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Opinión / Religión y Política

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Religión y Política

Publicado 2004/01/25 00:00:00
  • San José

Una de las características preocupantes del actual proceso electoral es el desborde de las organizaciones religiosas hacia la política. Cuando murió Monseñor F. Beckman en 1963, era Obispo auxiliar Mons. Marco Gregorio McGrath. Don Max Arosemena, quien había sido Embajador ante la Santa Sede hasta que fue nombrado Ministro de Gobierno y Justicia del gobierno liberal, hizo un viaje a Roma supuestamente para terminar de despedirse de las autoridades vaticanas. En realidad se comentó en aquel entonces que había sido enviado para transmitir al Vaticano el deseo gubernamental de que se nombrara Arzobispo a Mons. Clavel y no a Mons. McGrath. Se trataba de una burda intervención de la política en lo que es propio de la Iglesia.
Un grupo de católicos habíamos comenzado a asumir el papel de laicos, según las nuevas orientaciones pastorales de Mons. McGrath. Temíamos que si no se le nombraba Arzobispo el papel del laico volvería a la antigua concepción. Tratamos de averiguar por qué el gobierno se oponía a su nombramiento y llegamos a la conclusión de que era probablemente porque él insistía en la independencia de la Iglesia con respecto al gobierno y, por ello, no dudaba en criticar las políticas que juzgaba contrarias al pensamiento católico, sobre todo en materia social, mientras que Mons. Clavel por ser oriundo de Cañazas se pensaba que estaría más acostumbrado a los usos tradicionales y sería más obsecuente con el gobierno.
Algunos de esos laicos le escribimos una carta al Cardenal Raúl Silva Henríquez de Santiago de Chile expresándole este temor y pidiéndole le planteara el tema directamente al S.S. Paulo VI. De hecho, sin embargo, hacia fines de la primera mitad de 1964, Mons. Clavel fue nombrado Arzobispo y Mons. McGrath fue nombrado Obispo de la recién creada diócesis de Santiago de Veraguas. Muchos vieron este nombramiento como un exilio, mientras que él mismo lo vivió como su " noviciado" como Obispo y "el contacto diario con la pobreza panameña, con los más pobres: campesinos e indígenas", "quizás [los cinco años] más felices de mi vida".
Años más tarde, el Cardenal Silva Henríquez me contó que él había preguntado a Mons. McGrath en Roma si lo autorizaba para plantearle el caso al Papa. Mons. McGrath lo disuadió, diciéndole que si ocurría que lo nombraban Arzobispo él deseaba no haber tenido ninguna injerencia en la decisión, lo que sería un signo de que la decisión era obra del Espíritu Santo.
El gobierno liberal se equivocó con respecto a Mons. Clavel. En efecto, en 1968 él encabezó un Comité Cívico Religioso que jugó un papel importante en evitar que los liberales cometieran otro de sus fraudes a favor de un candidato oficialista. Cuando poco tiempo más tarde que el 11 de octubre de 1968, Mons. Clavel presentó su renuncia, muchos creyeron que era debido a presiones del régimen militarista que de esta manera se desquitaba de él. Creo saber que la razón de la renuncia de Clavel no fue esa, sino más bien que se reveló gravemente deficiente en la administración de personal de la arquidiócesis, al punto de suscitar serias divisiones entre el clero y fuerte oposición de parte del clero contra él y fallas en la administración financiera, sin que ello implicara ninguna forma de peculado. Ello lo indujo a presentar su renuncia sorpresivamente, la cual fue aceptada.
