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Absurdo

Usamos las máscaras como un escudo, una barrera que impide que la atención exterior oxide la lustrosa armadura que vemos puesta en nosotros mismos.

Alonso Correa | opinion@epasa.com | - Actualizado:

Absurdo

Camus habla en 'El Enigma' acerca de los caracteres del hombre, esas máscaras que usamos para afrontar la incertidumbre de una sociedad que no sabe a dónde ir. Los mecanismos de defensa, las murallas de nuestra verdadera esencia. Esa quebradiza forma de nuestra vida, la febril polaridad que se esconde detrás de nuestros ojos.

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Usamos las máscaras como un escudo, una barrera que impide que la atención exterior oxide la lustrosa armadura que vemos puesta en nosotros mismos. Las máscaras, así como nuestra inconsciencia, son materiales defensivos, fosos de nuestro castillo mental. Tenemos facetas, caracteres como los llamaba Camus, que hasta nosotros mismos desconocemos, pero que utilizamos todos los días.

Porque, ¿dónde está el absurdo del mundo? Escondido en los cálidos rayos de oro que caen como truenos desde el cielo, tal vez. La mística absoluta del hombre sensato exhuma de la certeza de sus acciones, porque, aunque hasta él mismo desconozca aquello que anhela, eso que ilumina sus sueños y da calor a su lumbre, el hombre sensato sabe que está buscando y que no hace parte de aquello que lo mueve en su búsqueda. Y es ahí cuando se levantan mil voces para señalar perdidas nociones de investigaciones fallidas, elementos que no son ni se asemejan a aquello que mueve la indagación del hombre.

Y es ahí donde entran en disputa las máscaras, los caracteres. Ese par de caracteres son, según un amigo de Camus, el del propio hombre y el de su mujer, Camus lo cambia por la sociedad, que al final es lo mismo. Y es esa última, el carácter de la sociedad, forjado en el fuego de las opiniones indiscretas y de las habladurías baratas, el más peligroso para la búsqueda. Porque el enigma no se responde con juicios exteriores, sino con el silencio del prado del alma. Y entonces, ¿qué hacemos, seguir buscando y dejar que digan lo que quieran?

Por supuesto, nos responde Camus. Porque la única certeza de encontrar aquello que se anhela, aunque no se sepa con exactitud del material que lo conforma y la forma que tiene. Pero en esta sociedad de guillotinados poco se puede hacer en contra de la presión pública, de la mano invisible del comercio de sentimientos. Somos huérfanos de sensatez y los viudos de la búsqueda. No tenemos manera de enfrentarnos a una realidad alterada, adulterada por la desdicha ajena.

Las máscaras funcionan ante un Leviatán furibundo y pendenciero que odia a aquellos que osan individualizar sus decisiones. Busca romperlos y sesgarlos, manejarlos y obligarlos.

Pero solo se puede mantener la compostura, esperar, como dice Camus, a ser conocidos -y olvidados- no por lo que seamos sino de acuerdo con la imagen que algún periodista apresurado haya dado de nosotros.

Porque la maquinaria de la bestia es enorme y porque el olvido es muy frío tendemos a seguir las pautas de aquellos que ni pinchan ni cortan en la mesa de nuestras cabezas.

Y se repite la pregunta, se replica una y otra vez en lo absurdo de toda esta situación, ¿dónde está el absurdo del mundo? Entre la maleza que crece entre las aceras o detrás de las hojas podridas que bajan por el arroyo.

Una fortaleza se construye poco a poco, bloque a bloque, y aunque un seísmo mueva los cimientos, el trabajo de proteger la resquebrajada esencia de nuestra persona no debe impedirnos de mantener el ojo avizor en la incesante búsqueda. Estamos hechos de las acciones que hacemos, de los movimientos, conscientes o inconscientes, que realiza nuestra presencia, las ideas que expresamos, las peleas de las que formamos o de los hitos que superamos; somos la leyenda viva de nuestra propia historia y eso es algo que el Leviatán jamás tendrá.

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