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Día D / Isabel Allende,más recordada que vivida

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Isabel Allende,más recordada que vivida

Publicado 2009/11/22 00:16:06

Un viaje a través de tres obras de la autora de Eva Luna en las que Santiago de Chile late con vida propia.

Me piden que busque una ciudad en la literatura de un escritor. Me piden que busque a Santiago de Chile en la obra de Isabel Allende. De inmediato encuentro un primer inconveniente: hasta hoy no he leído a Isabel Allende. Y además sé poco acerca de ella, apenas lo que sabe alguien que lee los diarios con exhaustividad como lo hago yo: que es chilena; que porta el apellido de Salvador Allende porque es su sobrina; que es por lejos la escritora latinoamericana más leída en todo el mundo; que una hija suya, Paula, murió en España luego de que le suministraron sedantes incompatibles con una rara enfermedad que padecía; que se casó con un abogado norteamericano y hace años vive en California; que saca una novela cada dos años, empezando a escribirla siempre un 8 de enero; que sus lectores la veneran y esperan ansiosos la aparición de cada nuevo libro, mientras que muchos de sus colegas la ignoran o hasta la critican con fruición. Poco, muy poco para aprehender a un escritor.

Empiezo la pesquisa tratando de saber más acerca de ella antes de buscarla y buscar la ciudad que cuenta en su escritura. Me sorprendo cuando me entero de que no nació en Santiago de Chile, ni siquiera en Chile. Isabel Allende, hija de un diplomático, nació en Lima, Perú. Le sigo el rastro a lo largo de los años, trazo su hoja de vida. Otra sorpresa, desde el año en que nació, 1942, hasta hoy, logró sumar apenas 18 años de su vida en Chile. El resto se reparte entre Perú, Bolivia, Ecuador, Venezuela –donde se exilió luego del golpe militar chileno–, Suiza, Bélgica, algunas estadías menores en otros países, y su país de residencia actual del que se ha hecho ciudadana hace algunos años: Estados Unidos. Me digo entonces que a Santiago de Chile habrá que buscarla no con verdad sino con nostalgia, contada con las palabras que evocan un lugar muchas más veces soñado y recordado que vivido. Habrá que buscarla a través de las imágenes que cuentan aquellos lugares donde se plantaron las raíces, las tradiciones, los lazos familiares pero a los que Allende sólo vuelve en las intermitencias de la vida. Santiago de Chile debería aparecer en sus historias, tal vez sin que la misma autora haya tenido intención de que así sea, como los lugares adonde uno cree que pertenece, pero en donde por circunstancias de la vida o por decisión propia, no está.

Busco informantes.
Me dan datos sus editores, periodistas que la entrevistaron, sus lectores, mis amigos chilenos. Todos coinciden. Si quiero buscar a Santiago de Chile en la obra de Isabel Allende tengo que empezar por tres de sus libros: dos novelas, Inés del alma mía y Paula, y un texto autobiográfico, Mi país inventado. Empiezo por Inés del alma mía, la historia de Inés Suárez, una costurera extremeña que viajó a Chile a buscar a su marido, no lo encontró, pero sí encontró el amor junto a Pedro de Valdivia, maestro de campo de Francisco Pizarro. Isabel Allende le da voz a Inés Suárez para que cuente en primera persona cómo es el lugar donde se fundaría la ciudad de Santiago de la Nueva Extremadura, hoy Santiago de Chile, el 12 de febrero de 1541. “Habíamos descendido sobre un valle muy dulce, lleno de robles y otros árboles desconocidos en España, quillayes, peumos, maitenes, coigües, canelos. Era pleno verano, pero las altísimas montañas del horizonte estaban coronadas de nieve. Cerros y más cerros dorados y suaves rodeaban el valle. A Pedro le bastó una mirada para comprender que Don Benito tenía razón: un cielo azul intenso, un aire luminoso, un bosque exuberante y en tierra fecunda, bañada por arroyos y por un río copioso, el Mapocho; ése era el sitio asignado por Dios para establecer nuestro primer poblado (...)”. Intento evocar las veces que estuve en Santiago y también aparecen en mi recuerdo las montañas nevadas en el horizonte, los cerros más bajos, el cielo azul, los árboles. Busco en internet imágenes de la ciudad hoy; allí está otra vez, después de siglos, rodeando los edificios de esa moderna y elegante ciudad, lo que cuenta Inés Suárez: el cielo azul, las montañas nevadas, los cerros. Lo que creció a manos del hombre en el valle no logró esconder el impacto que produce la naturaleza en ese lugar. “En los meses siguientes la ciudad surgió del suelo como un milagro.” Busco confrontar los datos con evidencia histórica; dicen los historiadores que el trazado de la ciudad fue encomendado por Valdivia a Pedro de Gamboa, quien la diseñó, siguiendo las normas coloniales, en forma de damero: Plaza Mayor en el centro, alrededor la casa del gobernador, la cárcel y la catedral, y casas de barro y paja para los colonizadores. Los historiadores no hablan de los picos nevados, de las variedades de árboles, del olor dulce del valle, ni del azul intenso del cielo; no es su materia de estudio, eso hay que buscarlo en la literatura.

