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Sobre el David de ayer

Una de las cosas que más recuerdo aún son los veranos tórridos, que comenzaban siempre puntualmente los noviembres tan esperados. En esas épocas del año, las lluvias esporádicas caían aquí y allá, y se evaporaban rápido en el sartén del pavimento, dejando nieblas bajas de vapor aquí y allá.

Arnulfo Arias O. | opinion@epasa.com | - Actualizado:

Sobre el David de ayer

El viejo David. Así lo recuerdo, como un sabor añejo que, desde las bodegas de nuestro pasado, se posa nuevamente en nuestro paladar; como algo tan familiar y tan lejano a la vez. Corrían los años setenta, pero ese pueblito se había mantenido impecablemente tradicional, fiel a otros tiempos que se habían ido ya. Las televisiones a color eran una rareza; todos, o casi todos, se conocían; los maleantes tenían apodos que eran nombres o nombres que eran apodos; los policías del pueblo nos eran familiares y las abarroterías pertenecían aún a nacionales, que se dedicaban, juntos con sus familias, al negocio. A pesar de que el uso de la bolsa de papel manila prevalecía ya en ese entonces para despachar las mercancías en los comercios, todavía se empleaba allá en esas tienditas el papel de cera, en el que envolvían el pan y muchas otras cosas, como el "gyngerbread", la carne y otros.

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Una de las cosas que más recuerdo aún son los veranos tórridos, que comenzaban siempre puntualmente los noviembres tan esperados. En esas épocas del año, las lluvias esporádicas caían aquí y allá, y se evaporaban rápido en el sartén del pavimento, dejando nieblas bajas de vapor aquí y allá. El viento norte sacudía los árboles, que comenzaban a desvestirse ya de su follaje.

Mis hermanos se engalanaban con vistosos uniformes para darle su tributo en los desfiles a una patria sometida por la dictadura, marchando en los días patrios. Hoy parecen esos uniformes parte de una complicidad muy silenciosa del sistema educativo de ese entonces, para exaltar la vida soldadesca, porque los muchachos gozaban mucho de vestir aquellos uniformes casi de oficiales de marina, con kepis altos, grandes charreteras, botones relucientes y pantalones blancos con rayas militares a los lados. Incluso había rangos en las bandas musicales; que si el capitán, que si el sargento o cabo. Todo sin duda parte de esa maquinaria de la dictadura para hacer más comestible para el nacional un gobierno de facto, en el que los militares pensaban gobernar, pero eran gobernados por las ataduras de los oficiales estadounidenses, que no permitían ni la caída de alfiler, sin enterarse.

Las clases eran a dos turnos. Recuerdo la formalidad aquella de desayunar lo más temprano, todos los seis hermanos y hermanas a la mesa, ya uniformados y listos para el día escolar. Para ir luego a un colegio regido por curas muy sombríos, casi todos calvos, que parecían lanzas en su andar esbelto por esos corredores silenciados por la disciplina antigua. Al mediodía, se regresaba uno a la casa para almorzar y hacer alguna siesta, para volver luego nuevamente a clases, hasta bien entrada ya la tarde.

Largas faenas escolares, que no creo que hayan beneficiado en lo más mínimo al estudiantado; más cuando se pretendía insuflar conocimiento estructurado, científico, árido y muy divorciado de la realidad humana. Aun se daba educación para el hogar, laboratorio con formalidad de bata blanca desde primer grado, entre otras cosas; pero nada se enseñaba sobre el mundo real en que vivíamos, sobre la democracia real o la falta de la misma; sobre el aislamiento sistemático de información que nos llegaba censurada ya. Nada se decía de aquellos desaparecidos que habían levantado entonces sus protestas contra el régimen dictatorial.

Hoy recuerdo con nostalgia ese pequeño ese pueblo mío tan caluroso, tan caliente que los techos de zinc se retorcían ruidosos en los mediodías torrenciales, batiéndose con ese sol que lo cocina todo. El mercado público, con ese olor tan penetrante y único, como de la transición entre aquello que está fresco y aquello que no se había dañado aún, pero estaba ya dentro del margen de ese umbral. Tiras de hojas de tabaco seco, pescado, carnes de res, gallinas vivas, bienmesabe y todo un abanico de frutas y legumbres del campo. Allí, en ese sitio tan poco pulcro, se daba cita la gente pobre y trabajadora y las señoras encumbradas, con un séquito de dos empleadas portando de esas chácaras tejidas, en aquel entonces, por los guaimí.

Recuerdo el Parque de Cervantes, con su gazebo al centro y con sus enormes y frondosos árboles, parte de los cuales tuvo el gusto de sembrar mi propio padre. Los parquímetros le hacían su guardia alrededor y aquí y allá abundaba el billetero, vendiendo sus pedacitos de chance o lotería. Siempre, había algún borracho, menesteroso conocido y aceptado ya, durmiendo en alguna de esas bancas de cemento. Tampoco faltaría alguno que otro limosnero sin brazos o sin piernas, o sin ambos, y las mujeres indígenas, ataviadas con sus trajes coloridos.


A un lado del parque, se levantaba, y sigue aún en pie, la Iglesia de la Sagrada Familia de David. Con sus pisos brillantes y desgastados por el paso de tanto y tanto feligrés que, en sus momentos de alegría y en sus momentos de dolor, se había congregado allí con el curso de los años. En ese tiempo en que crecí, la iglesia era centro importante, y hasta pilar diría, de la vida de los chiricanos. Allí se casaron mis padres, allí me bautizaron, allí hice mi primera comunión, y allí se casó mi hermana mayor; ese allí se prolongó en la vida de muchos de los otros miembros de mi
familia.

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