O jugamos todos o rompemos la baraja
- Mónica Miguel Franco (Antropóloga)
Que el ser humano es obtuso y necio no es ninguna novedad. Que nos hemos pasado toda nuestra vida como animalitos bípedos convencidos de que lo que nosotros sabemos es la verdad absoluta que debe ser aceptada sin rechistar por el resto de los siete mil millones de animalitos bípedos es noticia vieja. Pero me gustaba más cuando los que nos gobernaban eran déspotas y decían eso de ‘el Estado soy yo’ y se quedaban tan frescos. Por lo menos no aunaban la hipocresía a la imbecilidad.
Ahora, que supuestamente vivimos en la era, ya no de las luces, sino de la luz led, que es lo más de lo más, y que la razón ilumina con los brillos relucientes los más intrincados rincones del fanatismo y la obsolescencia, ahora, digo, ahora nos imponen estupideces por decreto, igual que antes, y las tenemos que acatar sin rechistar, igualito que hace siglos, pero es que encima, nos dicen que es por nuestro bien. No porque le haya dado la gana a alguna mente alucinada, no porque los intereses creados por unos cuantos poderosos hayan hecho de las suyas, no porque sea necesario desviar la atención de otras cosas más importantes, no porque me picaba el huevo derecho esta mañana, no, por nuestro bien, dicen. Y el de la sana convivencia. Y yo, con el perdón de los lectores (los más mojigatos pueden saltarse la siguiente línea) me cisco en su preocupación por mi bienestar.
No me lo creo, señores, porque no me parece bien que en leyes para mejorar la convivencia se hagan distingos, a ver, ¿por qué ellos sí y nosotros no? Ya se habrán dado cuenta hace rato que estoy hablando de la llamada ley ‘zanahoria’. Hacen una ley para unos, pero de la que quedan exentos otros. Y claro, como si piensas mal aciertas y en este país si piensas peor aciertas más veces, nos queda la intriga de saber qué oscuros intereses están cuidando al no tocar ni a los hoteles ni a los casinos ni a los supermercados …O sea, yo estoy en un restaurante a las dos y cuarenta y cinco de la madrugada, o en un bar, lo mismo me da, y me echan de allí, pero soy cancha larga y tengo ganas de rumba… ¿de verdad se creen los esclarecidos dirigentes que me iré a mi casa? ¡Ay! Ya entendí el problema, el problema es que son demasiado ingenuos y se piensan que todos somos niños buenos y nos vamos a nuestra casa, ¡Ja! Lo que va a pasar es que la gente se va a ir a seguir la rumba en un casino, donde, por cierto, el guaro es gratis. O se van a ir a un supermercado, van a llenar el baúl y se van a ir a seguirla en un parque, en un descampado, o en la casa de alguien, con lo que los vecinos llorarán lágrimas de sangre. Los hoteles van ahora a frotarse las manos.
El preclaro señor administrador general del turismo dice que nos adaptaremos. ¿Y si no?, pues que si hay que cambiar la ley, se cambia. ¿Hacen leyes para probar si funcionan? ‘Somos animales adaptables’, (conste que esto no lo dije yo, lo dijo el supraescrito vocero del gobierno en la televisión) así que ¿somos los conejillos de indias de los que dictan leyes mientras prueban la fórmula mágica que logre bajar algún índice de esos que les molestan? Que empecemos la rumba antes, dice y ¿la ley zanahoria?, esa es para los conejos que viven en la chistera del mago mayor…

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