Punto ciego o autoengaño
- Celeste Amaro
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- opinion@epasa.com
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Las personas tenemos características que otros detectan y que para nosotros son un punto ciego. Lo son porque, de manera inconsciente, nosotros mismos las enviamos al sótano para no verlas, y al no resolverlas, se vuelven obstáculos para nuestra felicidad. Has escuchado el proverbio que dice: "Vemos la paja en el ojo ajeno y no vemos la viga en el nuestro"; es una frase bíblica, la podemos encontrar en San Mateo y en San Lucas, esta ceguera consciente o inconsciente, viene desde la misma creación de la humanidad. Terrible ¿verdad? y, sin embargo, nos pasa a todos alguna vez, vemos los problemas de los demás, pero no somos capaces de ver nuestros propios errores, como si estuviéramos ciegos, nosotros mismos nos autoengañamos.
¿Por qué pasa esto? Porque nuestro cerebro selecciona o filtra la información que nos ayuda a disminuir las percepciones negativas, así se bloquea la atención y se minimiza el impacto de las decepciones. Pequeñas mentiras aceptadas, dobles mensajes, ocultar nuestros verdaderos sentimientos, verdades a medias, son puntos ciegos de nuestra conducta y nuestras vidas, en algunos momentos, esta escapatoria puede resultar útil, pero si se mantiene de manera rígida puede generar grandes dificultades.
Estos son algunos de los puntos ciegos más comunes:
Autoabandono. Suelo estar pendiente de todo el mundo menos de mí. Me enoja que los demás no ayuden como yo lo hago. Me cuesta trabajo decir 'no' a todo lo que se me pide. La opinión de los demás me importa mucho. Si opinan bien de mí, me siento seguro; pero si me critican o no reconocen lo que hago por ellos, me deprimo.
Autoengaño. Para conseguir la aprobación de los demás soy muy exigente conmigo mismo y trabajo hasta el cansancio. Puedo ignorar los avisos de cansancio que mi cuerpo me envía, así como a mi familia. No sé descansar; si lo hago, me siento incómodo y hasta culpable. Me puedo adaptar a todo con tal de ganar.
Autoseparación. Con frecuencia me refugio en mis pensamientos; prefiero aislarme en mi cueva y desde ahí observar la vida y no participar en ella. Suelo desconectarme de lo que siento y puedo convertirme en una persona fría, ausente de los demás y distante.
Autodesconfianza. Dudo del mundo, de mi mismo, de la gente y de sus intenciones. Suelo estar a la defensiva. Con facilidad pienso lo mal que puede salir todo, en lugar de enfocarme en las ventajas. Me quejo de todo y puedo hacer críticas muy severas.
Autoevasión. Cuanto más estresado me siento, más busco la diversión y la superficialidad. Me distraigo con cualquier cosa y quiero probar todo. Me involucro en mil cosas y prometo más de lo que puedo cumplir. Tengo tantas cosas en la cabeza, que se me olvida lo importante y lo que en realidad tengo que hacer.
Solo al traer a la conciencia aquello que nos disgusta de nosotros desaparecen los puntos ciegos y se vuelven motivo de crecimiento. Es cierto: tú creas tu propia realidad.
La moraleja de todo esto podría ser precisamente la de no prejuzgar a nadie por esas primeras apariencias que tengamos, la de escuchar lo que los demás tienen que decirnos sobre algo que han visto o percibido de nosotros y la de aprender de cada nuevo proceso de autoconocimiento. Porque al final lo que más cuenta es aprender a mirarnos hacia adentro.

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