advertía que sus actuaciones irían colmando el sentido de justicia del pueblo y que habría de llegar el día, en que acabaría el fastuoso y opulento despilfarro de los dineros de su pueblo.
Un día de un mes cualquiera, uno de los funcionarios que no formaba parte de la exquisitez, los gustos y las apetencias del reino garcense descubre, por accidente, un congelador repleto de dinero en casa de una sus regias secretarias. Los artificios legales del régimen judicial del reino, no encontraron nada fuera de lo normal que una de las secretarias tuviese una manera tan creativa, original, húmeda y fría de guardar su dinero.
El día empezaba a ceder ante la proximidad de la noche cuando de pronto, un helicóptero del reino precipita al mar. La noticia llegó al Palacio y las reacciones no hicieron más que desatar un tenso, frío y mojado pánico. Aquel HP-1430 se llevó a las profundidades unos cuantos secretos que algún día el majestuoso mar los traerá de vuelta. Algunos los pudieron rescatar, tras lo cual las metrallas entraron en acción. Al día de hoy, la reina y todo su séquito guardan un monacal silencio, cual la profundidad abismal en que se encuentra aquel enigmático helicóptero.
En una madrugada de un mes cualquiera, el reino se sacudió, tras conocer que en el Palacio de sus Leyes, un legislador que no tenía por qué ver ni oír, vio, oyó y pidió la parte suya, de un tesoro escondido en un maletín. La reina había decidido extender su benefactora influencia y lo logró, cuando por unos dólares más, un beduino sediento, le aceptó un par de fajos verdes a cambio de su voto. Aquel incidente corrió por todos lares y el pueblo supo que la reina había sido generosa a cambio de los votos. Más tarde, aquel juego le reportó beneficios, con la ratificación de dos magistrados.
Así, entre esta cosita ahora y aquella más tarde, pasaban los días y la reina, siempre impecable vestida, quizá en algunas ocasiones también mal asesorada en esta materia, no perdía el tiempo y se ocupaba de otras bellas acciones y bellezas.
Una tarde, sin que me pasara por la mente que aquello habría de suceder, una fila de patrullas y autos de lujo, detuvieron el tráfico. La reina no podría tener la menor idea que hoy uno de los que quedamos atrapados en aquel desgraciado momento, podría escribir este brevísimo cuento.
En menos de un segundo salió de los autos, su séquito de seguridad, más de 20 agentes, que cerraron el paso a todos los transeúntes. Junto a ella, bajó la primera dama y con paso lento pero seguro, se dirigió a una joyería del área. A todos nos llamó la atención. Cuando ya hubo entrado, los agentes se acordonaron en la puerta del local y calle y dieron orden de transitar. Hoy, cuando veo la millonaria cuenta de compras de joyas, todo queda claro. El asunto es que las joyas no están en las arcas del reino y todos nos preguntamos si en verdad alguna vez hubo joyas que pasaran de los estantes del local a los cofres del reino.
Un día cualquiera, de un mes y año que no quiero acordarme, la reina acongojada por la tristeza de su hijo, decide enviarlo de paseo a una ciudad de un imperio del norte. La tristeza era tan pero tan profunda, que no quiso enviarlo solo. Alistó maletas de tres de sus escoltas, les compró pasajes, les pagó la estadía en hotel de varias estrellas y se hicieron al aire.
Sin dudar, como su pequeño es un hijo del pueblo panameño, con una severa enfermedad y su reino atravesaba por una de las severas crisis económicas, decidió pagar todos los gastos del viaje, con una partida especial para gastos personales, que sus ministros le habían asignado, por compasión, en vista de la lamentable quiebra en sus negocios.
Así transcurría y transcurría el tiempo; entre una pequeña veleidad, un viajecito y cientos de compras y pagos de servicios, que su reino habría de clasificar como atenciones del despacho. Un día despertó y su primera dama le tocó la puerta y le dijo. Su majestad, el pueblo no eligió al príncipe de la sonrisa eterna. ¿Cómo me decís? Sí, Su Majestad, el pueblo no quiere a su príncipe alemán. La reina entró en trance. Pasó varios días que no quiso salir ni hablar con nadie. Cuando reaccionó dio orden a sus sirvientes para que limpiaran los discos, pero no precisamente, los del Gran Combo o los de Osvlado, sino los duros de las PCs. Se trabajó día y noche.
Muchas horas de trabajo extra y dejó tan bien guardados las joyas y los regios vestidos, que ahora nadie los encuentra. Al parecer ella no está dispuesta a decir dónde los guardó. Eso sí, en las semanas previas, no dejó en paz al ministro que le hizo la gracia de ponerle el nombre del Mar del Sur, a un pequeño negocio.
Quizá ese nombre develaba lo que va resultar; que no podrán ir al Norte, ya que la linda embajadora metió en lista negra a muchos súbditos de su reino y tendrían en mente, que algún país del sur les diese un lugar para vivir. Colorín, colorado, este cuento no ha acabado.
continuará...
