Panamá
Panamá tembló, pero la calma fue nuestra mejor defensa
- Jaime Figueroa Navarro
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El terremoto que sacudió a Panamá el pasado viernes 9 de octubre nos recordó en pocos instantes la fragilidad de la existencia humana y la importancia de estar preparados ante los imprevistos de la naturaleza. Más allá de los daños materiales y los momentos de incertidumbre, este acontecimiento nos deja valiosas enseñanzas sobre la prevención, la solidaridad y, especialmente, la serenidad con que debemos enfrentar las situaciones de peligro.
Viví personalmente esta experiencia en mi residencia de Bella Vista, ubicada en el segundo piso de nuestro edificio donde mi madre, de 101 años, reside en el piso inmediatamente superior. Mientras la tierra se estremecía y la angustia se apoderaba de muchas personas, mi principal preocupación fue naturalmente su bienestar. Sin embargo, comprendimos que el miedo no podía imponerse sobre la razón y que nuestra mejor respuesta era conservar la calma, actuar prudentemente y evitar decisiones precipitadas.
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Fueron momentos de profunda tensión, en los que cada segundo parecía prolongarse indefinidamente. Sabíamos que la desesperación podía convertirse en un peligro adicional al propio terremoto. Mientras algunas personas reaccionaban impulsivamente, exponiéndose a situaciones de mayor riesgo, nosotros optamos por la serenidad. No se trataba de ignorar el peligro, sino de enfrentarlo con sensatez, conscientes de que una reacción descontrolada podía agravar las consecuencias de una emergencia que exigía prudencia.
La presencia de mi madre centenaria añadió una dimensión profundamente humana a aquella experiencia. A sus 101 años, su vida representa un extraordinario testimonio de fortaleza, perseverancia y sabiduría. Pensar en su seguridad me recordó que nuestra primera responsabilidad en momentos difíciles es proteger a quienes amamos, especialmente a los adultos mayores, los niños y las personas vulnerables. La tranquilidad, lejos de ser indiferencia, constituye una expresión de amor, responsabilidad y respeto por la vida.
Este terremoto también puso de manifiesto la importancia de las normas de construcción, la ingeniería responsable y la preparación institucional. Panamá ha experimentado un notable desarrollo urbano, particularmente en la capital, donde numerosos rascacielos forman parte de nuestro paisaje cotidiano. Su seguridad no puede depender de la improvisación. La prevención, las inspecciones estructurales y el cumplimiento riguroso de las normas deben constituir compromisos permanentes del Estado, los profesionales y la ciudadanía.
Otra enseñanza fundamental es la necesidad de fortalecer nuestra cultura de prevención. Los simulacros, la educación ciudadana y los protocolos de emergencia no deben considerarse simples formalidades. Es indispensable que cada familia conozca cómo protegerse durante un movimiento sísmico, cuándo evacuar y cómo auxiliar a quienes necesitan atención especial. La calma resulta verdaderamente eficaz cuando está acompañada del conocimiento y de una preparación adecuada.
También debemos reconocer el valor de la solidaridad y de las instituciones encargadas de protegernos. Los organismos de emergencia, los profesionales de la salud, los bomberos y los equipos de rescate cumplen una misión que merece nuestro reconocimiento. Pero la seguridad colectiva no es responsabilidad exclusiva de las autoridades. Comienza en cada hogar, en cada comunidad y en la disposición de los ciudadanos a colaborar sin generar alarma ni propagar informaciones irresponsables.
La experiencia vivida nos invita igualmente a una reflexión sobre nuestras prioridades. En segundos, aquello que habitualmente ocupa nuestras preocupaciones pierde importancia frente al valor incomparable de la vida. Las diferencias económicas, sociales y políticas se desvanecen cuando la naturaleza nos recuerda que todos compartimos una misma vulnerabilidad. En esas circunstancias, la familia, la solidaridad, la fe y la serenidad adquieren una dimensión que ninguna riqueza material puede sustituir.
Panamá debe convertir este terremoto en una oportunidad para aprender, corregir y fortalecer su capacidad de respuesta. En lo personal, conservaré la imagen de aquellos minutos de incertidumbre, con mi madre de 101 años en el piso superior y la convicción de que mantener la calma era la decisión más sensata. La naturaleza puede sacudir nuestros edificios y alterar nuestra tranquilidad, pero no debe arrebatarnos la capacidad de pensar, actuar responsablemente y protegernos unos a otros. Porque, al final, la verdadera fortaleza de una sociedad no consiste solamente en resistir los terremotos, sino en la serenidad, humanidad y solidaridad con que enfrenta sus consecuencias.

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