"Dios no castiga palo, sino lengua"
Publicado 2000/03/03 00:00:00
Los carnavales son una fiesta pagana que antecede la celebración de la Semana Mayor y en muchos países, incluyendo el nuestro, se les confiere un carisma especial.
En dichas festividades, donde impera la alegría, en muchos hay también un desbordamiento desenfrenado de necesidades, pasiones, en cuya satisfacción se pasa por alto el daño que se puede causar a sí mismo como a otros y generalmente, a los seres más queridos.
Años tras años, vemos crecer las estadísticas con el incremento de adolescentes y jóvenes adultos de ambos sexos que hacen para esta época uso indebido de sustancias químicas ilícitas, así como del alcohol, droga socialmente aceptada y éste junto al cigarrillo, cada vez más popularizado, pareciera darle un toque mágico a nuestros jovencitos y jovencitas que vemos de día y noche ebrios, con pérdida del recato y pudor, todo lo que va en detrimento de una adecuada estima, respeto autoimagen, quienes luego al oír las anécdotas a través de otros, ver las filmaciones que en muchas ocasiones se hacen públicas y son noticias a través de los medios de comunicación social, conllevan arraigados sentimientos de culpa y de vergüenza personal y familiar, difíciles de superar.
Todas estas sustancias, junto a la euforia desmedida y pérdida de controles, nos llevan a nuevas estadísticas que revelan cierto número de nacimientos, producto de un acto irresponsable de sus progenitores, en donde imperó la satisfacción de sus impulsos sexuales, la fiesta y el desenfreno, no así la razón y la cordura.
De igual manera, son muchos los hogares que se visten de luto a causa de accidentes automovilísticos por la irresponsabilidad en el manejo o por actos violentos con armas blancas o de fuego en los que, con frecuencia, se ven involucrados inocentes.
En nuestro Panamá, donde se promueve la libertad de expresión, se goza de los privilegios de vivir en democracia y donde se dice no existe la discriminación racial, oímos como en un pueblo carnavalesco por tradición, hubo quienes imputaban la participación de turistas negroides en estas festividades sin que pudieran sustentar argumentos sólidos que no pudieran ser acreditados también a otras razas.
Poco después, surgen como de la nada y a destiempo, "las ratas" portadoras del virus de hanta, nunca antes diagnosticado en nuestro país, con amenaza de una epidemia que no podríamos afrontar, lo que ha forzado a las autoridades competentes, en un acto responsable a suspendes los ya ampliamente planificados carnavales, como ha sido tradición, y es que "Dios no castiga palo, sino lengua".
Ahora queda afrontar los gastos por las soberanas que en gran medida fueron apoyados por el pueblo, las inversiones de los comerciantes, las frustraciones de quienes disfrutan del carnaval, con la duda de si la emergencia suscitada fue, sólo coincidencia fortuita, o al igual que la reciente sacudida, es uno más de los mensajes que a diario recibimos y que no queremos ver ni escuchar al momento de establecer prioridades.
Es motivo para reflexionar y para preocuparnos en el fortalecimiento del desenfreno que se produce y la poca capacidad física de otros pueblos donde ya es tradición esta actividad, para acoger sin riesgos mayor multitudes de personas, se pronostica y vislumbra un incremento de actos violentos, accidentes automovilísticos en carreteras por donde se estarán trasladando durante esos días, continuamente, personas, tal vez, no en las mejores condiciones para conducir un auto, tanto de día como de noche, agravándose más el hecho por la gran cantidad de jóvenes a edades muy tempranas, cuyos sentidos y los impulsos nublan la precaución y lógica , donde se cree tener control de todo y el mundo en las manos y donde el violar las reglas y normas se convierte en un atractivo, llenando a familias de luto y dolor con su imprudencia.
Los padres tenemos una gran responsabilidad, pues nuestros hijos no se hacen adultos por portar una cédula de identidad personal o una licencia de conducir. Orientémoslos, démosle alternativas y seamos su ejemplo, teniendo presente que nuestros actos son los que los impactarán y no obviando aquellos hogares destruidos por las consecuencias que conllevó una relación controlada por la pasión en los tan anhelados carnavales, dejando huellas en todos los afectados.
