‘Los héroes de mis novelas son personajes lúcidos”
- Ignacio del Valle
“La lucidez, el orgullo, la cultura, la risa... son analgésicos temporales. Con suerte, dan para ir tirando. Y bien administrados, sirven hasta el final”. Arturo Pérez -Reverte.
Don Arturo Pérez-Reverte ha vuelto. Y qué retorno. El asedioes una vuelta de tuerca más a su carrera, una demostración de madurez y saber hacer en un pulso asombroso consigo mismo y con la historia en el Cádiz asediado por los franceses de 1811.
Una España que lucha por su independencia mientras en América comienza el irreversible proceso de lucha por la suya, mujeres jóvenes desolladas a latigazos, bombas francesas, una sangrienta partida de ajedrez con un salvaje asesino, capitanes corsarios, policías corruptos, herederas enamoradizas, artilleros obsesivos… un mosaico a la sombra de Dumas, Balzac y Galdós, que cuenta el mundo que pudo ser y no fue, el fin de una época sentenciada, y en medio de todo, una Cádiz de luz, lances y enigmas… Sí, don Arturo ha vuelto.
AP-R:Seguramente porque los héroes de mis novelas son personajes lúcidos. Héroes cansados. Todos tienen pasiones, a menudo frías, que los salvan o los condenan; pero no que los arrebaten hasta el descontrol. Sin lucidez no existirían mis héroes. Tenga en cuenta que yo no escribo sobre Aquiles, el héroe colérico que tiene fe y ardor guerrero (y que suele morir en Troya), sino sobre Ulises, que regresa a casa con canas en la barba, sereno y a veces trágico, con sangre en las uñas y en la memoria.
AP-R:Habría valido, en principio, cualquiera. El Madrid de 1936, el Leningrado del asedio nazi… Las ciudades cercadas y la geometría del caos en el espacio urbano me fascinan desde que asistí a los combates de Nicosia con 22 años, durante la invasión turca de Chipre en 1974. Luego fueron Beirut y Sarajevo, y algunas otras. Si une a eso lecturas tempranas como la Ilíada, está claro que hay un territorio específico que siempre me interesó mucho vital y literariamente. Sólo era cuestión de tiempo el que eligiese una ciudad como escenario para una de esas tramas cerradas. Y Cádiz era perfecta: asedio, mar, bombardeo… Añada a ello que la topografía de la ciudad no ha cambiado en estos doscientos años. Cádiz era el escenario perfecto.
AP-R:Trabajar en ello me dejó una sensación de profunda tristeza. Cádiz era tan moderna en 1812 que no parecía española. No mandaban los curas ni los aristócratas, sino una burguesía comerciante que viajaba, leía libros, hablaba idiomas. Se parecía más a Liverpool o Baltimore. Es la España que habría querido. Aquel Cádiz debió contagiar de lucidez y libertad al resto de España, y desgraciadamente fue al revés. Fue el resto de la España oscura y negra, de soldadotes, sacristía y reyes corruptos e incapaces, la que aplastó a Cádiz. Mi novela es, en cierto modo, su epitafio.
AP-R:No. Son mundos y tiempos diferentes. Pero sí hay un hilo de conexión: España es un país inculto, cainita, históricamente enfermo. Lo fue en 1812 y lo sigue siendo ahora. Por fortuna, los tiempos cambiaron y los aspectos más negros son hoy imposibles. Pero cualquier observador lúcido sigue adivinando bajo nuestra piel las viejas taras. Hay venenos de los que el español no se recobrará nunca. Y además, tenemos la clase política más infame de Europa, si dejamos aparte a la italiana. Aquí nadie gobierna para el futuro, sino para la próxima legislatura. La prueba es que, por mera táctica política a corto plazo, cualquier partido político español está dispuesto a poner patas arriba instituciones respetables y destrozar el largo y provechoso camino democrático hecho desde que España se libró del franquismo.
AP-R:Siempre creí que el paisaje, el escenario, es un hecho narrativo importante. Que el paisaje donde transcurre el hecho narrativo debe estar vinculado directamente con el paisaje interior, moral, de los personajes. Y viceversa. De ahí que sea tan necesario el rigor en la construcción o reconstrucción del escenario y de sus detalles. Esa interacción paisaje-personaje (y en esto incluyo los paisajes o contextos históricos cuando me ocupo de ellos) la considero fundamental para que la historia fluya con más intensidad. Creo que le proporciona al lector un ambiente propicio a adoptar la historia que le cuento, a implicarse en ella, a comprender el punto de vista de los personajes. A vivir esas vidas y paisajes como propios. Si logro que usted se mueva de manera casi virtual por el Cádiz de mi novela, por ejemplo, tengo buena parte del camino hecho. Eso no sale solo, naturalmente. Es fruto de un largo y minucioso trabajo. De una estrategia desarrollada en tácticas narrativas puntuales.
