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Sobre la paz de la conciencia

Nadie que hace obra de mejoramiento personal partió de cimas, sino más bien de abismos que lo hacían cuestionarse y que siembran esas ansias de escalar y ser mejores.

Arnulfo Arias O. - Publicado:

Camino largo y arduo es ese, de aceptar responsabilidades personales, de saber que nadie puede hacer por otro lo que a él le toca hacer. Foto: EFE.

En las costas del Atlántico, en el poblado de Guanche, lamido para las suaves aguas del Caribe, me tocó ver los restos de una vieja piragua que la marea se resiste simplemente a desechar hacia ese vientre oscuro de océano.

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La embarcación, casi fantasmal, partida en dos por la inclemencia de las aguas, y bronceada oscura por el sol intenso, se tambalea en la orilla, sin quererse ir. Pertenecía a un anciano pescador, que probablemente se embarcaba muy temprano en la carrera esa contra el sol, para procurarse para así algún sustento.

La piragua, fracturada por las largas noches y el repique persistente de las olas, parece haber desarrollado una querencia por el sitio que la vio nacer; como si esperara el alma de ese viejo pescador, y compañero suyo, para remontarse nuevamente al mar abierto a cosechar el rico fruto de las aguas generosas.

Así, como esa simple embarcación humilde, que hacia ninguna parte quiere desplazarse, o se regresa siempre hacia su dueño y su señor, es la conciencia nuestra. No hay escapatoria en ese aguaje, porque la marea parece siempre regresar a uno ese desecho de las obras malas descompuestas, o el tesoro reluciente de las obras buenas que se siembran. Como un astro prisionero eterno de su órbita, que se trata de escapar inútilmente de aquel cuerpo en torno al cual gravita, sin ninguna posibilidad de desprenderse.

Así son, también, esos actos que en perjuicio de otros uno ejerce y que, como una banda elástica, se regresan con más fuerza desde el punto en el que nacen, según el grado de la intensidad con que se extienden. Todo lo que se echa al agua se regresa al sitio de donde partió, de alguna u otra forma, por una ley ineludible de nuestro universo. Hasta los átomos compactos que hoy integran nuestros propios cuerpos, tan antiguos como la creación, se desamarran para retornar a cada uno de sus componentes iniciales al momento de “extinguirse” la existencia de los hombres.

Pero el intento de romper con esas leyes naturales está también dentro de la rebeldía de nuestra propia naturaleza, para bien o para mal. Y no se nace nunca en las elevaciones de una plena comprensión de la existencia, sino en los valles bajos de la ignorancia natural que sigue al hombre como sombra lenta y persistente. 

Nadie que hace obra de mejoramiento personal partió de cimas, sino más bien de abismos que lo hacían cuestionarse y que siembran esas ansias de escalar y ser mejores. No dejemos que sermones puritanos llenen de temor nuestra conciencia, porque aquellos que proclaman impurezas son igual de impuros en su esencia que nosotros mismos. Todo es un proceso expansión; pero en nosotros está la decisión de ser materia inerte, coagulada en el estanque inmundo de la nada o el espejo cristalino en el que se refleja siempre la grandeza de los amplios firmamentos del conocimiento.

Camino largo y arduo es ese, de aceptar responsabilidades personales, de saber que nadie puede hacer por otro lo que a él le toca hacer. No hay dispensación vicaria para el ser humano; la salvación del hombre es personal, es un camino o una trocha que nadie más que él podrá gatear o recorrer.

VEA TAMBIÉN: ¿Dónde nos fuimos como nación?

Solo a nosotros toca hacer la ruta esa que a menudo se despliega ante nosotros amplia y clara o que, como para aquel que se detiene ante un espeso bosque, es todo caminos por abrir para la voluntad.

Conciencia y comprensión son una misma cosa; no se aquieta la primera sin ampliar en las profundidades vastas de la otra, como se buscan vetas de oro en una rica mina. Mientras más nos adentramos en el conocimiento pleno de nosotros mismos, más tranquilo es el remanso donde se refleja la conciencia propia.  Como esa piragua que resiste a irse sin su marinero, así también espera por nosotros esa barca de conocimiento personal.

Abogado.

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