Conversando con un genio
- Ernesto Endara
"Disculpen si les llamo caballeros, pero es que no los conozco muy bien” Groucho Marx
Destapé la botella de Seco Herrerano que pensaba llevar a mis vecinos. Aspiré profundo. Raro, no sentí olor a caña. Vi que por la boca de la botella subía un hilillo de gas que se hacía más y más espeso. ¿Qué tú crees? ¡Un genio! Y parecía más agrio que un dulce de mazamorra olvidado en el carro.
—Espere un minuto, señor –le dije–. Voy a buscar papel y lápiz para entrevistarlo.
Al ver que no me espantaba, cambió su cara de fotingo y me brindó una sonrisa.
—Me sacaste de la botella, te concedo tres deseos.
—¡Qué bien! ¿Podrían ser políticos?
—Tienen que ser políticos –rugió y puso cara de Cemis.
«¡Carásteles», pensé, «al fin los genios llegaron a la política».
—Déme un minuto, para pensarlo bien.
—Será mejor que te apures –dijo, recuperando su mal humor– Debo chatear a mi hermano, el pura lámpara.
—Listo. Lo primero que deseo es que no destruyan la vieja embajada de los EE.UU. para dilapidar millones en un “Supositorio”.
—¿Quién usa supositorios tan caros? –preguntó.
—Nadie, hombre. El supositorio es un edificio monstruoso que pretenden añadir a la ya imposible cuota de rascacielos que nos roban el mar a los de infantería.
—Si lo intentan, lo hundo. ¿Qué más?
—Bueno, que los funcionarios con facilidades de..., cumplan su requisito: declaración de bienes.
—Cero y van dos –me dijo en buen panameño– Nada más te queda un deseo.
—Deseo que... –titubée un poco y el genio se impacientó.
—Vamos, mueve las neuronas...
—¿Sabes algo de medicina?
—Soy un genio, ¿no?
—Quiero que infectes con un virus no letal, que provoque un hipo incontrolable a todo aquel caballero que meta la mano en el erario público o en los bolsillos ajenos aprovechando su puesto público.
—¿Sea rata o león? –preguntó.
—Si es león, añádele una pedorrea.
El genio estalló en fosforecente carcajada y dijo con voz de trueno:
—Okey, pero te advierto que el risueño camino de la política de tu país, se convertirá en una estela de gases fétidos.
—Y que el número de legisladores vuelva a ser cuarenta...
—¡Ah, sí, para que le caiga aquello de Alí Babá, ¿no?
—No, señor, porque trabajarían mejor y....
—Ataja –me interrumpió, hablando ahora como Tres Patines– Por pasarte de vivo, cero.
Sin más, volvió a estallar en carcajadas y desapareció, dejando en la habitación el nostálgico aroma de una botella de Seco Herrerano vacía.

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