El Camino
Publicado 1999/12/26 00:00:00
- San José
Los cristianos fueron primero conocidos como "los hombres y mujeres del Camino" porque Jesús se presentó como "el Camino, la Verdad y la Vida". En este fin de milenio y en este comienzo de nuevo milenio, reafirmo mi fe de que l es el único Camino para vivir en la Verdad y encontrarle sentido de verdad a la Vida.
Leía en los Hechos de los Apóstoles el recuento de la conversión de San Pablo, cuando me topé con este texto: "Saulo todavía proyectaba violencias y muerte contra los discípulos...le pidió (al jefe de los sacerdotes) documentos dirigidos a las sinagogas de Damasco, que lo autorizaran para llevar presos a Jerusalén a cuantos encontrara hombres o mujeres que fueran del Camino" (Hechos, ix, 1-2). Me llamó poderosamente la atención esta manera de caracterizar a los primeros creyentes en Jesucristo, integrados en una "ekklesia" ("asamblea de ciudadanos" en su sentido original).
"El Camino", así llamaban a los primeros cristianos quienes los observaban o incluso los perseguían. Porque sus vidas tenían un horizonte esperanzador, a través y más allá de su condición terrestre y temporal, sin pretender evadirse de ella. Porque tenían una orientación segura que no provenía de la rigidez de normas farisaicas ni se perdía en relativismos de situación. Sus vidas estaban animadas y unificadas por el "ágape", amor generoso de ofrecimiento al otro, que supera al "eros", amor egocéntrico de absorción del otro. En resumen, porque sus vidas desbordaban en sentido, a la vez marcado por la fraternidad con sus semejantes y por su apertura a una transcendencia divina presente en lo humano de ellos mismos y de sus semejantes.
Pablo, según el mismo relata, "iba de camino y ya estaba cerca de Damasco, cuando, de repente, a eso del medio día, una gran luz que venía del cielo me envolvió con su resplandor" (Hechos, xxii, 6). "Soy Jesús, el Nazareno, a quien tú persigues", le anunció la voz. Así, Pablo se encontró con Quien había sostenido el siguiente diálogo con sus primeros discípulos: " "Para ir a donde voy, ustedes saben el camino". Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?". Jesús contestó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán al Padre " (Juan, xiv,4-7).
El encuentro de Pablo con Jesús es ejemplar para todos nosotros: a pesar de pasiones y percepciones que nos ensimisman, obnubilan y desvían, encontramos la Verdad en quien dijo: "Yo soy la Luz del mundo. l que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan, viii, 12). Junto con la Verdad encontramos la Vida en quien nos ofrece un "agua viva" que se tornará en "manantial de agua que brotará para la vida eterna" (Ibid, iv, 10 y 13), y además dijo: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré por la vida del mundo". (Ibid, vi, 51).
Al encontrar la Verdad y la Vida, muchas veces enceguecemos transitoriamente, tal como le sucede al hombre en el mito de la caverna de Platón, al tornarse de la oscuridad de las apariencias sensibles a la luz de las realidades ideales. Pablo recobró su visión, con una nueva dimensión de fe, cuando conjugó la oración personal con la imposición de manos por parte de Ananías, quien representaba a la comunidad de creyentes. Y habiendo encontrado a Jesús, Pablo no pudo menos que dedicarse a darlo a conocer.
El resultado, también ejemplar, fue ambivalente. "Algunos en vez de creer se endurecían y criticaban el Camino" (Hechos, xix, 9). En otros casos, se produjo "un gran tumulto a causa del Camino." (Ibid., 23). De perseguidor se convirtió en perseguido. Fue incluso arrestado y acusado de divisionista ante Félix, el Gobernador romano de Cesarea, quien actuó con cautela interesada, porque "estaba bien informado del Camino" (Ibid., xxiv, 5 y22).
Los judíos piadosos, entre los cuales se contaba Pablo, encontraban en el Viejo Testamento consideraciones sobre el "camino de los justos" en oposición al "camino de los impíos" (Salmos, 1). Concebían a Yavéh como "buen Pastor" que "guía por senderos de justicia" (Ibid., 23). Vislumbraban el "camino perfecto", que consiste en cumplir "la ley de Yavéh (Ibid., 119). Tenían que escoger "el camino de la sabiduría", gracias al cual se recorren "los senderos de la rectitud," sin enredarse en sus propios pasos ni tropezar al correr (Proverbios iv, 11-12). Debían rehuir "la senda de los perversos" que es como las tinieblas, mientras que la de los justos "es como la luz del alba que va en aumento hasta llegar al pleno día" (Ibid., 14 y 19).
Para los cristianos, por contraste, el Camino no es sólo la ley divina o la sabiduría de Dios. Es -y en esto reside el misterio de misterios- la persona de Jesús, el Nazareno, el único por quien y en quien se conoce y se llega a Dios Padre. El Camino para el cristiano es el seguimiento de Jesús, en unión con l. Y a tal punto se han de identificar con l que, si imitaran los vicios de los falsos profetas y maestros, "por su culpa será desprestigiado el Camino de la Verdad" (2 Pedro, ii, 1-1). Venido del Padre, Jesús conduce al Padre. Pero no como quien está subordinado y separado de l, sino como su Hijo igual desde la eternidad, como su Palabra consubstancial, como el Camino integrado a la meta, a la par movimiento hacia Dios y reposo en Dios.
