El sastre y el hada
Publicado 2000/02/07 00:00:00
Erase una vez en el reino de la alegría que vivía un sastre muy hábil, creador de finas prendas de vestir y hermosos tejidos.
Se decía que había cosido para grandes y famosos personajes de reinos lejanos. Muchos viajaron hasta allí para conocerle y obtener sus creaciones. Gozaba de admiración y buenos comentarios por parte de todos.
Para el sastre, la fama y los cumplidos no significaban gran cosa. Había nacido con el don de coser así que amaba perdidamente su oficio. Desde joven se había convertido en un gran maestro, a tal punto que le atribuían cualidades de mago.
Su ansiedad inagotable de crear en las telas e imprimirles su estilo, lo justificaban plenamente ante si mismo. Era feliz en la vida y sentía un absoluto dominio de la belleza así como de las técnicas para lograrla.
Un día el sastre fue a buscar algodones para hilar sus telas. Acostumbraba atravesar el bosque pues del otro lado los algodones eran de la mejor calidad que había.
Mientras caminaba pensaba sin parar en su búsqueda de la belleza, en las telas que fabricaría y en los modelos que diseñaría. Distraído por su obsesión no advirtió que comenzaba a anochecer. Al pasar bajo un gran árbol se le apareció un hada. Estaba rodeada de una poderosa luz. Quedó maravillado pues su belleza era infinita. Aquel resplandor le cegó por un momento.
Cuando recobró el sentido, notó que todo el aire olía a rosas y que el hermoso ser estaba junto a él. La luz se había suavizado iluminando todo a su alrededor con los más espectaculares colores.
El sastre pensó que soñaba, no podía creer su visión maravillosa. Una emoción enorme le apretaba el pecho. Le conmovía tanta belleza reunida en un solo ser y se quedó en éxtasis contemplándola. Tan solo escuchándola respirar.
El sastre quedó prendido del hada pues ni en su inspiración más grande había concebido una imagen como esa. Ella igual, se enamoró por completo del espíritu inspirado del artesano.
Se unieron inmediatamente en un abrazo lleno de pasión. Ella le miraba temerosa con sus ojos llenos de estrellas y él temblaba poseído por la mágica figura, su aroma y su luz.
El perfume de rosas se hizo más fino. Entonces ella le dio a su enamorado un beso lleno de amor y le dijo: Mi amado sastre, por amor a ti, he cometido un terrible error. Las hadas no podemos ser tocadas por humanos pues somos seres mágicos. Como un sueño, como una ilusión.
Esa es la ley de los hechizos. Sin embargo al verte me enamoré de ti y quise abrazarte sin recordarlo. Ahora, en castigo, desapareceré para siempre, al momento en que tus manos dejen de tocarme.
Como todas las hadas debo irme con las luces del alba y cuando tus manos me suelten moriré. pero este abrazo y tu amor han sido lo más grande en mi vida mágica. Lo repetiría otra vez mil veces...aunque mil veces más muriera.
El sastre nunca había escuchado el amor mejor descrito con palabras. Lo sentía plenamente, como cuando trabajaba en sus creaciones. Con toda el alma.
Al fin había encontrado un amor capaz de ser tan grande como el que é l sabía dar. El abrazo continuó entre los enamorados toda la noche. Ninguno de los dos quería que acabara aquel momento. Les parecía que hubieran vivido cientos de años juntos.
Al ver las luces del alba, el sastre se sintió morir. En un segundo había conocido la belleza pura y en unos cuantos minutos más, la perdería para no volverla a ver jamás.
Recapacitó sobre los valores de la belleza que hasta entonces pensaba absolutos. El amanecer, los forzó a despedirse. El sastre volvió a tocar las delicadas alas de su amante. Eran de el más fino tejido imaginado. Tuvo otra euforia de sentimientos. Aquel amor era la respuesta a su búsqueda constante por la belleza. Era su razón de vivir. No podía dejar que se extinguiera. Pues sin ella, la perfección dejaría de existir.