Página a página sigo escuchando la voz de Inés Suárez que me cuenta cómo la ciudad estuvo a punto de desaparecer a manos de los indios, de la resistencia de los colonizadores, de las reconstrucciones. Recuerdo que Santiago de Chile ha tenido que soportar también el embate de la naturaleza: inundaciones y terremotos. Sobre el final del libro muere Inés Suárez recordando a Valdivia. Recién entonces leo una “advertencia necesaria” que a manera de aclaración o prólogo Allende escribe en la primera página y me quedo con esta frase: “Esta es una obra de intuición, pero cualquier similitud con hechos y personajes de la conquista de Chile no es casual”. Les pregunto a mis informantes por dónde seguir, en cuál de los dos textos que me quedan debo buscar mi próxima pista. Me dicen que siga con Paula. Lo hago. Las primeras menciones de Santiago de Chile transcurren puertas adentro, pero una ciudad también se cuenta por lo que se esconde detrás de sus puertas.

“La casona familiar, encantadora cuando ella la presidía, con sus tertulias de intelectuales, bohemios y lunáticos, se convirtió a su muerte en un espacio triste cruzado de corrientes de aire. El olor de entonces perdura en mi memoria: estufas a parafina en invierno y azúcar quemada en verano, cuando encendían una fogata en el patio para hacer dulce de moras en una enorme olla de cobre.” A poco de andar aparece la primera descripción formal de un sitio emblemático de la ciudad y confirmo que mis informantes no se equivocaron. “Algunos domingos de verano íbamos con la familia al San Cristóbal, un cerro en el medio de la capital que entonces era salvaje y hoy es un parque. A veces nos acompañaban Salvador y Tencha Allende con sus tres hijas y sus perros. Allende ya era un político de renombre, el diputado más combativo de la izquierda y blanco del odio de la derecha, pero para nosotros era sólo un tío más. Subíamos a duras penas por senderos mal trazados entre malezas y pastizales llevando canastos con comida y chales de lana. Arriba buscábamos un lugar despejado, con vistas a la ciudad tendida a nuestros pies (...). A veces se escuchaba el rugido ronco de un león, que nos llegaba desde el otro lado del cerro, donde estaba el zoológico.”

Y a partir de allí, poco a poco, en medio de una larga conversación con su hija internada en un hospital de Madrid donde finalmente morirá, aparecen otros espacios de Santiago cargados de recuerdos: el teatro Caupolicán, adonde iba con su abuelo a ver lucha libre; el sótano de la casa materna; las visitas con su tío Ramón a Open Door, un lugar de internación de locos mansos en las afueras de Santiago; la ciudad empapelada de afiches políticos el día de las elecciones que ganó Salvador Allende, y la misma ciudad triste y temerosa a poco de que empezara la dictadura militar. Así describe Isabel Allende Santiago de Chile el día en que según la versión oficial Salvador Allende se destrozó la cabeza con un fusil: “Ese martes inolvidable salí de mi casa rumbo a la o. cina como cada mañana (...). A pocas cuadras me llamó la atención que las calles estaban casi desiertas, se veían algunas amas de casa desconcertadas frente a las panaderías cerradas y unos cuantos trabajadores a pie con el paquete del almuerzo bajo el brazo porque no pasaban buses, sólo circulaban los vehículos militares, entre los cuales mi coche pintado