Paulo VI nombró a McGrath como sucesor de Clavel en 1969. Las relaciones de Mons. McGrath con el régimen militarista fueron complejas. Su experiencia en Veraguas con la pobreza rural y con la corrupción de la política tradicional especialmente en el período presidencial de Marco A. Robles lo predisponían a cierta tolerancia con el régimen torrijista por su dimensión social, aunque el estimaba que el régimen favorecía la acción social, pero también la "cohibía". Y la clara toma de posición de McGrath, del 9 de enero de 1964 en adelante, a favor de la causa panameña con respecto al Canal, lo llevaría a cooperar con el régimen en su dimensión nacionalista. El asesinato del Padre Gallego en junio de 1971, sin embargo, afectó negativamente esta predisposición, pero no la eliminó. Una vez que se convenció que el Padre Gallego estaba muerto, Mons. McGrath pensó que debía evitar la eventual politización del caso Gallego y por ello puso fin al movimiento de protesta.
La existencia de un limitado número de sacerdotes panameños que formaron un grupo, politizado y subordinado al régimen, opuestos al Arzobispo, fue otra fuente de discrepancia entre la Iglesia y el régimen; pero tampoco produjo una ruptura total entre ambos
Una vez firmados los Tratados Torrijos-Carter, al morir el General Torrijos a mediados de 1981, el Arzobispo expresó que su muerte había "dejado un gran y sensible vacío en nuestro medio que no sabemos como se va a llenar" y manifestó un reconocimiento positivo de "la presencia multitudinaria [en el funeral], como jamás se ha visto en la historia del Istmo, y significativamente internacional", destacando sobre todo su compasión por los pobres. Pero no dejó de mencionar "las manchas" y "los errores" que marcaron su vida como la de todo ser humano y que requerían el perdón de Dios.
Pasado este momento, la progresiva descomposición del régimen dejó cada vez más al descubierto la represión y la corrupción que lo acompañaron. La posición del Arzobispo y de la Conferencia Episcopal se hizo más crítica, sobre todo después de que llegó como Nuncio Mons. José Sebastián Laboa, quien reforzó la posición más crítica que fue desarrollando McGrath en contraste con la pasividad que preferían uno que otro de los Obispos. Eventualmente la Iglesia se constituyó en una de las principales fuentes de inspiración y apoyo del movimiento civilista democratizador.
El General Noriega, por su parte, de cara a esta evolución intentó recabar el apoyo de algunos Pastores evangélicos que lo favorecían a cambio de favores y de reconocimientos.
A través de esta evolución, cabe destacar que Mons. McGrath buscó mantener una Iglesia independiente pero no indiferente, que desde su independencia no dejara de esclarecer la significación moral de los acontecimientos y tendencias de la realidad nacional y ofreciera orientación sobre como actuar, pero que no se subordinara a ningún dirigente o instancia política ni intentara suplantarlos inmiscuyéndose en sus ámbitos propios.
Con la jubilación de Mons. McGrath en 1994 se marcó el fin de una época. La responsabilidad por la conducción de la Iglesia pasó a manos de Mons. José Dimas Cedeño. Como es natural la orientación del nuevo Arzobispo en cuanto a la relación entre la Iglesia y la política ha tomado algún tiempo en manifestarse. Durante un primer tiempo la prudencia y la sensatez, que son virtudes tanto naturales como cultivadas, le sirvieron para que guiara a la Iglesia en su relación con la política sin problemas mayores.
Pero más recientemente, el Arzobispo ha tenido actuaciones que dejan perplejo. A principios del año 2003, el Arzobispo se dejó atraer por un Encuentro Nacional por la Fe y la Esperanza organizado por el presidente del MOLIRENA, donde la Iglesia, representada por dos destacados sacerdotes, compartió el papel fundamental con dos grupos evangélicos, el Tabernáculo de la Fe del Pastor Manuel Ruiz y Hossana del Pastor Edwin Alvarez, que parecen tener un vínculo político especial con el Presidente del MOLIRENA, pues dicho partido habría postulado al primero para Legislador y se rumoró que podría postular al segundo para alcalde de Panamá.
