Los helicópteros de la dictadura
Publicado 2001/09/05 23:00:00
- Cables internacionales
En los tiempos de la dictadura, nadie sabía cuánto costaban los helicópteros que usaban los militares ni cuánto ganaban de comisión por su compra. Nadie se atrevía a preguntar cuál era el rumbo que llevaban, cuántas queridas, cajas de whisky, cuántos tabacos o incluso, qué substancias lícitas o ilícitas transportaban.
Lo que sí se decía "sotto voce" era que los helicópteros de la dictadura lanzaban opositores al mar. Se sabía que en helicóptero, Torrijos se la pasaba "patrullando" el territorio nacional, acompañado por aduladores y cepillos, con quienes aterrizaba en propiedades que nadie sabía si eran públicas o privadas.
En helicóptero se trasladaba Omar a Coclesito -donde construyó una cabaña- y a una finca en Chiriquí, que después de su trágico fallecimiento, resultó pertenecer a un amigo. En helicóptero viajaba a la casa del recuerdo en Calle 50 y luego caía por arte de birlibirloque en el Farallón, para luego levantar vuelo con rumbo hacia las románticas orillas del Tuira. Nunca se supo cuánto se gastaba en sus paseos perpetuos, dentro y fuera del país, ni cuánto le costó al erario la construcción de sus sitios de esparcimiento.
Noriega, como buen subalterno de la CIA, aprendió de su maestro y en muchos aspectos lo superó. Compró un helicóptero de guerra por el que el pueblo panameño pagó más de 7 millones de balboas-el célebre "Súper Puma."
Desde las alturas que alcanzaba aquel ostentoso artefacto, muchos perredistas-Balbina Herrera, Carlos Duque, Lucho Gómez, Héctor Alemán y Rigoberto Paredes, entre otros-inspeccionaban con desagrado las inmensas manifestaciones de repudio a la narcodictadura o planeaban, bajo la guía inolvidable de su jefe (hoy preso en Florida), las estrategias que aplicarían para reprimir, torturar y avasallar al pueblo panameño.
Noriega se la pasaba en el aire e incluso, piloteaba él mismo el Súper Puma para ir a La Escondida (donde se encontraba con su secretario, Otilio Miranda, hoy cónsul en Santo Domingo). También llegaba al Cuartel de los Teribes de Bocas del Toro; de pronto aparecía en el Fuerte Espinar o en el Club de Clases y Tropas y todo el PRD, en pleno, aplaudía la capacidad de vuelo de su general en jefe, quien a la vez fungía como jefe de la CIA en Panamá.
Y del Toro Pérez ni se diga. Compartía con Torrijos y Noriega ese deseo de trasladarse en helicóptero y llevar a sus adláteres a Punta de Barco para celebrar su cumpleaños y otras festividades taurinas. Durante su gobierno, nadie jamás preguntó si se trataba de actividades particulares u oficiales, ni de dónde sacaba don Ernesto el Magnífico el combustible para sus frecuentes paseos de sultán otomano.
Hoy, cuando la caída de un helicóptero particular que transportaba personal de la Presidencia desde Punta Mala hasta la Capital ha generado toda clase de comentarios, muchos sectores exigen una aclaración, entre ellos el PRD, que se llena la boca con exigencias de transparencia-la transparencia que jamás practicó durante cuatro lustros de narcodictadura y uno más de torodictadura.
Los panameños ni queremos corrupción ni nos la merecemos. Hay que exigirles a las autoridades-al procurador, el contralor y demás-que investiguen los actos turbios que atentan contra el estado de derecho y la moral pública.
Pero hay que exigirles que la investigación sea completa, no selectiva. Porque aquí ha habido demasiada corrupción y ahora unos-los menos autorizados, por cierto-pretenden constituirse en la reserva moral de la patria, como si la ciudadanía pudiese olvidar sus tropelías y desmanes.
Lo que sí se decía "sotto voce" era que los helicópteros de la dictadura lanzaban opositores al mar. Se sabía que en helicóptero, Torrijos se la pasaba "patrullando" el territorio nacional, acompañado por aduladores y cepillos, con quienes aterrizaba en propiedades que nadie sabía si eran públicas o privadas.
En helicóptero se trasladaba Omar a Coclesito -donde construyó una cabaña- y a una finca en Chiriquí, que después de su trágico fallecimiento, resultó pertenecer a un amigo. En helicóptero viajaba a la casa del recuerdo en Calle 50 y luego caía por arte de birlibirloque en el Farallón, para luego levantar vuelo con rumbo hacia las románticas orillas del Tuira. Nunca se supo cuánto se gastaba en sus paseos perpetuos, dentro y fuera del país, ni cuánto le costó al erario la construcción de sus sitios de esparcimiento.
Noriega, como buen subalterno de la CIA, aprendió de su maestro y en muchos aspectos lo superó. Compró un helicóptero de guerra por el que el pueblo panameño pagó más de 7 millones de balboas-el célebre "Súper Puma."
Desde las alturas que alcanzaba aquel ostentoso artefacto, muchos perredistas-Balbina Herrera, Carlos Duque, Lucho Gómez, Héctor Alemán y Rigoberto Paredes, entre otros-inspeccionaban con desagrado las inmensas manifestaciones de repudio a la narcodictadura o planeaban, bajo la guía inolvidable de su jefe (hoy preso en Florida), las estrategias que aplicarían para reprimir, torturar y avasallar al pueblo panameño.
Noriega se la pasaba en el aire e incluso, piloteaba él mismo el Súper Puma para ir a La Escondida (donde se encontraba con su secretario, Otilio Miranda, hoy cónsul en Santo Domingo). También llegaba al Cuartel de los Teribes de Bocas del Toro; de pronto aparecía en el Fuerte Espinar o en el Club de Clases y Tropas y todo el PRD, en pleno, aplaudía la capacidad de vuelo de su general en jefe, quien a la vez fungía como jefe de la CIA en Panamá.
Y del Toro Pérez ni se diga. Compartía con Torrijos y Noriega ese deseo de trasladarse en helicóptero y llevar a sus adláteres a Punta de Barco para celebrar su cumpleaños y otras festividades taurinas. Durante su gobierno, nadie jamás preguntó si se trataba de actividades particulares u oficiales, ni de dónde sacaba don Ernesto el Magnífico el combustible para sus frecuentes paseos de sultán otomano.
Hoy, cuando la caída de un helicóptero particular que transportaba personal de la Presidencia desde Punta Mala hasta la Capital ha generado toda clase de comentarios, muchos sectores exigen una aclaración, entre ellos el PRD, que se llena la boca con exigencias de transparencia-la transparencia que jamás practicó durante cuatro lustros de narcodictadura y uno más de torodictadura.
Los panameños ni queremos corrupción ni nos la merecemos. Hay que exigirles a las autoridades-al procurador, el contralor y demás-que investiguen los actos turbios que atentan contra el estado de derecho y la moral pública.
Pero hay que exigirles que la investigación sea completa, no selectiva. Porque aquí ha habido demasiada corrupción y ahora unos-los menos autorizados, por cierto-pretenden constituirse en la reserva moral de la patria, como si la ciudadanía pudiese olvidar sus tropelías y desmanes.

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