con flores y angelotes parecía una burla”. Pero a partir de allí, Santiago de Chile y Chile mismo sólo son nombrados desde el exilio a través de las noticias que llevan o traen los que pueden ir y venir, y en el cuestionamiento permanente. “A menudo me he preguntado, como tantos otros chilenos, si hice bien en escapar de mi país durante la dictadura, si tenía derecho a desarraigar a mis hijos y arrastrar a mi marido a un futuro incierto en un país extranjero, o si hubiera sido preferible quedarnos tratando de pasar desapercibidos, pero esas preguntas no tienen respuesta.”

Apenas el regreso para votar en el plebiscito que terminaría con la dictadura, y entonces sí, subir otra vez al cerro San Cristóbal a mirar la ciudad y el mundo desde arriba. Y ya no más referencias a la ciudad real en Paula. Aunque una imagen, cuando muere su hija en el final de la novela, parece hablar de ella. ¿Quién puede asegurar que esa escena transcurre en Madrid y no en Santiago de Chile? “(Paula) Comenzó a elevarse y yo subí también colgada de la tela de su vestido (...). Volamos sobre valles y cerros y descendimos por fin en el bosque de las antiguas secoyas, donde la brisa soplaba entre las ramas y un pájaro atrevido desafiaba al invierno con su canto solitario. Paula me señaló el arroyo, vi rosas frescas tiradas en la orilla y un polvo blanco de huesos calcinados en el fondo y oí la música de millares de voces susurrando entre los árboles.”

Mi país inventado, la última pista donde buscar. Allí encuentro un capítulo dedicado casi por entero a Santiago de Chile: “Dulce de leche, organillos, y gitanas”. El capítulo empieza con la siguiente ironía que bien podría aplicarse a Buenos Aires: “Mi familia es de Santiago, pero eso no explica todos mis traumas, hay lugares peores bajo el sol”. Y luego se detiene a describir la ciudad: “La capital fue fundada por soldados a golpes de espada y pala, con el trazado clásico de las ciudades españolas de antaño: una plaza de armas al centro, de donde salían calles paralelas y perpendiculares. De eso queda apenas el recuerdo. Santiago se ha desparramado como un pulpo demente, extendiendo sus tentáculos ansiosos en todas direcciones; hoy alberga cinco millones y medio de personas que sobreviven como mejor pueden. Sería una ciudad bonita, porque es limpia y no le faltan parques, si no tuviera encima ese sombrero pardo de polución.” El cariño por la ciudad, o por el recuerdo de esa ciudad, se le cuela en la olla donde se hervía el dulce de leche, en el organillero que recorría las calles hasta que uno de sus tíos le compró el organillo para salir a tocar él mismo su música, y en las gitanas que paseaban por el barrio mientras prometían leer el destino. Y todo el resto del libro dedicado a Chile y los chilenos, pero al Chile que Isabel Allende tuvo que inventar en sus años de ausencia: “A partir del instante en que crucé la Cordillera de los Andes, una mañana lluviosa de invierno, comencé el proceso inconsciente de inventarme un país”.

Fin de la investigación. Mis informantes hicieron bien su trabajo; me señalaron las huellas que en la literatura de Isabel Allende dejó Santiago de Chile. Pero que el viajero desprevenido no se sienta desilusionado si no encuentra coordenadas en la realidad donde coincidan lugares, direcciones, escenarios. A la literatura no le importa ese tipo de verdad; uno puede mentir mientras sea verosímil. Hoy, incluso sin serlo. Ya lo advirtió Allende misma y el que avisa no es traidor: “El oficio de la literatura me ha definido: palabra a palabra he creado la persona que soy y el país inventado donde vivo”.

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