Por última vez inhaló todo su delicado y exquisito perfume. Suspiró, cerró sus ojos y se desprendió de sus manos. Las dejó asidas al hada, perdiéndolas para siempre.
Así es, antes que dejar morir a su amada, el sastre había sacrificado sus geniales manos. Por el amor tan anhelado, dio a cambio lo más valioso que tenía en la vida.
Un segundo después la luz blanca del sol matinal invadió todo el lugar. El hada desapareció con las manos del sastre colgadas de sus alas y de su alma. Iba llorando mientras se desvanecía en su vuelo. Al contacto con el aire, sus lágrimas se volvieron trozos de pan que cayeron suavemente en la boca y los brazos mutilados de el sastre moribundo.
El herido permaneció días y noches tendido en aquel lugar milagroso. El pan de las lágrimas del hada lo alimentó durante ese tiempo y fue sanando sus heridas hasta que recobró la salud. También le dio el conocimiento total de las ciencias que contienen la belleza.
Volvió a su casa, regresó a la vida y pasaron los años. Nunca más olvidó al hada ni el día en que perdió sus manos. A pesar que no pudo coser ni crear de nuevo, parece que no le hizo falta. Su infatigable y ansiosa búsqueda de la belleza había terminado aquella vez. La noche en que había amado a el hada hechicera del bosque del país de la alegría.
Aquellos que lo vieron por última vez, dijeron que estaba sentado frente a su ventana, inmóvil, como en éxtasis, mirando en dirección a los algodoneros que están cruzando el bosque. Aunque sus ojos estaban tan fijos que parecían ver hacia dentro de él mismo, como observando mil maravillas en su mente.
También dijeron que todos los días, con los primeros rayos del alba, finos y delicados trozos de pan aparecían milagrosamente en sus labios alimentándolo.
Que al caer las tardes, una nube de pétalos de rosas bajo la luz de espectaculares colores, surgía sobre su cuerpo y le acompañaba toda la noche, girando a su alrededor hasta que amanecía. Y que un perfume perfecto que emanaba de su lecho, quedó flotando entre los muros de su casa, aún mucho tiempo después del día de su muerte.
Se decía que había cosido para grandes y famosos personajes de reinos lejanos. Muchos viajaron hasta allí para conocerle y obtener sus creaciones. Gozaba de admiración y buenos comentarios por parte de todos.
Para el sastre, la fama y los cumplidos no significaban gran cosa. Había nacido con el don de coser así que amaba perdidamente su oficio. Desde joven se había convertido en un gran maestro, a tal punto que le atribuían cualidades de mago.
Su ansiedad inagotable de crear en las telas e imprimirles su estilo, lo justificaban plenamente ante si mismo. Era feliz en la vida y sentía un absoluto dominio de la belleza así como de las técnicas para lograrla.
Un día el sastre fue a buscar algodones para hilar sus telas. Acostumbraba atravesar el bosque pues del otro lado los algodones eran de la mejor calidad que había.
Mientras caminaba pensaba sin parar en su búsqueda de la belleza, en las telas que fabricaría y en los modelos que diseñaría. Distraído por su obsesión no advirtió que comenzaba a anochecer. Al pasar bajo un gran árbol se le apareció un hada. Estaba rodeada de una poderosa luz. Quedó maravillado pues su belleza era infinita. Aquel resplandor le cegó por un momento.
Cuando recobró el sentido, notó que todo el aire olía a rosas y que el hermoso ser estaba junto a él. La luz se había suavizado iluminando todo a su alrededor con los más espectaculares colores.
El sastre pensó que soñaba, no podía creer su visión maravillosa. Una emoción enorme le apretaba el pecho. Le conmovía tanta belleza reunida en un solo ser y se quedó en éxtasis contemplándola. Tan solo escuchándola respirar.
El sastre quedó prendido del hada pues ni en su inspiración más grande había concebido una imagen como esa. Ella igual, se enamoró por completo del espíritu inspirado del artesano.
