Lo que aprendí como empleada doméstica
Publicado 2001/06/05 23:00:00
- Elsa González / Marcia Tuñón
Por circunstancias que sería muy largo explicar, hace poco fui empleada doméstica y dama de compañía de dos ancianas. Escribo este artículo, porque pienso que Dios quiso que desempeñara tal labor para que comprendiera mejor la vida de estos empleados y transmitiera a otros lo que aprendí.
Anteriormente pensaba que el problema esencial de la empleada doméstica consistía en un salario bajo y un horario de trabajo extendido. Pero esta experiencia me ha hecho entender que también es importantísimo tomar en consideración la pérdida de identidad que sufren los que desempeñan esa clase de labor.
Cuando entré a trabajar con las ancianas, lo primero que perdí fue mi nombre. Lo descartaron, porque es largo y difícil de pronunciar. Me pusieron otro y no tuve más remedio que aceptarlo. Perdí también mi pasado. Después de establecer que yo era una persona honrada, a mis patronas no les interesaba saber qué había hecho con mi vida ni quién era yo. Les importaba sólo que yo pudiera asistirlas a vestirse, caminar, comer, etc.
Cierto es que usualmente una empleada doméstica no tiene un doctorado en antropología ni es escritora. No obstante, no me dolió la pérdida de esa parte de mi identidad, porque procuro desenvolverme como una persona común y corriente. Es más, en la universidad donde saqué el doctorado, uno de mis profesores me reprochó por mi sencillez (prefería, supongo, que me desenvolviera con la arrogancia que suelen adoptar los pseudo-intelectuales que pretenden ser vacas sagradas en su comunidad).
Como a mis patronas no les interesaba nada respecto a mí, también perdí mi identidad como esposa, madre y abuela. Eso sí dolió, porque anuló una parte importantísima de mi vida. Perdí también mi visibilidad. Es decir, me convertí en un ser invisible a las personas con las cuales se relacionaban las ancianas, porque nunca se molestaron en saludarme. Es más, sentí el frío desprecio con que los más pudientes tratan a los empleados domésticos. Además, perdí valor como ser humano porque, a ojos de mis patronas, yo era simplemente una máquina. Eso lo entendí cuando no pude trabajar por un día, porque sufrí un trastorno gastrointestinal y mis patronas no mostraron solicitud alguna por mi salud. Les interesaba únicamente que me pusiera de pie para servirles.
El lector se preguntará perplejo: "¿Por qué se queja Brittmarie? Para servir la emplearon y para servir le pagaban".
Respondo que no es tan sencillo el asunto. El que trata a un ser humano como una máquina, no será recompensado por éste con interés por el trabajo, lealtad o cariño. En Panamá, por ejemplo, prolijas son las quejas de quienes necesitan una empleada para oficios domésticos.
Consuetudinariamente escuchamos que si consiguen una empleada, no quiere dormir en la casa, suele trabajar pocos días y luego desaparece, inclusive, con pertenencias de sus empleadores. A estas quejas yo respondo: "¿Cómo tratan a sus empleadas?"
Confieso que, por mis ex patronas, hice lo que tenía que hacer, y muy bien. Pero día a día, iba acumulando dentro de mí el resentimiento por la forma en que me trataban. En base a mi experiencia, recomiendo que los empleadores, no sólo paguen salarios apropiados, el seguro social de su empleada y restrinjan las labores a un horario decente y específico. Es imprescindible que entiendan que todos somos seres humanos, con historia, familia, problemas y ambiciones. Todos somos hijos de Dios, hermanos y hermanas. Y así, debemos mirarnos y tratarnos. El mero hecho de que alguien tiene dinero para pagar los servicios de otro, no le da el derecho de anular a su empleado como persona, ni de pisotear sus derechos. Puedo equivocarme, pero mi experiencia me ha hecho creer firmemente que los patrones serán recompensados en la medida en que demuestren respeto e interés por quienes emplean.
Anteriormente pensaba que el problema esencial de la empleada doméstica consistía en un salario bajo y un horario de trabajo extendido. Pero esta experiencia me ha hecho entender que también es importantísimo tomar en consideración la pérdida de identidad que sufren los que desempeñan esa clase de labor.
Cuando entré a trabajar con las ancianas, lo primero que perdí fue mi nombre. Lo descartaron, porque es largo y difícil de pronunciar. Me pusieron otro y no tuve más remedio que aceptarlo. Perdí también mi pasado. Después de establecer que yo era una persona honrada, a mis patronas no les interesaba saber qué había hecho con mi vida ni quién era yo. Les importaba sólo que yo pudiera asistirlas a vestirse, caminar, comer, etc.
Cierto es que usualmente una empleada doméstica no tiene un doctorado en antropología ni es escritora. No obstante, no me dolió la pérdida de esa parte de mi identidad, porque procuro desenvolverme como una persona común y corriente. Es más, en la universidad donde saqué el doctorado, uno de mis profesores me reprochó por mi sencillez (prefería, supongo, que me desenvolviera con la arrogancia que suelen adoptar los pseudo-intelectuales que pretenden ser vacas sagradas en su comunidad).
Como a mis patronas no les interesaba nada respecto a mí, también perdí mi identidad como esposa, madre y abuela. Eso sí dolió, porque anuló una parte importantísima de mi vida. Perdí también mi visibilidad. Es decir, me convertí en un ser invisible a las personas con las cuales se relacionaban las ancianas, porque nunca se molestaron en saludarme. Es más, sentí el frío desprecio con que los más pudientes tratan a los empleados domésticos. Además, perdí valor como ser humano porque, a ojos de mis patronas, yo era simplemente una máquina. Eso lo entendí cuando no pude trabajar por un día, porque sufrí un trastorno gastrointestinal y mis patronas no mostraron solicitud alguna por mi salud. Les interesaba únicamente que me pusiera de pie para servirles.
El lector se preguntará perplejo: "¿Por qué se queja Brittmarie? Para servir la emplearon y para servir le pagaban".
Respondo que no es tan sencillo el asunto. El que trata a un ser humano como una máquina, no será recompensado por éste con interés por el trabajo, lealtad o cariño. En Panamá, por ejemplo, prolijas son las quejas de quienes necesitan una empleada para oficios domésticos.
Consuetudinariamente escuchamos que si consiguen una empleada, no quiere dormir en la casa, suele trabajar pocos días y luego desaparece, inclusive, con pertenencias de sus empleadores. A estas quejas yo respondo: "¿Cómo tratan a sus empleadas?"
Confieso que, por mis ex patronas, hice lo que tenía que hacer, y muy bien. Pero día a día, iba acumulando dentro de mí el resentimiento por la forma en que me trataban. En base a mi experiencia, recomiendo que los empleadores, no sólo paguen salarios apropiados, el seguro social de su empleada y restrinjan las labores a un horario decente y específico. Es imprescindible que entiendan que todos somos seres humanos, con historia, familia, problemas y ambiciones. Todos somos hijos de Dios, hermanos y hermanas. Y así, debemos mirarnos y tratarnos. El mero hecho de que alguien tiene dinero para pagar los servicios de otro, no le da el derecho de anular a su empleado como persona, ni de pisotear sus derechos. Puedo equivocarme, pero mi experiencia me ha hecho creer firmemente que los patrones serán recompensados en la medida en que demuestren respeto e interés por quienes emplean.

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