No por casualidad Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica, la obra más consumada de la reflexión racional cristiana, considera en su primera parte a Dios en sí mismo y en cuanto principio y fin de todas las cosas, especialmente de la criatura racional; en su segunda parte, considera el movimiento de la criatura racional hacia Dios, para luego considerar en su tercera parte a "Cristo, que, en cuanto hombre, es nuestro camino para ir a Dios" (Primera parte, q.1). Y comienza esta tercera parte afirmando: "Nuestro Salvador y Señor Jesucristo, "liberando a su pueblo del pecado",...se nos mostró como vía de la verdad por la cual podemos llegar a la resurrección y a la bienaventuranza de la vida inmortal" (Tercera parte, prólogo).
En este fin de milenio y comienzo de nuevo milenio, vivimos no una transformación, sino una conmoción socioeconómica, política y cultural, que nos afecta hasta la diemsión más honda, personal y comunitaria, de nosotros mismos. En efecto, repercute sobre el paradigma actual de nuestra ética y de nuestra fe. El verso de Antonio Machado describe la situación de incertidumbre que nos acosa: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar." No hay horizonte definido ni tampoco rumbo trazado. Se vacía nuestra vida de sentido en una búsqueda sin encuentro. Dar con un camino ese es nuestro gran desafío.
Como los discípulos que "iban de camino a un pueblecito llamado Emaús," (Lucas, xxiv, 13) podemos encontrar a Quien se insinúa en nuestras conversaciones y quehaceres humanos, sin que muchas veces lo reconozcamos. El Camino de Verdad y de Vida no está trazado por adelantado. Al andar, más que hacerlo por nuestra propia cuenta, haciéndolo lo encontramos como acompañamiento del Otro. Entonces podemos, como los discípulos de Emaús, contar "lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir del pan"(Ibid, 35), acto simplísimo y radical de "ágape", de compartir el pan de vida con otros hombres, en el cual Jesús se ofrece como vía y viático.
Para entrar en el nuevo milenio, no hay otro camino hacia el futuro. Los nuevos tiempos, más aún que los viejos, nos llaman a ser hombres y mujeres del Camino, de Jesús, para vivir en la Verdad y encontrarle sentido de verdad a la Vida.
¡Féliz Navidad y santo Año 2,000!
Leía en los Hechos de los Apóstoles el recuento de la conversión de San Pablo, cuando me topé con este texto: "Saulo todavía proyectaba violencias y muerte contra los discípulos...le pidió (al jefe de los sacerdotes) documentos dirigidos a las sinagogas de Damasco, que lo autorizaran para llevar presos a Jerusalén a cuantos encontrara hombres o mujeres que fueran del Camino" (Hechos, ix, 1-2). Me llamó poderosamente la atención esta manera de caracterizar a los primeros creyentes en Jesucristo, integrados en una "ekklesia" ("asamblea de ciudadanos" en su sentido original).
"El Camino", así llamaban a los primeros cristianos quienes los observaban o incluso los perseguían. Porque sus vidas tenían un horizonte esperanzador, a través y más allá de su condición terrestre y temporal, sin pretender evadirse de ella. Porque tenían una orientación segura que no provenía de la rigidez de normas farisaicas ni se perdía en relativismos de situación. Sus vidas estaban animadas y unificadas por el "ágape", amor generoso de ofrecimiento al otro, que supera al "eros", amor egocéntrico de absorción del otro. En resumen, porque sus vidas desbordaban en sentido, a la vez marcado por la fraternidad con sus semejantes y por su apertura a una transcendencia divina presente en lo humano de ellos mismos y de sus semejantes.
Pablo, según el mismo relata, "iba de camino y ya estaba cerca de Damasco, cuando, de repente, a eso del medio día, una gran luz que venía del cielo me envolvió con su resplandor" (Hechos, xxii, 6). "Soy Jesús, el Nazareno, a quien tú persigues", le anunció la voz. Así, Pablo se encontró con Quien había sostenido el siguiente diálogo con sus primeros discípulos: " "Para ir a donde voy, ustedes saben el camino". Tomás le dijo: "Señor, no sabemos a dónde vas, ¿cómo vamos a conocer el camino?". Jesús contestó: "Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida. Nadie viene al Padre sino por mí. Si me conocen a mí, también conocerán al Padre " (Juan, xiv,4-7).
El encuentro de Pablo con Jesús es ejemplar para todos nosotros: a pesar de pasiones y percepciones que nos ensimisman, obnubilan y desvían, encontramos la Verdad en quien dijo: "Yo soy la Luz del mundo. l que me sigue no caminará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida" (Juan, viii, 12). Junto con la Verdad encontramos la Vida en quien nos ofrece un "agua viva" que se tornará en "manantial de agua que brotará para la vida eterna" (Ibid, iv, 10 y 13), y además dijo: "Yo soy el pan vivo bajado del cielo, el que coma de este pan vivirá para siempre. El pan que yo daré es mi carne, y la daré por la vida del mundo". (Ibid, vi, 51).