En ese entonces escribí el siguiente comentario: "El evento sorprendió porque representó una ruptura [de la Iglesia] con su propia praxis teológica en Panamá. En efecto, por primera vez la Iglesia Católica aceptaba ser convocada para un tema de su magisterio moral ordinario por un solo partido político, en vez de ser ella quien convocara a todos los partidos. Y de hecho, el programa no preveía la participación de ningún otro representante de otro partido y el texto propuesto no había sido acordado con los otros colectivos políticos del país... Al Arzobispo no se le podía escapar que, si aceptaba la invitación, permitía se diera en la opinión pública una ambigua asociación de la Iglesia Católica con un partido específico..." Cabe añadir que la exclusión de las Iglesias cristianas históricas, con las cuales la Iglesia Católica forma parte del Comité Ecuménico, la situaba en una posición difícil d e explicar.
Además, las autoridades de la Iglesia Católica se vuelven a colocar en una situación ambigua a propósito del tema del cambio constitucional. El Comité Ecuménico, con un sacerdote presidiéndolo, inició una campaña por un cambio total de la Constitución. Se dio a entender que el mismo estaba apoyado por el conjunto de la Iglesia Católica, cuando en realidad la Conferencia Episcopal Panameña no se ha pronunciado aún. Los católicos estamos todavía a la espera de un esclarecimiento de la posición de la Iglesia, pues en su última reunión la CEP. En realidad lo que la Conferencia hubiera podido decir se puede resumir de la siguiente manera: los creyentes tienen plena libertad en preferir que no se hagan cambios constitucionales actualmente, o que se hagan cambios limitados o que se cambie la constitución en su totalidad. Y también tienen plena libertad en preferir cualquiera de los métodos mediante los cuales se suelen efectuar cambios constitucionales, siempre y cuando se respete el estado de derecho actualmente vigente, a menos que exista una razón grave para apartarse de él. No parece que se pueda justificar una intervención episcopal que sobrepase estas orientaciones, porque la actual Constitución puede ser perfeccionada pero no incluye elementos intrínsecamente inmorales.
Por otra parte, la semana pasada presenciamos en una nueva televisora evangélica un acto en el que participaron tres candidatos a la presidencia, cuatro candidatos a las vicepresidencias, dos de los candidatos a alcalde de Panamá y los dos principales Pastores que también participaron en el acto que promovió MOLIRENA el año pasado. El espectáculo fue ofensivo, por la crudeza con la que se hizo propaganda política para candidatos específicos, por la crudeza con la que se solicitaron contribuciones de dinero, después de bendecir las carteras de los presentes y se prometía que el dinero se reproduciría por si sólo, y por la crudeza con la que se anunciaba que Dios le hablaba a uno de los Pastores mientras éste se contorsionaba y emitía sonidos guturales y palabras en inglés. Cuando dos de los candidatos presidenciales, que no profesan la fe a la manera de los evangélicos, pues se declaran católicos, pretendieron el uno que el Espíritu lo movía a solicitar otra bendición con aceite en todo su pecho y el otro que la fuerza de la gracia lo había tumbado, no se puede menos que pensar que imitaban hipócritamente las prácticas de los evangélicos para lograr votos e implícitamente irrespetaban las mismas.
Cuando fui Ministro de Gobierno y Justicia me invitaron a una de las concentraciones religiosas de los evangélicos. Asistí, en un momento en que ni se hablaba de elecciones, porque era mi deber hacerme presente en nombre del Ejecutivo en donde se reuniera un número importante de panameños, pero en mi presencia no se incluyó ninguna actividad que constituyera una invitación a que hiciera religiosamente el ridículo o el hipócrita.
De diferentes maneras y en diferente grados algunos en la Iglesia Católica y en las comunidades evangélicas de Panamá han introducido la religión en la política de una forma que es irrespetuosa para ambas. Los creyentes serios, tanto católicos como evangélicos, y los políticos serios, de todos los partidos, debemos exigir que no se sigan confundiendo la religión con la política en detrimento de la una y de la otra.
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