Panamá
Responder o padecer
- Javier Alcide
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- Estudiante de Psicología (Universidad del Istmo)
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Quiero escribir algo como joven panameño, a los jóvenes panameños. Tal vez esta cuestión no solo se reduce a los jóvenes, pero es cierto que son los que más abundan y padecen por esta cuestión. Puede deberse al desarrollo de la vida en sí. No obstante, es importante que se tenga en mente que algunas aflicciones mentales, o emociones displacenteras ocurren por un término llamado: hiperintención. Dicho término fue desarrollado por un austriaco que sobrevivió a los campos de concentración Nazi. Viktor Frankl era de descendencia judía, y por algo que se escapa de su control padeció durante años. Ahora bien, la hiperintención ilustra muchas de nuestras aflicciones en el día a día, ya que esta se presenta en momentos donde la voluntad consciente de lograr algo interfiere con la capacidad natural o automática de lograrlo. Puede observarse cuando la persona se esfuerza por evitar un miedo o evitar un síntoma psicológico, lo que a menudo resulta en un aumento de la ansiedad anticipatoria y el temor patógeno. Querer algo y esforzarse hasta el cansancio por conseguirlo, y al no poder resguardarse en otro término llamado indefensión aprendida, es decir: una profecía negativa que es autocumplida por el sujeto. Es una lástima refugiarse en: "soy ansioso", "no podré sentirme bien nunca", "me he esforzado tanto que el sufrimiento es parte de mí". Esta última frase es más frecuente de lo que parece.
Las emociones displacenteras no puede separarse la biología de la psicología. No obstante, en este tipo de padecimientos prevalece la psicología, donde hay un aprendizaje desadaptativo.
Frankl no se detuvo en el diagnóstico. Frente a la hiperintención propuso lo que llamó intención paradójica, y aquí conviene despojarla de su ropaje clínico para verla como lo que en el fondo es: una postura ante la propia existencia. El joven que se aferra a "soy ansioso" ha terminado por identificarse con lo que le ocurre, ha dejado que un estado pase a ocupar el lugar de su ser. La intención paradójica invierte esa relación, no combatiendo el síntoma sino atravesándolo con ironía, casi jugando a ser aquello que se teme. Y en ese gesto aparentemente absurdo se revela algo: que la persona no se agota en su ansiedad ni en su miedo, que hay una distancia irreductible entre lo que uno padece y lo que uno es. Frankl sostenía que esa distancia es justamente la libertad que ni el sufrimiento más extremo logra clausurar. Para el joven panameño, reconocerse distinto de su síntoma no es un truco terapéutico sino una forma de recuperar su condición de sujeto frente a lo que lo determina.
De esta circunstancia podríamos deducir que el ser humano es un ser que vive respondiendo a su vida, y si deja de responder podría empezar a padecer. No olvidemos que padecer es sufrir algo que se recibe, no algo que se elige. Pero la idea es invertir esa pasividad frente a la vida: el ser humano no es solamente aquello que le sucede, es sobre todo aquello que responde a lo que le sucede. Ahí está la clave que conecta la hiperintención con la intención paradójica. Cuando el joven empieza a aferrarse a controlar su ansiedad, a exigirse no sentir miedo, deja de responder a su vida y empieza a reaccionar únicamente contra su síntoma. La existencia se estrecha, se vuelve un ejercicio de vigilancia sobre uno mismo. La intención paradójica es en el fondo un acto de responsabilidad, ya que responder de nuevo a la vida en lugar de quedar atrapado respondiendo solo al miedo es cambiarse a uno mismo.
Quien practica esta inversión no niega su padecimiento, lo relativiza, lo pone en lugar que es fundamental para tener una vida plena. Ya no se espera de la vida, sino qué la vida espera de mí. El joven panameño que hoy se repite "no podré sentirme bien nunca" ha dejado de formularse esa pregunta. Volver a ella, aunque sea con la torpeza de quien empieza, es ya una forma de dejar de padecer para comenzar, otra vez, a responder.

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