Sin control.. . enfermedad contagiosa
Publicado 2001/03/23 00:00:00
Pareciera que fuera congénita, sin cura, sin medidas preventivas, y lo que es peor, casi todos los que desesperadamente logran encajar en el gobierno piden a gritos contagiarse de la enfermedad. Con las primeras líneas arriba, usted pensará que se trata de una verdadera enfermedad, sin embargo, le di vuelta al asunto y lo más parecido que pude encontrar para poder describir la corrupción es un padecimiento de tipo connatural, nacido con uno y socialmente mortal.
Es evidente que los que administran el Estado para nada les preocupa que sea mortal, que agudice nuestra pobreza, que asesine nuestra dignidad, que aumente nuestra deuda externa, que patrocine la violencia y que acabe con la educación, la salud y el porvenir de nuestros hijos. A nadie le importa que muy pocos se queden con todo.
Todo indica que la crisis cultural que estamos viviendo conlleva, al mismo tiempo, una profunda crisis moral y ética, tal parece que vivimos en una sociedad donde prevalece el materialismo (el tener en vez del ser) y el relativismo (todo lo que es posible es válido).
Los valores éticos-morales, sobre todo en el campo gubernamental, es un tema poco practicado y muy pasado por alto. Pocos funcionarios públicos se detienen tan sólo un instante a reflexionar el tipo de implicaciones éticas-morales que pueden pesar sobre las acciones o decisiones que van a tomar o si éstas van a perjudicar material o moralmente a la contraparte o la sociedad como un todo.
Estar dentro del engranaje gubernamental es una puerta o una invitación para que muchos traten de hacerse más ricos y asegurar su futuro económico a través del lavado de dinero, el tráfico de armas, el narcotráfico, secuestros, asaltos, negociado y utilización del recurso del Estado, tráfico de influencias, coimas y prebendas por realizar su trabajo en el sentido de aprobar propuestas de índole social, entre otros delitos inimaginables por usted y por mí.
La enfermedad llega hasta al disconforme individuo, menos privilegiado, haciendo suya el dicho cada más difundido: "No hay rosca mala, lo malo es no estar en la rosca" asechando la oportunidad para salir de su situación económica; conducta que denota la amplitud de la corrupción, que implica desde un robo de un lápiz sin borrador hasta las ventas de cupos y la autorización de una concesión, sin una previa licitación.
Si usted escucha o lee en los diversos medios de comunicación, hay denuncias de irregularidades de todo tipo: mentes pervertidas manejando los cupos de transporte y el registro vehicular, expedición fraudulenta de licencias panameñas para marinos, tráfico en la construcción en una carretera que culmina en fincas de propiedades de altos funcionarios del gobierno, investigaciones sobre el helicóptero hundido el pasado 18 de febrero en aguas del Pacífico, utilizado por la presidencia; denuncia sobre supuesta irregularidades en el manejo del Fondo Especial de Compensación de Intereses, los famosos bonos en la provincia de Colón, licitación de los estacionómetros, y otros que están incubando en estos precisos momentos.
Sin embargo, son a los periodistas a quienes les cae el peso de la Ley, por denunciar la corrupción, la maquinaria de justicia funciona a la perfección. La ironía de estos casos es que todos estos profesionales que han señalado al corrupto, son acusados de calumnia e injuria. Panamá tiene todo para estar muy bien: un canal para todo el mundo, una Zona Libre, un centro bancario, una fauna y flora excelente para el turismo, tierras para la agricultura, mares para la pesca; pero existe mucha pobreza, e incluso miseria. ¿Por qué Panamá, en estos momentos, está entre los países del continente con peor distribución de las riquezas? Eso no es un problema técnico ni científico, sino un problema de corrupción, un problema de crisis ético-moral.
La corrupción y los valores éticos/morales, durante muchos siglos, se han visto la cara, se han enfrentado en diferentes épocas, en diferentes contextos; la corrupción como enfermedad sigue alimentándose de los débiles, de aquellos que el materialismo (el tener en vez del ser) y el relativismo (todo lo que es posible es válido) les funciona para entrar en una cultura lite, una cultura superficial y sin compromisos con Panamá. La corrupción sigue fortaleciéndose, está más evolutiva y más incurable, ella es la consecuencia de la falta de valores morales y éticos, estos últimos parecen perder la guerra. ¿Entonces qué deseamos de nuestros gobernantes y de nuestras organizaciones privadas? Deseamos personas y organizaciones comprometidas y responsables por gobernar la poli, o sea la sociedad. Hombres y mujeres capaces de elaborar una nueva política, con equidad y justicia. Que no sean cómplices, que no sean alimentos para la corrupción, fuertes y que por el contrario de enfermarse, señalen al corrupto.
