La Navidad como acto de amor
- Carlos Alberto Rosales Purizaca
Estos días en que los latidos se agitan, las miradas se encuentran, los abrazos se desprenden y los regalos se intercambian; la esencia de la Navidad a veces queda postergada y el tiempo se contrae para descubrir en nuestro interior ese llamado personal que Jesús hace a cada uno de nosotros desde la función que ocupa en la sociedad, en la familia, en el trabajo, en el centro de estudio.
Además de esmerarnos en comprar obsequios para seres queridos y garantizar una cena a la que no le falte ningún detalle, también debemos hurgar con delicadeza en nuestro corazón y desvelar ese mensaje que subyace del nacimiento de Jesús porque trae consigo una luz en medio de la oscuridad en la que muchas veces está sumido el ser humano por causa de una sociedad saturada por el relativismo ético. No debemos perder esa tradición cristiana bajo la cuál la Navidad se convierte en un símbolo perfecto del amor, un emblema de la unión familiar, un mensaje preñado de esperanza porque Jesús es el único que puede ser capaz de llenar nuestra vida, razón por la cuál merece especial atención reflexionar sobre nuestra relación con Él, pues en la actualidad —tal como lo precisa el papa Benedicto XVI— esa amistad íntima, de la que todo depende, corre el riesgo de moverse en el vacío.
Conservar y defender los valores cristianos hoy en día —en el que nos invaden corrientes ideológicas que alejan a la persona humana de su verdadero fin al que está llamada a alcanzar— es una tarea casi titánica, pero no por eso imposible de lograr. Los avatares de la vida, las preocupaciones económicas, la angustia por el mañana no deben opacar el inmenso amor que Jesús nos ofrece.
Para poder reencontrar ese amor, hace falta disponernos, prepararnos, abrir el corazón para que Jesús hecho niño, pueda entrar y orientar esa existencia cuyo dirección a veces siquiera sabemos. La Navidad entonces se convierte en una oportunidad para pedir perdón, limar asperezas, eliminar rencores, expulsar la soberbia y ofrecer lo mejor que somos.
Me llena de admiración comprobar que muchas empresas, asociaciones, grupos juveniles y otros equipos humanos se organizan para realizar acciones de solidaridad, llevando regalos, panetón, chocolate, víveres y ropa a personas necesitadas. El ser humano está llamado a ser más generoso aún, ofreciéndose a sí mismo como mejor ofrenda al Señor. Por eso, no dejemos pasar la navidad sin antes encontrar un buen propósito de cambio. Un gran país se transforma y se convierte en base a personas que den lo mejor de sí, ¿qué estamos dispuestos a dar a cambio de ese inmejorable regalo de amor que se nos da? Amar es un acto que eleva nuestra condición humana. Arriesguémonos a entregar en cada instante ese amor que nunca se desgasta. ¡Feliz Navidad!
rosalespurizaca@gmail.com

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