Soliloquios
Anonimitis, Nueve Presidentes y ciempiés
"Si no sabes adónde te diriges, cualquier camino te llevará", George Harrison ¡Ringgg! ¡Ringgg! Grita el teléfono. —Aló... –Nada, ni gato sobre
"Si no sabes adónde te diriges, cualquier camino te llevará", George Harrison
¡Ringgg! ¡Ringgg! Grita el teléfono.
—Aló... –Nada, ni gato sobre alfombra. Insisto:
—Aló, ¿Con quién quiere hablar?
Nada. Dos segundos después,¡clic! Cuelgan.
Una manía que desarrolló el teléfono fue la llamada anónima con silencio profundo. Es igual de estúpida que la otra, en la que el enfermo de anonimitis usa el teléfono para volcar la cloaca de su espíritu sobre un indefenso oído. Dice Tito Piedra que disminuyeron con los identificadores de llamadas y desaparecerán cuando hablemos por pantallas. No, le digo, será peor, asustarán con sus caras de imbéciles. Extraños placeres depara la técnica.
Para mi amigo Mimo, el billar de bola nueve exige astucia y pericia al jugador. El nueve podría ser número cabalístico entre los panameños. Son nueve episodios y nueve los jugadores de beisból, deporte rey en Panamá. Según Tito P. deberíamos tener nueve presidentes, así no habría pérdidas ni chambonadas. No saldría ni un foul de la presidencia. En su turno, alguno sería bueno con el bate. Crearíamos la utopía de los Nueve Presidentes. Uno: elegante, especialista en cortar cintas; dos, de palabra fácil para contestar preguntas necias de malévolos periodistas; tres, el viajero, de país en país nos representa con altura; cuatro, el de las ideas puras; quinto, el de la acción; sexto, el de la sonrisa bonachona; séptimo, el que de verdad sabe sobre finanzas; octavo, capaz de convencer a su partido de que los puestos públicos pertenecen a los más capacitados; y noveno, el honrado que mantiene a raya a los otros ocho. Bonito el nueve ¿ah? Hasta los diez mandamientos se pueden reducir a nueve eliminando el «No desearás a la mujer de tu prójimo» por imposible de guardar. Por supuesto, también nueve legisladores nos bastarían... con tal de que fueran inteligentes.
¿Y del ciempiés? Una anécdota que me contó Rafael Angel Herra en su libro Viaje al Reino de los Deseos: «¿Conoces el viejo cuento del sapo y el ciempiés? ¿No lo conoces? Escucha: el sapo le preguntó al ciempiés que cómo hacía para caminar; y éste, pensando para responderle, tropezó por primera vez en su vida.»
¿Qué quiso decir? No sé. Tómalo como quieras.

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