¿Internet para todas las escuelas?
Publicado 2003/06/11 23:00:00
- MEREDITH SERRACIN
El señor Ministro de Economía y Finanzas, Norberto Delgado, ha manifestado el interés del gobierno (faltando sólo un año para finalizar su gestión) de adquirir tierras de la ARI, con el propósito de suministrar Internet a todas las escuelas del país. ¡Pareciera una fantasía!, porque el señor ministro tal vez desconoce que en el Ministerio de Educación no existe ni siquiera un Plan Nacional de Construcciones Escolares, y que, por lo mismo, los estados físicos de los centros escolares del país, en su mayoría, son un desastre. Sería ilusorio, pues, pensar en “el suministro de Internet, para todas las escuelas”, sin contar con una planificación seria sobre el alcance de un proyecto tan complejo, pedagógicamente hablando. Y a propósito de planificación, este proceso no consiste, como algunos piensan, en preparar planes u organigramas de oficinas; ni es como algunos creen, un conjunto de soluciones prefabricadas que puedan improvisarse o imponerse sorpresivamente, por un golpe de autoridad..
La planificación de la educación es, en cierto modo -¡cómo podría ser de otra manera!- un proceso de educación; es un proceso de educación pública, de los maestros, de la nación entera sobre cuestiones vitales (tan vitales como puede serlo el futuro mismo de la Nación), cuya planificación se modifica sin cesar en una sociedad que, para algunos, cambia más rápidamente de lo que se sienten capaces de aceptar, y, para otros, más impacientes o más sensibles a la desigualdad y a la injusticia, más lentamente de lo que querían.
La simple observación de los hechos históricos nos dice que nada se conserva eternamente en materia social, e incluso nos muestra que cuando más se perfecciona un sistema, sociológicamente hablando, más efímero es. La tribu, organización primitiva, duró millones de años, centenares de veces lo que duró el feudalismo; y esta sociedad familiar que conocemos casi debe considerarse recién nacida si se le compara con la ley o el clan primitivo.
Nuestra actual sociedad, basada en la primacía de lo económico, necesariamente habrá de modificarse porque ese es el signo de la historia y la evolución, para que de la transformación resulte una sociedad basada en la preponderancia de lo tecnológico; pero no por ello la tecnología habrá de dominarnos, sino que el buen juicio aconseja prepararse desde ya a ponerla a nuestro servicio.
Es de desear, ¡ojalá así sea!, el corto tiempo que le queda a este gobierno (casi un año de gestión), se dedique con verdadero empeño a combatir el hambre y la miseria mediante la creación de fuentes de empleo para la población desocupada. Porque lo que hay que evitar a todo trance es que el hambre siga cundiendo, que sus efectos continúen ahondándose (mientras unas pocas familias, en función de gobierno o no, se aprovechan del presupuesto y de otros recursos del Estado hasta el hartazgo), y que sea tan luego esta época de prodigiosa tecnificación, de conquistas científicas que van convirtiéndose en realidad los sueños más utópicos de nuestros antepasados, la que, por una verdadera aberración, tienda a dar la razón al economista inglés Malthus, cuando sostenía en el siglo XVIII, que el mundo marcha hacia la extinción de la vida por el hambre, puesto que mientras el caudal de la población crece en progresión geométrica, el de la subsistencia aumenta en progresión aritmética; por lo que el bueno de Malthus no veía otra manera de escapar de la catástrofe que restringir la natalidad y fomentar las guerras.
No echemos en olvido, según hemos visto, que la miseria y el hambre desbordan ciegamente leyes, códigos, convenciones y principios, y al anular en el hombre y la mujer la condición racional, los hunden en la animalidad y la barbarie. Desde luego que los buenos maestros, los honores y mujeres ilustrados, los intelectuales, los políticos con ideas, los estudiosos del derecho, todos los que aspiramos a darle al país una estructura institucional sólida, que lo ponga al cubierto de los riesgos de las improvisaciones y de los aventureros, demagogos y caudillos ignaros, representamos los valores de la cultura, del pensamiento evolucionado y, en más de un aspecto fundamental, hasta revolucionario.
Presidenta Moscoso: “Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia”.
La planificación de la educación es, en cierto modo -¡cómo podría ser de otra manera!- un proceso de educación; es un proceso de educación pública, de los maestros, de la nación entera sobre cuestiones vitales (tan vitales como puede serlo el futuro mismo de la Nación), cuya planificación se modifica sin cesar en una sociedad que, para algunos, cambia más rápidamente de lo que se sienten capaces de aceptar, y, para otros, más impacientes o más sensibles a la desigualdad y a la injusticia, más lentamente de lo que querían.
La simple observación de los hechos históricos nos dice que nada se conserva eternamente en materia social, e incluso nos muestra que cuando más se perfecciona un sistema, sociológicamente hablando, más efímero es. La tribu, organización primitiva, duró millones de años, centenares de veces lo que duró el feudalismo; y esta sociedad familiar que conocemos casi debe considerarse recién nacida si se le compara con la ley o el clan primitivo.
Nuestra actual sociedad, basada en la primacía de lo económico, necesariamente habrá de modificarse porque ese es el signo de la historia y la evolución, para que de la transformación resulte una sociedad basada en la preponderancia de lo tecnológico; pero no por ello la tecnología habrá de dominarnos, sino que el buen juicio aconseja prepararse desde ya a ponerla a nuestro servicio.
Es de desear, ¡ojalá así sea!, el corto tiempo que le queda a este gobierno (casi un año de gestión), se dedique con verdadero empeño a combatir el hambre y la miseria mediante la creación de fuentes de empleo para la población desocupada. Porque lo que hay que evitar a todo trance es que el hambre siga cundiendo, que sus efectos continúen ahondándose (mientras unas pocas familias, en función de gobierno o no, se aprovechan del presupuesto y de otros recursos del Estado hasta el hartazgo), y que sea tan luego esta época de prodigiosa tecnificación, de conquistas científicas que van convirtiéndose en realidad los sueños más utópicos de nuestros antepasados, la que, por una verdadera aberración, tienda a dar la razón al economista inglés Malthus, cuando sostenía en el siglo XVIII, que el mundo marcha hacia la extinción de la vida por el hambre, puesto que mientras el caudal de la población crece en progresión geométrica, el de la subsistencia aumenta en progresión aritmética; por lo que el bueno de Malthus no veía otra manera de escapar de la catástrofe que restringir la natalidad y fomentar las guerras.
No echemos en olvido, según hemos visto, que la miseria y el hambre desbordan ciegamente leyes, códigos, convenciones y principios, y al anular en el hombre y la mujer la condición racional, los hunden en la animalidad y la barbarie. Desde luego que los buenos maestros, los honores y mujeres ilustrados, los intelectuales, los políticos con ideas, los estudiosos del derecho, todos los que aspiramos a darle al país una estructura institucional sólida, que lo ponga al cubierto de los riesgos de las improvisaciones y de los aventureros, demagogos y caudillos ignaros, representamos los valores de la cultura, del pensamiento evolucionado y, en más de un aspecto fundamental, hasta revolucionario.
Presidenta Moscoso: “Los panameños queremos que en Panamá habite la inteligencia y reine la justicia”.

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