Tengamos presente que la vida humana vale más que cualquier riesgo y que la sensatez se convierta en un valor que asumamos todos.
En dichas festividades, donde impera la alegría, en muchos hay también un desbordamiento desenfrenado de necesidades, pasiones, en cuya satisfacción se pasa por alto el daño que se puede causar a sí mismo como a otros y generalmente, a los seres más queridos.
Años tras años, vemos crecer las estadísticas con el incremento de adolescentes y jóvenes adultos de ambos sexos que hacen para esta época uso indebido de sustancias químicas ilícitas, así como del alcohol, droga socialmente aceptada y éste junto al cigarrillo, cada vez más popularizado, pareciera darle un toque mágico a nuestros jovencitos y jovencitas que vemos de día y noche ebrios, con pérdida del recato y pudor, todo lo que va en detrimento de una adecuada estima, respeto autoimagen, quienes luego al oír las anécdotas a través de otros, ver las filmaciones que en muchas ocasiones se hacen públicas y son noticias a través de los medios de comunicación social, conllevan arraigados sentimientos de culpa y de vergüenza personal y familiar, difíciles de superar.
Todas estas sustancias, junto a la euforia desmedida y pérdida de controles, nos llevan a nuevas estadísticas que revelan cierto número de nacimientos, producto de un acto irresponsable de sus progenitores, en donde imperó la satisfacción de sus impulsos sexuales, la fiesta y el desenfreno, no así la razón y la cordura.
De igual manera, son muchos los hogares que se visten de luto a causa de accidentes automovilísticos por la irresponsabilidad en el manejo o por actos violentos con armas blancas o de fuego en los que, con frecuencia, se ven involucrados inocentes.
En nuestro Panamá, donde se promueve la libertad de expresión, se goza de los privilegios de vivir en democracia y donde se dice no existe la discriminación racial, oímos como en un pueblo carnavalesco por tradición, hubo quienes imputaban la participación de turistas negroides en estas festividades sin que pudieran sustentar argumentos sólidos que no pudieran ser acreditados también a otras razas.
Poco después, surgen como de la nada y a destiempo, "las ratas" portadoras del virus de hanta, nunca antes diagnosticado en nuestro país, con amenaza de una epidemia que no podríamos afrontar, lo que ha forzado a las autoridades competentes, en un acto responsable a suspendes los ya ampliamente planificados carnavales, como ha sido tradición, y es que "Dios no castiga palo, sino lengua".
Ahora queda afrontar los gastos por las soberanas que en gran medida fueron apoyados por el pueblo, las inversiones de los comerciantes, las frustraciones de quienes disfrutan del carnaval, con la duda de si la emergencia suscitada fue, sólo coincidencia fortuita, o al igual que la reciente sacudida, es uno más de los mensajes que a diario recibimos y que no queremos ver ni escuchar al momento de establecer prioridades.
Es motivo para reflexionar y para preocuparnos en el fortalecimiento del desenfreno que se produce y la poca capacidad física de otros pueblos donde ya es tradición esta actividad, para acoger sin riesgos mayor multitudes de personas, se pronostica y vislumbra un incremento de actos violentos, accidentes automovilísticos en carreteras por donde se estarán trasladando durante esos días, continuamente, personas, tal vez, no en las mejores condiciones para conducir un auto, tanto de día como de noche, agravándose más el hecho por la gran cantidad de jóvenes a edades muy tempranas, cuyos sentidos y los impulsos nublan la precaución y lógica , donde se cree tener control de todo y el mundo en las manos y donde el violar las reglas y normas se convierte en un atractivo, llenando a familias de luto y dolor con su imprudencia.
Los padres tenemos una gran responsabilidad, pues nuestros hijos no se hacen adultos por portar una cédula de identidad personal o una licencia de conducir. Orientémoslos, démosle alternativas y seamos su ejemplo, teniendo presente que nuestros actos son los que los impactarán y no obviando aquellos hogares destruidos por las consecuencias que conllevó una relación controlada por la pasión en los tan anhelados carnavales, dejando huellas en todos los afectados.
Tengamos presente que la vida humana vale más que cualquier riesgo y que la sensatez se convierta en un valor que asumamos todos.

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