Camino de Cruces
Publicado 2000/10/27 23:00:00
Entre Calidonia, y el cielo, hay buen trecho por caminar. Sofocante ambiente, paladar abierto, sensual, de la ciudad mágica por descubrir. El pintor es un mago entre incertidumbres y ganas de trastocar el mundo. Sus primeros años hasta esa madurez explosiva, han tenido que ver con este barrio. La Avenida Nacional, Calle Q, y la Macarronera. Sobresaltos a la vuelta de la esquina, un ladrón corre y tiros al aire. Se inicia el espectáculo. A unos pasos, la calle está dura, pero el baratillo sigue.
Camino de Cruces, la obra reciente de Luis Aguilar Olaciregui en la Galería Signos, es huella tangible del pasar, cohabitando calles y colores. Recuperada la zona, que desde el siglo XVI era la franja codiciada, hoy, todavía, selva matriarcal, ventanas ribereñas y puertas de mar. El paso mercantil. El artista enfatiza en grandes lienzos, las partidas, bifurcaciones sutiles. Metal entre aguas y pulso naviero. Pasado y frente como nunca retratado. Olaciregui, parte de la básica de un color, ese rojo fragmentado y libre. El poder del morado, como se le llama en la jerga. A ese manifiesto rito, el mundo de las creencias. Aparecen las compuertas, el lenguaje de las aguas y la clara acción transitista. Si bien es cierto, el creador ya tiene un mundo, sus caminatas itinerantes por el paisaje panameño. Es compromiso directo, como hombre entre cinco décadas. Ya en octubre cumple medio siglo, ese corazón itinerante. Sí, en las primeras muestras individuales y colectivas, Olaciregui clava sus tiempos en el rostro del paisaje cálido, armonioso.
En esta visual de Camino de Cruces, hay una irrupción. Una violenta manera de comparar el pasado y el presente. En la dinámica de la vida, en un color sin rostro, pero con alma. Todo está escrito, sin calcular, el creador, tiene una metáfora volcánica. Mira desde adentro el futuro, incierto, nada claro. Hay horizontes, como puntos de encuentro y partidas. Olaciregui a orillas del canal, profeta que verá el próximo milenio. Elementos presentes, en toda su obra, raíces y ancestros. Como buen pesimista, optimista bien informado. Sabiendo de antemano, que el juego de la vida está arreglado. Viviendo, se vive. Una conversación íntima, donde el motor del progreso entre comillas, no nos robe la calma.
Camino de Cruces, la obra reciente de Luis Aguilar Olaciregui en la Galería Signos, es huella tangible del pasar, cohabitando calles y colores. Recuperada la zona, que desde el siglo XVI era la franja codiciada, hoy, todavía, selva matriarcal, ventanas ribereñas y puertas de mar. El paso mercantil. El artista enfatiza en grandes lienzos, las partidas, bifurcaciones sutiles. Metal entre aguas y pulso naviero. Pasado y frente como nunca retratado. Olaciregui, parte de la básica de un color, ese rojo fragmentado y libre. El poder del morado, como se le llama en la jerga. A ese manifiesto rito, el mundo de las creencias. Aparecen las compuertas, el lenguaje de las aguas y la clara acción transitista. Si bien es cierto, el creador ya tiene un mundo, sus caminatas itinerantes por el paisaje panameño. Es compromiso directo, como hombre entre cinco décadas. Ya en octubre cumple medio siglo, ese corazón itinerante. Sí, en las primeras muestras individuales y colectivas, Olaciregui clava sus tiempos en el rostro del paisaje cálido, armonioso.
En esta visual de Camino de Cruces, hay una irrupción. Una violenta manera de comparar el pasado y el presente. En la dinámica de la vida, en un color sin rostro, pero con alma. Todo está escrito, sin calcular, el creador, tiene una metáfora volcánica. Mira desde adentro el futuro, incierto, nada claro. Hay horizontes, como puntos de encuentro y partidas. Olaciregui a orillas del canal, profeta que verá el próximo milenio. Elementos presentes, en toda su obra, raíces y ancestros. Como buen pesimista, optimista bien informado. Sabiendo de antemano, que el juego de la vida está arreglado. Viviendo, se vive. Una conversación íntima, donde el motor del progreso entre comillas, no nos robe la calma.

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