Inconsciencia
Perturbo la paz y afecto la salud de mis semejantes, y no pasa nada
- Ángel Molina/opinion@epasa.com/
Con nada y en nada se justifican las acciones indiferentes y los excesos. Vacíos menos que baratos son los argumentos de quienes afirman/alegan que su equipo, su residencia, su local comercial, su bus o su taxi (y el mencionado equipo escandalizador) son su propiedad privada.
Que el (los) residente (s) de un edificio, de una barrida o “barraca”, o el dueño de un establecimiento comercial, el conductor de una unidad de transporte (sea colectivo o selectivo), decida (n), escuchar o reproducir piezas musicales a través de sus respectivos equipos, es normal y comprensible.
Pero, que lo hagan a exagerada cantidad de decibeles, capaces de abarcar con su intensidad (de brillo y bajo) muchos apartamentos del edificio, metros del área residencial, o de saturar/desbordar, al mil por ciento, el local del negocio o el interior de los mencionados vehículos, constituye un acto irrespetuoso y una acción plagada de un alto grado desconsideración.
La música es una de las más preciadas regalías que ha conocido y disfruta el ser humano. Cuántos sentimientos, cuantas situaciones interpreta y/o refleja. Para cuánta diversidad de campañas exhortativas sirvió innumerable cantidad de himnos y marchas.
Cuán agradable es escucharla a volumen moderado o un poco alto. Pero, al buscar gozo y satisfacción en la posibilidad de demostrar la potencia total que poseen las bocinas adquiridas. O, al competir en ese aspecto: estamos elevando la Presión Arterial de otras personas. Y, hágase /o no/ de manera consciente: se trata de un peligroso daño a la salud, cuyos resultados varían.
Otro daño a la salud ocasionado por el exceso en mención, es la sordera. Desde internet, Family Doctor.org, señala que la causa más común, como factor que ocasiona la pérdida permanente de la audición, es la exposición a demasiado ruido.
Con nada y en nada se justifican las acciones indiferentes y los excesos. Vacíos menos que baratos son los argumentos de quienes afirman/alegan que su equipo, su residencia, su local comercial, su bus o su taxi (y el mencionado equipo escandalizador) son su propiedad privada.
Las leyes de Panamá (y de otros países) dan prioridad a la paz, la tranquilidad y la salud de los vecinos, de los clientes /sean empleados o compradores de un almacén de ventas, o pasajeros de un medio de transporte/.
Quien brinda servicio llevando de un punto a uno u otro destino a seres humanos, tiene la obligación de trasladar a sus clientes respetando su derecho a viajar en paz y tranquilidad. Dichos servidores deben evitar emprender acciones que afecten la salud de quienes reciben el aludido servicio.
Las disposiciones legales que regulan el tema que se aborda en esta nota, deben ser de estricto cumplimiento en las distintas localidades del país, sin hacer excepciones.
A propósito de esta realidad, sugerimos que las autoridades tomen la decisión de mantener, mejorar y aumentar la atención a las llamadas que sean realizadas para denunciar las mencionadas anomalías. Que las respuestas lleguen con igualdad en lo que se refiere a premura, eficiencia y eficacia.
En lo que se refiere a los excesos de volumen en establecimientos comerciales: ni los empleados, ni los clientes tienen que ser afectados por los dueños de empresas que para “atraer” compradores, o para demostrar la potencia de bocinas que son promovidas exhortándolos a “romper la barrera del sonido”.
De igual manera, si bien es cierto que, ni el taxi ni el bus o metrobus, es propiedad de los pasajeros, el operario que está conduciendo dichos vehículos, al momento de estar interactuando, lo hace en horario de trabajo en el que brinda un servicio. Por tanto, prevalece -durante esas horas- el derecho de quienes están recibiendo dicha atención (pagada). Impera lo que establecen las disposiciones legales en torno al pernicioso exceso de ruido, más allá de los límites a los que puede llegar el derecho de un conductor en su condición de dueño de la propiedad que utiliza para trabajar.
Disipemos esa sensación de impunidad que impera y reina a niveles y grados indignantes. Que los infractores, quienes siguen insistiendo de manera grosera aludiendo “derechos” descritos en líneas anteriores, se enteren, de manera categórica, que sus argumentos no tienen asidero alguno. Que ocurra lo mismo con quienes, en los vecindarios y barriadas, continúan esgrimiendo argumentos como que los afectados deben soportar los abusos porque viven en el gueto.
Periodista

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