Represión: ¿la solución final?
Publicado 2004/09/03 23:00:00
- Carlos David Castro
Respondiendo a lo que parece ser el esbozo de una política criminal uniforme para Centroamérica, que pareciera alimentarse en criterios externos de naturaleza geopolítica y regional y no sólo en factores de orden interno, Panamá ha entrado lo que podríamos denominar la espiral de la "Mano Dura" o de "Cero Tolerancia", configurando así una singular entente policíaco-represiva con Nicaragua, Honduras, Guatemala y El Salvador.
El factor común pareciera descansar, primero, en un supuesto "agotamiento" de las medidas de prevención vigentes a lo interno del marco legal, en el pretendido desgaste y abuso de las campañas centradas en la defensa de los derechos humanos y después en un reencuentro con la eficacia de la medidas de represión, particularmente, la física practicada "in situ" en barros, calles, casas y veredas, en contra de la criminalidad.
Ante el inicial apoyo de la población a la medidas de represión, reforzadas y estimulada por la "indignación mediática" y la subsiguiente psicosis colectiva derivada de la exaltación masiva de crímenes abominables y atroces, una de la principales bajas o víctimas de esta nueva situación ha sido la promoción y el fortalecimiento de las medidas de prevención (y de resocialización), y no, precisamente, los índices de criminalidad.
Pero, contrario a lo que pueda pensarse, no han sido ni las doctrinas penales, ni los especialistas en conducta social desviada ni los criminólogos modernos, los únicos que se han encargado de demostrar, con solvencia, que las medidas de prevención vis a vis las de represión, se constituyen en la forma más racional y segura para garantizar la solución permanente a los problemas de la delincuencia y la criminalidad. En su lugar, ha sido, justamente, la misma práctica de la justicia criminal, y los límites propios de la represión física las que se han encargado de demostrar con abundante evidencia histórica, cuan inocuas pueden ser estas opciones. En particular, cuando se desconoce que la represión física y el castigo, en las sociedades civilizadas, tienen como objetivo básico y fundamental, sólo mantener el crimen dentro de límites tolerables en aras del bien común, más nunca eliminarlo; y peor cuando además, se pierde de vista que la vigilancia y el castigo debe ser permanente.
La solución permanente a la violencia y la criminalidad encuentra sus fuentes en principios rectores (filosóficos, religiosos, éticos, sociales, etc.) que hacen posible la convivencia humana en un marco de justicia y equidad, y no en la represión per se. Qué podría significar el hecho de que los medios represivos, por sí solos, rebasen ese mandato, que nos viene como una herencia ancestral, desde los tiempos del Código de Hammurabi, hace casi 3,800 años, y pretendan convertirse, en la fuente de la justicia. De ser así, estaríamos transitando hacia más allá del principio, ampliamente difundido entre los pueblos semitas del "ojo por ojo, diente por diente" (Ley del Talión), que no es, precisamente un llamado a la retaliación a la venganza, cuanto una convocatoria a la subordinación del recurso de la fuerza y el abuso, venga de donde venga, a los principios de la ética social y la equidad.
El uso de la fuerza siempre ha tendido a justificarse bajo el manto de principios generales a los cuales declara subordinarse. Pero aquí, nuevamente la historia acude en nuestra ayuda, porque nos demuestra que, muchas veces, la represión tiende a convertirse en un fin en sí mismo, desmarcándose de cualquier legitimidad, y actuando en contra de la misma. Sólo deberíamos recordar las experiencias de "soluciones permanentes", muy populares en Sudamérica hace un par de décadas, en donde las ejecuciones extrajudiciales, realizadas por las "Manos Negras" o las "Manos Blancas", las Brigadas Justicieras, y otras modalidades de liquidación indiscriminadas de asesinos, incluyendo, últimamente, las sospechosas muertes masivas de "maras" en recintos cerrados en Centroamérica, se han convertido, pretendidamente, en modelos de solución. Mismas que nos hacen evocar, guardadas proporciones, funestas experiencias del pasado, como las "limpiezas étnicas" o las "soluciones finales". Cuando escuchamos sobre "Mano Dura", nos gustaría que se nos aclarara si estamos hablando de "control social" o de "soluciones finales". El mensaje enviado no es muy claro. La ciudadanía dormiría más tranquila si supiera que se buscan soluciones permanentes y civilizadas, no acciones cíclicas o reactivas, que respondan a la "indignación" momentánea y que, eventualmente, puedan ser usada en su contra. Definiciones por favor.
