Los intelectuales
- REDACCION
En un contexto transformación, de salto tecnológico, de globalización del conocimiento y de la cultura, causa desazón que los intelectuales panameños oculten su voz. Lejos están aquellos años cuando era la intelectualidad criolla la que marcaba itinerarios, cuando eran puntos de referencia obligada, pues sus palabras iluminaban en medio de la borrasca inevitable en un país que nacía. Hoy, por el contrario, nuestros intelectuales guardan un silencio preocupante.
Lo mismo se puede decir de la Universidad de Panamá, que ya nos ha acostumbrado a su mutismo e inercia en tiempos cuando se espera de ella iluminación o, por lo menos, escenario para el debate. Al tratar de analizar las razones de tan bochornoso silencio, caemos en la cuenta de que también el país perdió el oído. No estamos preparados para las palabras de nuestros filósofos, historiadores, sociólogos, literatos, humanistas y politólogos, por mencionar algunos.
La nación panameña se contentó con los análisis reduccionistas y/o deterministas que sellan los rumbos actuales, y de alguna manera se incapacitó para reflexiones de alto vuelo. Nuestra cultura nacional, otrora de gran brillo, es ahora de latón, y nuestros hombres y mujeres carecen de los aparejos para el razonamiento y lo abstracto. En Panamá tuvimos ejemplos de primera línea en Justo Arosemena, Harmodio Arias, Diógenes de la Rosa, José Daniel Crespo, Jeptha Duncan, Sara Sotillo, Clara González, Marta Matamoros y otros.
¿Se secó nuestro pozo de pensadores? ¿Tenemos que conformarnos con algunos aportes valiosos y solitarios en el ruedo del debate? No es justo que en una encrucijada como la actual, tengamos que someternos a los limitados cauces de los políticos o los comerciantes, todos ellos con intereses que, en ocasiones, les tullen la visión. Panamá es mucho más que una caja registradora, es un pueblo complejo que requiere de sus mejores hombres para dar el salto.

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