Un día de un mes cualquiera, uno de los funcionarios que no formaba parte de la exquisitez, los gustos y las apetencias del reino garcense descubre, por accidente, un congelador repleto de dinero en casa de una sus regias secretarias. Los artificios legales del régimen judicial del reino, no encontraron nada fuera de lo normal que una de las secretarias tuviese una manera tan creativa, original, húmeda y fría de guardar su dinero.
El día empezaba a ceder ante la proximidad de la noche cuando de pronto, un helicóptero del reino precipita al mar. La noticia llegó al Palacio y las reacciones no hicieron más que desatar un tenso, frío y mojado pánico. Aquel HP-1430 se llevó a las profundidades unos cuantos secretos que algún día el majestuoso mar los traerá de vuelta. Algunos los pudieron rescatar, tras lo cual las metrallas entraron en acción. Al día de hoy, la reina y todo su séquito guardan un monacal silencio, cual la profundidad abismal en que se encuentra aquel enigmático helicóptero.
En una madrugada de un mes cualquiera, el reino se sacudió, tras conocer que en el Palacio de sus Leyes, un legislador que no tenía por qué ver ni oír, vio, oyó y pidió la parte suya, de un tesoro escondido en un maletín. La reina había decidido extender su benefactora influencia y lo logró, cuando por unos dólares más, un beduino sediento, le aceptó un par de fajos verdes a cambio de su voto. Aquel incidente corrió por todos lares y el pueblo supo que la reina había sido generosa a cambio de los votos. Más tarde, aquel juego le reportó beneficios, con la ratificación de dos magistrados.
Así, entre esta cosita ahora y aquella más tarde, pasaban los días y la reina, siempre impecable vestida, quizá en algunas ocasiones también mal asesorada en esta materia, no perdía el tiempo y se ocupaba de otras bellas acciones y bellezas.
Una tarde, sin que me pasara por la mente que aquello habría de suceder, una fila de patrullas y autos de lujo, detuvieron el tráfico. La reina no podría tener la menor idea que hoy uno de los que quedamos atrapados en aquel desgraciado momento, podría escribir este brevísimo cuento.
En menos de un segundo salió de los autos, su séquito de seguridad, más de 20 agentes, que cerraron el paso a todos los transeúntes. Junto a ella, bajó la primera dama y con paso lento pero seguro, se dirigió a una joyería del área. A todos nos llamó la atención. Cuando ya hubo entrado, los agentes se acordonaron en la puerta del local y calle y dieron orden de transitar. Hoy, cuando veo la millonaria cuenta de compras de joyas, todo queda claro. El asunto es que las joyas no están en las arcas del reino y todos nos preguntamos si en verdad alguna vez hubo joyas que pasaran de los estantes del local a los cofres del reino.
Un día cualquiera, de un mes y año que no quiero acordarme, la reina acongojada por la tristeza de su hijo, decide enviarlo de paseo a una ciudad de un imperio del norte. La tristeza era tan pero tan profunda, que no quiso enviarlo solo. Alistó maletas de tres de sus escoltas, les compró pasajes, les pagó la estadía en hotel de varias estrellas y se hicieron al aire.
Sin dudar, como su pequeño es un hijo del pueblo panameño, con una severa enfermedad y su reino atravesaba por una de las severas crisis económicas, decidió pagar todos los gastos del viaje, con una partida especial para gastos personales, que sus ministros le habían asignado, por compasión, en vista de la lamentable quiebra en sus negocios.
Así transcurría y transcurría el tiempo; entre una pequeña veleidad, un viajecito y cientos de compras y pagos de servicios, que su reino habría de clasificar como atenciones del despacho. Un día despertó y su primera dama le tocó la puerta y le dijo. Su majestad, el pueblo no eligió al príncipe de la sonrisa eterna. ¿Cómo me decís? Sí, Su Majestad, el pueblo no quiere a su príncipe alemán. La reina entró en trance. Pasó varios días que no quiso salir ni hablar con nadie. Cuando reaccionó dio orden a sus sirvientes para que limpiaran los discos, pero no precisamente, los del Gran Combo o los de Osvlado, sino los duros de las PCs. Se trabajó día y noche.
Muchas horas de trabajo extra y dejó tan bien guardados las joyas y los regios vestidos, que ahora nadie los encuentra. Al parecer ella no está dispuesta a decir dónde los guardó. Eso sí, en las semanas previas, no dejó en paz al ministro que le hizo la gracia de ponerle el nombre del Mar del Sur, a un pequeño negocio.
Quizá ese nombre develaba lo que va resultar; que no podrán ir al Norte, ya que la linda embajadora metió en lista negra a muchos súbditos de su reino y tendrían en mente, que algún país del sur les diese un lugar para vivir. Colorín, colorado, este cuento no ha acabado.
continuará...

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