En el Año de la Fe
Familias y la ausencia de una figura paterna
Se ha repetido una y otra vez que estamos en el Año de la Fe. Y estamos de acuerdo. Pero ¿cómo lo estamos celebrando? Cada
Se ha repetido una y otra vez que estamos en el Año de la Fe. Y estamos de acuerdo. Pero ¿cómo lo estamos celebrando? Cada uno a su manera. Aceptamos que somos parte de una comunidad creyente católica y asimismo repetimos que hay que celebrar la fe y lo estamos haciendo según nuestras capacidades.
A propósito del tema de la fe, leí lo que a continuación reproduzco.
“Mucha gente vive en búsqueda. Tanto las que nos denominamos creyentes porque percibimos la distancia entre lo que somos y aquello a lo que estamos llamados a ser, como aquellos que se denominan agnósticos, puesto que a menudo les asalta la ‘duda creyente’”.
De hecho, en el interior de muchos no creyentes hay también un pequeño creyente que de vez en cuando le inquieta preguntando: ¿Si fuera verdad? ¿Y si todo tuviera sentido? Igualmente, en la mayoría de creyentes hay también un pequeño agnóstico que le remuerde la conciencia inquiriendo: ¿Y si el verdadero Dios estuviera más allá del ídolo que tú te has hecho de Él? Necesitamos, pues, pensar nuestra fe.
Nuestra cultura poscristiana tiene a menudo prejuicios sobre el cristianismo. De hecho, lo da normalmente por sabido. Muchos que se dicen cristianos tienen una penuria de conocimientos y de experiencia de la fe. Y resultan como aquella gente que dice: “Mira, yo no sé nada de este tema”, y hablan y hablan de la caricatura que es el cristianismo, caricatura que ofrecen los medios de comunicación y distorsiones transmitidas por el ambiente de la calle. Por eso es imperativo que, sobre todo los jóvenes, tengan un reencuentro con los evangelios y la Biblia que haga de estos una Palabra nueva y sorprendente, que permita descubrir sus riquezas. Se debe insistir en presentar la fe como un testimonio de vida.
Existen distintos esfuerzos en nuestro medio que enseñan a creer, y existen cursos, oferta de cursos de iniciación teológica como los de Itepa (Instituto de Teología Pastoral), que ya lleva muchos años ofreciendo docencia en distintas sedes en la capital.
Porque es un hecho, en nuestro medio la ignorancia religiosa algunos la confunden como conocimiento religioso y esto impide que se les pueda abordar para ofrecerles un camino para creer.
El domingo pasado se celebró el Día del Padre. Ciertamente la historia del origen de esta celebración no sabemos si viene de afuera, de los Estados Unidos, como la mayoría de nuestras modas y estándares, pero por lo pronto no es una fiesta religiosa, aún cuando entre ciertos círculos religiosos consideran la fiesta de la Santísima Trinidad, recordando al padre Dios. Pero en la calle, civilmente, sin mayores filigranas, es el segundo domingo de junio. Solíamos decir que era una celebración de origen mercantil con la extensa publicidad consumista por el Día del Padre.
Gracias a Dios que lo que comenzó como un truco consumista ha ido crean- do conciencia en muchas familias sobre la calidad del padre de familia. Triste es el espectáculo de los ancianos, en el que reposan nuestros abuelos varones que en ese día no recibieron visitas como cuando se trata del Día de la Madre. ¿Por qué esa diferencia? Basta leer estadísticas de familias en nuestro medio que afirman que el 75% de los hijos nacen sin padre conocido. Y tenemos la evidencia de que la idea del padre de familia está bastante deteriorada; podemos decir que es una sociedad sin padre de familia. Sabiendo que, como en otros países, la infidelidad de los padres de familia es proverbial y ya descaradamente hablamos del segundo frente y hacemos bromas sobre ese tema, y entre hombres se tapan hábilmente esa lacra que atenta contra la familia. El domingo, monseñor José Domingo Ulloa, en su homilía por televisión, hizo una distinción entre el buen padre y el padre bueno. En un afán de no caer en la crítica a tantos varones que viven en ese estado de bigamia, más bien insistió en crear familias, salvar a la familia. Hay tantos jóvenes a quienes uno les pregunta sobre su familia y ellos te responden: “Yo vivo solo con mi mamá, ya que mi padre nos dejó hace tiempo”.
Triste confesión y triste ejemplo, ya que sin duda los hijos varones repetirán el mal ejemplo de sus padres y así este nunca tendrá remedios, a no ser que llenos de la verdadera fe encontremos el camino para verdaderamente construir una sociedad en la que el padre sea una figura que hay que honrar por su participación como cabeza de familia.

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