Se preguntará si hay estas clases de personas y organizaciones en nuestro país. La respuesta la tiene usted que leyó hasta la última palabra de este artículo.
Es evidente que los que administran el Estado para nada les preocupa que sea mortal, que agudice nuestra pobreza, que asesine nuestra dignidad, que aumente nuestra deuda externa, que patrocine la violencia y que acabe con la educación, la salud y el porvenir de nuestros hijos. A nadie le importa que muy pocos se queden con todo.
Todo indica que la crisis cultural que estamos viviendo conlleva, al mismo tiempo, una profunda crisis moral y ética, tal parece que vivimos en una sociedad donde prevalece el materialismo (el tener en vez del ser) y el relativismo (todo lo que es posible es válido).
Los valores éticos-morales, sobre todo en el campo gubernamental, es un tema poco practicado y muy pasado por alto. Pocos funcionarios públicos se detienen tan sólo un instante a reflexionar el tipo de implicaciones éticas-morales que pueden pesar sobre las acciones o decisiones que van a tomar o si éstas van a perjudicar material o moralmente a la contraparte o la sociedad como un todo.
Estar dentro del engranaje gubernamental es una puerta o una invitación para que muchos traten de hacerse más ricos y asegurar su futuro económico a través del lavado de dinero, el tráfico de armas, el narcotráfico, secuestros, asaltos, negociado y utilización del recurso del Estado, tráfico de influencias, coimas y prebendas por realizar su trabajo en el sentido de aprobar propuestas de índole social, entre otros delitos inimaginables por usted y por mí.
La enfermedad llega hasta al disconforme individuo, menos privilegiado, haciendo suya el dicho cada más difundido: "No hay rosca mala, lo malo es no estar en la rosca" asechando la oportunidad para salir de su situación económica; conducta que denota la amplitud de la corrupción, que implica desde un robo de un lápiz sin borrador hasta las ventas de cupos y la autorización de una concesión, sin una previa licitación.
Si usted escucha o lee en los diversos medios de comunicación, hay denuncias de irregularidades de todo tipo: mentes pervertidas manejando los cupos de transporte y el registro vehicular, expedición fraudulenta de licencias panameñas para marinos, tráfico en la construcción en una carretera que culmina en fincas de propiedades de altos funcionarios del gobierno, investigaciones sobre el helicóptero hundido el pasado 18 de febrero en aguas del Pacífico, utilizado por la presidencia; denuncia sobre supuesta irregularidades en el manejo del Fondo Especial de Compensación de Intereses, los famosos bonos en la provincia de Colón, licitación de los estacionómetros, y otros que están incubando en estos precisos momentos.
Sin embargo, son a los periodistas a quienes les cae el peso de la Ley, por denunciar la corrupción, la maquinaria de justicia funciona a la perfección. La ironía de estos casos es que todos estos profesionales que han señalado al corrupto, son acusados de calumnia e injuria. Panamá tiene todo para estar muy bien: un canal para todo el mundo, una Zona Libre, un centro bancario, una fauna y flora excelente para el turismo, tierras para la agricultura, mares para la pesca; pero existe mucha pobreza, e incluso miseria. ¿Por qué Panamá, en estos momentos, está entre los países del continente con peor distribución de las riquezas? Eso no es un problema técnico ni científico, sino un problema de corrupción, un problema de crisis ético-moral.
La corrupción y los valores éticos/morales, durante muchos siglos, se han visto la cara, se han enfrentado en diferentes épocas, en diferentes contextos; la corrupción como enfermedad sigue alimentándose de los débiles, de aquellos que el materialismo (el tener en vez del ser) y el relativismo (todo lo que es posible es válido) les funciona para entrar en una cultura lite, una cultura superficial y sin compromisos con Panamá. La corrupción sigue fortaleciéndose, está más evolutiva y más incurable, ella es la consecuencia de la falta de valores morales y éticos, estos últimos parecen perder la guerra. ¿Entonces qué deseamos de nuestros gobernantes y de nuestras organizaciones privadas? Deseamos personas y organizaciones comprometidas y responsables por gobernar la poli, o sea la sociedad. Hombres y mujeres capaces de elaborar una nueva política, con equidad y justicia. Que no sean cómplices, que no sean alimentos para la corrupción, fuertes y que por el contrario de enfermarse, señalen al corrupto.
Se preguntará si hay estas clases de personas y organizaciones en nuestro país. La respuesta la tiene usted que leyó hasta la última palabra de este artículo.

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