Se unieron inmediatamente en un abrazo lleno de pasión. Ella le miraba temerosa con sus ojos llenos de estrellas y él temblaba poseído por la mágica figura, su aroma y su luz.
El perfume de rosas se hizo más fino. Entonces ella le dio a su enamorado un beso lleno de amor y le dijo: Mi amado sastre, por amor a ti, he cometido un terrible error. Las hadas no podemos ser tocadas por humanos pues somos seres mágicos. Como un sueño, como una ilusión.
Esa es la ley de los hechizos. Sin embargo al verte me enamoré de ti y quise abrazarte sin recordarlo. Ahora, en castigo, desapareceré para siempre, al momento en que tus manos dejen de tocarme.
Como todas las hadas debo irme con las luces del alba y cuando tus manos me suelten moriré. pero este abrazo y tu amor han sido lo más grande en mi vida mágica. Lo repetiría otra vez mil veces...aunque mil veces más muriera.
El sastre nunca había escuchado el amor mejor descrito con palabras. Lo sentía plenamente, como cuando trabajaba en sus creaciones. Con toda el alma.
Al fin había encontrado un amor capaz de ser tan grande como el que é l sabía dar. El abrazo continuó entre los enamorados toda la noche. Ninguno de los dos quería que acabara aquel momento. Les parecía que hubieran vivido cientos de años juntos.
Al ver las luces del alba, el sastre se sintió morir. En un segundo había conocido la belleza pura y en unos cuantos minutos más, la perdería para no volverla a ver jamás.
Recapacitó sobre los valores de la belleza que hasta entonces pensaba absolutos. El amanecer, los forzó a despedirse. El sastre volvió a tocar las delicadas alas de su amante. Eran de el más fino tejido imaginado. Tuvo otra euforia de sentimientos. Aquel amor era la respuesta a su búsqueda constante por la belleza. Era su razón de vivir. No podía dejar que se extinguiera. Pues sin ella, la perfección dejaría de existir.
Por última vez inhaló todo su delicado y exquisito perfume. Suspiró, cerró sus ojos y se desprendió de sus manos. Las dejó asidas al hada, perdiéndolas para siempre.
Así es, antes que dejar morir a su amada, el sastre había sacrificado sus geniales manos. Por el amor tan anhelado, dio a cambio lo más valioso que tenía en la vida.
Un segundo después la luz blanca del sol matinal invadió todo el lugar. El hada desapareció con las manos del sastre colgadas de sus alas y de su alma. Iba llorando mientras se desvanecía en su vuelo. Al contacto con el aire, sus lágrimas se volvieron trozos de pan que cayeron suavemente en la boca y los brazos mutilados de el sastre moribundo.
El herido permaneció días y noches tendido en aquel lugar milagroso. El pan de las lágrimas del hada lo alimentó durante ese tiempo y fue sanando sus heridas hasta que recobró la salud. También le dio el conocimiento total de las ciencias que contienen la belleza.
Volvió a su casa, regresó a la vida y pasaron los años. Nunca más olvidó al hada ni el día en que perdió sus manos. A pesar que no pudo coser ni crear de nuevo, parece que no le hizo falta. Su infatigable y ansiosa búsqueda de la belleza había terminado aquella vez. La noche en que había amado a el hada hechicera del bosque del país de la alegría.
Aquellos que lo vieron por última vez, dijeron que estaba sentado frente a su ventana, inmóvil, como en éxtasis, mirando en dirección a los algodoneros que están cruzando el bosque. Aunque sus ojos estaban tan fijos que parecían ver hacia dentro de él mismo, como observando mil maravillas en su mente.
También dijeron que todos los días, con los primeros rayos del alba, finos y delicados trozos de pan aparecían milagrosamente en sus labios alimentándolo.
Que al caer las tardes, una nube de pétalos de rosas bajo la luz de espectaculares colores, surgía sobre su cuerpo y le acompañaba toda la noche, girando a su alrededor hasta que amanecía. Y que un perfume perfecto que emanaba de su lecho, quedó flotando entre los muros de su casa, aún mucho tiempo después del día de su muerte.

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