Y para terminar esta cuestión, "debemos aceptar que el hoy será ayer, mañana".
El factor común pareciera descansar, primero, en un supuesto "agotamiento" de las medidas de prevención vigentes a lo interno del marco legal, en el pretendido desgaste y abuso de las campañas centradas en la defensa de los derechos humanos y después en un reencuentro con la eficacia de la medidas de represión, particularmente, la física practicada "in situ" en barros, calles, casas y veredas, en contra de la criminalidad.
Ante el inicial apoyo de la población a la medidas de represión, reforzadas y estimulada por la "indignación mediática" y la subsiguiente psicosis colectiva derivada de la exaltación masiva de crímenes abominables y atroces, una de la principales bajas o víctimas de esta nueva situación ha sido la promoción y el fortalecimiento de las medidas de prevención (y de resocialización), y no, precisamente, los índices de criminalidad.
Pero, contrario a lo que pueda pensarse, no han sido ni las doctrinas penales, ni los especialistas en conducta social desviada ni los criminólogos modernos, los únicos que se han encargado de demostrar, con solvencia, que las medidas de prevención vis a vis las de represión, se constituyen en la forma más racional y segura para garantizar la solución permanente a los problemas de la delincuencia y la criminalidad. En su lugar, ha sido, justamente, la misma práctica de la justicia criminal, y los límites propios de la represión física las que se han encargado de demostrar con abundante evidencia histórica, cuan inocuas pueden ser estas opciones. En particular, cuando se desconoce que la represión física y el castigo, en las sociedades civilizadas, tienen como objetivo básico y fundamental, sólo mantener el crimen dentro de límites tolerables en aras del bien común, más nunca eliminarlo; y peor cuando además, se pierde de vista que la vigilancia y el castigo debe ser permanente.
La solución permanente a la violencia y la criminalidad encuentra sus fuentes en principios rectores (filosóficos, religiosos, éticos, sociales, etc.) que hacen posible la convivencia humana en un marco de justicia y equidad, y no en la represión per se. Qué podría significar el hecho de que los medios represivos, por sí solos, rebasen ese mandato, que nos viene como una herencia ancestral, desde los tiempos del Código de Hammurabi, hace casi 3,800 años, y pretendan convertirse, en la fuente de la justicia. De ser así, estaríamos transitando hacia más allá del principio, ampliamente difundido entre los pueblos semitas del "ojo por ojo, diente por diente" (Ley del Talión), que no es, precisamente un llamado a la retaliación a la venganza, cuanto una convocatoria a la subordinación del recurso de la fuerza y el abuso, venga de donde venga, a los principios de la ética social y la equidad.
El uso de la fuerza siempre ha tendido a justificarse bajo el manto de principios generales a los cuales declara subordinarse. Pero aquí, nuevamente la historia acude en nuestra ayuda, porque nos demuestra que, muchas veces, la represión tiende a convertirse en un fin en sí mismo, desmarcándose de cualquier legitimidad, y actuando en contra de la misma. Sólo deberíamos recordar las experiencias de "soluciones permanentes", muy populares en Sudamérica hace un par de décadas, en donde las ejecuciones extrajudiciales, realizadas por las "Manos Negras" o las "Manos Blancas", las Brigadas Justicieras, y otras modalidades de liquidación indiscriminadas de asesinos, incluyendo, últimamente, las sospechosas muertes masivas de "maras" en recintos cerrados en Centroamérica, se han convertido, pretendidamente, en modelos de solución. Mismas que nos hacen evocar, guardadas proporciones, funestas experiencias del pasado, como las "limpiezas étnicas" o las "soluciones finales". Cuando escuchamos sobre "Mano Dura", nos gustaría que se nos aclarara si estamos hablando de "control social" o de "soluciones finales". El mensaje enviado no es muy claro. La ciudadanía dormiría más tranquila si supiera que se buscan soluciones permanentes y civilizadas, no acciones cíclicas o reactivas, que respondan a la "indignación" momentánea y que, eventualmente, puedan ser usada en su contra. Definiciones por favor.
Y para terminar esta cuestión, "debemos aceptar que el hoy será ayer, mañana".

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