Panamá
Lección sísmica: De Venezuela a Panamá
- Licdo. Juan Carlos Mas
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El devastador doble terremoto que recientemente sacudió a Venezuela, cobrando la vida de más de 4 mil 500 personas y dejando a varias decenas de miles sin hogar, nos obliga a mirarnos al espejo. Esta tragedia vecinal no puede ser solo una noticia internacional; debe ser el detonante para plantearnos una urgente reflexión.
Existe un mito urbano en nuestro istmo, alimentado por la calma y la suerte, que asegura que Panamá es inmune a las catástrofes. Sin embargo, el Instituto de Geociencias de la Universidad de Panamá es categórico: el istmo acumula energía de forma silenciosa y no está exento de sufrir un evento de gran magnitud.
Desde la perspectiva de la ingeniería, el país ha dado pasos de gigante. El Reglamento Estructural Panameño (REP) es uno de los más estrictos de la región, y los rascacielos de la capital, el Metro y el Canal, cuentan en "teoría", con tecnología sismorresistente de vanguardia. Pero la seguridad de una nación no se mide únicamente por la resistencia de sus torres de cristal; se mide, fundamentalmente, por la vulnerabilidad de sus sectores más desprotegidos y la preparación de su gente.
Allí la realidad nos golpea. Detrás de la modernidad, coexiste un Panamá de infraestructuras viejas y zonas de crecimiento informal —como en San Miguelito o Panamá Oeste— donde impera la autoconstrucción sin supervisión técnica ni estudios de suelo.
Esos entornos, sumados a las zonas de relleno que amplifican las ondas, representan el verdadero talón de Aquiles de nuestro urbanismo. Un sismo mayor allí no se traduciría en ventanas rotas, sino en tragedias humanas deplorables, calcadas de lo que hoy sufre el pueblo venezolano.
A esta vulnerabilidad física se suma una preocupante fragilidad institucional y social. Resulta inaudito que la Red Sísmica Nacional tenga que seguir clamando por presupuestos dignos para implementar un Sistema de Alerta Temprana automatizado que envíe avisos masivos a los celulares segundos antes del impacto. Esos segundos salvan vidas.
Mientras tanto, la apatía colectiva nos domina; los simulacros de evacuación se siguen percibiendo en muchas escuelas y oficinas como un trámite molesto, en lugar de un ensayo crudo de supervivencia. Casi nadie tiene lista una mochila de emergencias en casa.
El espejo de Venezuela demuestra que la naturaleza no trabaja con calendarios políticos; opera bajo sus propias leyes y el tiempo corre en contra. Seguir construyendo sobre la complacencia es el peor error.
El Estado debe financiar la ciencia y fiscalizar el desorden urbanístico; y nosotros, abandonar la indiferencia y si la próxima gran sacudida llegara a estos lares, que nos encuentre prevenidos y no atrapados bajo los escombros del lamento.

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