Al encontrar la Verdad y la Vida, muchas veces enceguecemos transitoriamente, tal como le sucede al hombre en el mito de la caverna de Platón, al tornarse de la oscuridad de las apariencias sensibles a la luz de las realidades ideales. Pablo recobró su visión, con una nueva dimensión de fe, cuando conjugó la oración personal con la imposición de manos por parte de Ananías, quien representaba a la comunidad de creyentes. Y habiendo encontrado a Jesús, Pablo no pudo menos que dedicarse a darlo a conocer.
El resultado, también ejemplar, fue ambivalente. "Algunos en vez de creer se endurecían y criticaban el Camino" (Hechos, xix, 9). En otros casos, se produjo "un gran tumulto a causa del Camino." (Ibid., 23). De perseguidor se convirtió en perseguido. Fue incluso arrestado y acusado de divisionista ante Félix, el Gobernador romano de Cesarea, quien actuó con cautela interesada, porque "estaba bien informado del Camino" (Ibid., xxiv, 5 y22).
Los judíos piadosos, entre los cuales se contaba Pablo, encontraban en el Viejo Testamento consideraciones sobre el "camino de los justos" en oposición al "camino de los impíos" (Salmos, 1). Concebían a Yavéh como "buen Pastor" que "guía por senderos de justicia" (Ibid., 23). Vislumbraban el "camino perfecto", que consiste en cumplir "la ley de Yavéh (Ibid., 119). Tenían que escoger "el camino de la sabiduría", gracias al cual se recorren "los senderos de la rectitud," sin enredarse en sus propios pasos ni tropezar al correr (Proverbios iv, 11-12). Debían rehuir "la senda de los perversos" que es como las tinieblas, mientras que la de los justos "es como la luz del alba que va en aumento hasta llegar al pleno día" (Ibid., 14 y 19).
Para los cristianos, por contraste, el Camino no es sólo la ley divina o la sabiduría de Dios. Es -y en esto reside el misterio de misterios- la persona de Jesús, el Nazareno, el único por quien y en quien se conoce y se llega a Dios Padre. El Camino para el cristiano es el seguimiento de Jesús, en unión con l. Y a tal punto se han de identificar con l que, si imitaran los vicios de los falsos profetas y maestros, "por su culpa será desprestigiado el Camino de la Verdad" (2 Pedro, ii, 1-1). Venido del Padre, Jesús conduce al Padre. Pero no como quien está subordinado y separado de l, sino como su Hijo igual desde la eternidad, como su Palabra consubstancial, como el Camino integrado a la meta, a la par movimiento hacia Dios y reposo en Dios.
No por casualidad Santo Tomás de Aquino en su Suma Teológica, la obra más consumada de la reflexión racional cristiana, considera en su primera parte a Dios en sí mismo y en cuanto principio y fin de todas las cosas, especialmente de la criatura racional; en su segunda parte, considera el movimiento de la criatura racional hacia Dios, para luego considerar en su tercera parte a "Cristo, que, en cuanto hombre, es nuestro camino para ir a Dios" (Primera parte, q.1). Y comienza esta tercera parte afirmando: "Nuestro Salvador y Señor Jesucristo, "liberando a su pueblo del pecado",...se nos mostró como vía de la verdad por la cual podemos llegar a la resurrección y a la bienaventuranza de la vida inmortal" (Tercera parte, prólogo).
En este fin de milenio y comienzo de nuevo milenio, vivimos no una transformación, sino una conmoción socioeconómica, política y cultural, que nos afecta hasta la diemsión más honda, personal y comunitaria, de nosotros mismos. En efecto, repercute sobre el paradigma actual de nuestra ética y de nuestra fe. El verso de Antonio Machado describe la situación de incertidumbre que nos acosa: "Caminante no hay camino, se hace camino al andar." No hay horizonte definido ni tampoco rumbo trazado. Se vacía nuestra vida de sentido en una búsqueda sin encuentro. Dar con un camino ese es nuestro gran desafío.
Como los discípulos que "iban de camino a un pueblecito llamado Emaús," (Lucas, xxiv, 13) podemos encontrar a Quien se insinúa en nuestras conversaciones y quehaceres humanos, sin que muchas veces lo reconozcamos. El Camino de Verdad y de Vida no está trazado por adelantado. Al andar, más que hacerlo por nuestra propia cuenta, haciéndolo lo encontramos como acompañamiento del Otro. Entonces podemos, como los discípulos de Emaús, contar "lo sucedido en el camino y cómo lo habían reconocido al partir del pan"(Ibid, 35), acto simplísimo y radical de "ágape", de compartir el pan de vida con otros hombres, en el cual Jesús se ofrece como vía y viático.
Para entrar en el nuevo milenio, no hay otro camino hacia el futuro. Los nuevos tiempos, más aún que los viejos, nos llaman a ser hombres y mujeres del Camino, de Jesús, para vivir en la Verdad y encontrarle sentido de verdad a la Vida.
¡Féliz Navidad y santo Año 2,000!

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