AP-R:Aprendí mucho del buen cine, e intento aplicar algunas de sus técnicas narrativas a mi trabajo. En John Ford, por ejemplo, aprendí la importancia de los personajes secundarios a la hora de sostener una buena historia. En cuanto a Hitchcock, su apreciación es muy acertada. El Asedio, por ejemplo, está lleno de McGuffins. Y la trama policíaca en sí, me refiero a los crímenes y demás, no es más que uno de ellos. En cuanto a contar mediante pequeños personajes, también tiene usted razón. Aparte de su función específica, de la historia que se refiere a cada cual, tienen una función general de mosaico. Es el conjunto de ellos lo que intento que me ayude a crear el ambiente general. Eso implica mucho trabajo técnico con los puntos de vista. Y una estructura minuciosa que permita situar cada pieza donde creo que le corresponde. Si lo consigo o no, eso ya debe decirlo el lector. Yo hago lo mejor que puedo.
AP-R: La ansiedad es perniciosa para cualquier novelista. Lleva a cometer errores. Intento seguir frío hasta el final, y en eso me ayuda mucho la disciplina. Ser fiel a la estructura general que me tracé de la obra. Lo que sí hay al final es mucha gana de acabar. He dicho alguna vez que una novela es como una mujer hermosa con la que eres feliz durante mucho tiempo, hasta que al fin estás deseando que se vaya y haga feliz a otro. En este caso, ese otro es el lector.
AP-R:Todos siguen vivos, se lo aseguro. Hasta el más humilde sigue ahí. Son mi compañía, dialogo con ellos, me ayudan a crear otros. Pienso en ellos como si estuvieran vivos. Es el privilegio del novelista. Dotarse de un mundo que lo acompañará siempre. Al menos eso es lo que me pasa a mí.
AP-R:Con esos hay de sobra, me temo. En aquellos tiempos, algunos padres no tenían escrúpulos a la hora de cargar a una pobre criatura con responsabilidades onomásticas: abuelos, padrinos, santo del día (Moisés)… Todos están ahí.
AP-R:No soy muy de redes. De Facebook, por ejemplo, se ocupan amigos míos, no yo. Pero reconozco que Twitter sí está resultando una experiencia interesante. Poder contactar con los lectores en corto y con el compromiso limitado a 140 caracteres tiene su puntito. Me asomo una vez por semana, más o menos. Y debo decir que hasta ahora no me arrepiento.
AP-R:Ese con el que puedes compartir lealtades y silencios.
AP-R:Me temo que, al menos por mi parte, el vino quedaría olvidado sobre la mesa. Pero si me insiste le apunto dos: Barbadillo de Cádiz, blanco, y Barbaresco, del Piamonte italiano, tinto.
AP-R: Con ninguno. Soy demasiado torpe. Lo mío es mirar y admirar en silencio el juego más fascinante del mundo, porque es el que más se parece a la misma vida.
AP-R:Creo que ya no busco nada en especial. Libros y silencio, quizás. Y navegar por ese Mediterráneo que tanto amo y es de verdad mi única patria física. Estoy a punto de cumplir 59 años, estuve en la isla de los piratas y he visto naves en llamas más allá de Orión… ¿Qué más se puede pedir? Lo que venga, las nuevas épocas no me interesan demasiado. Que se preocupen los que pongan el pie sobre mi última huella, como es su obligación. Yo ya tuve lo mío y lidié mis toros. En realidad, mis novelas, mis héroes cansados, me ayudan a ordenar los armarios antes de soltar amarras, tarde lo que tarde. Lo que espero es que esos libros, ese mundo que creé y que me acompaña, como dije antes, me ayuden a acabar de pie, con sangre en la boca y el acero en la mano, como decía mi abuelo (que nació todavía en el siglo XIX) que deben acabar los hombres, los seres humanos. O blasfemándole a gritos, sin miedo, al viento que te desgarra las velas.
Una última cosa, don Arturo, permítame que se lo diga -también lo haría si estuviéramos cara a cara-: es usted un romántico. Con toda la violencia que implica.
Gracias y un abrazo.

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