Tapando una lepra inmunda
- Mons. Rómulo Emiliani
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En este carnaval llamado vida mucha gente se pone disfraces para ocultar su podredumbre. Escondemos nuestro odio y la envidia con una sonrisa hipócrita y cuando podemos clavamos el cuchillo por la espalda a la persona rechazada. Nos ponemos la careta de inocentes y conspiramos, por ejemplo, para sacar a uno de un puesto o cargo con insinuaciones y sospechas. La calumnia roe el corazón de algunos que como ratas inmunes inventan falsedades para despreciar y hundir a alguien, que normalmente es mucho mejor en todo que los calumniadores. Porque el éxito noble y auténtico provoca reacciones de los mediocres en contra del que destaca. Se cuenta de la luciérnaga que de noche en la orilla del río entre las ramas de un arbusto estaba, cuando llegó un gran sapo y se la tragó. Y dentro de su inmundo vientre la luciérnaga preguntó al sapo que por qué se la había tragado. Y el sapo le dijo: porque brillas. Así pasa con mucha gente buena y trabajadora que a base de mucho esfuerzo han logrado triunfos en la vida y destacando en alguna área específica son víctimas de los mediocres con expresiones como estas: "a saber cómo consiguió eso. Seguro que alguna trampa hizo. Hay otros muchos mejores que ese para tal puesto". Etc., etc. Cuentan de la jovencita humilde en la universidad que con mucho esfuerzo, ya que trabajaba y estudiaba sacó con honores su título. Además la chica era muy elegante. Fue acusada falsamente de que hacía favores carnales a profesores para obtener su título. Eso corrió como gas venenoso por toda la facultad. El testimonio de todos los profesores, hombres y mujeres fue que era una chica aplicada, estudiosa y brillante. Se descubrió al final que dos compañeras suyas, estudiantes muy mediocres, además muy poco agraciadas, extremadamente obesas, se encargaron de dañar la fama de esta joven.
La envidia es un gran pecado y un mal endémico. Es un sentimiento muy tóxico a veces con consecuencias catastróficas. Inventar un falso, destruir la fama de alguien, hundirlo solo para evitar que pueda gozar de su triunfo merecido, eso es maldad y se hace para castigar al que trabajó honradamente y con méritos para obtener su meta, su ideal. Recordemos que Caín mata a Abel por pura envidia. Y los hermanos de José lo venden a unos mercaderes por eso mismo. Y a Jesús los fariseos y saduceos le tenían una gran envidia porque el pueblo iba tras él. Y al final lo matan.
Debemos vigilarnos, y mucho, porque todos somos propensos a la envidia. Y la lengua es un asesino muy letal. Cuando te sorprendas a ti mismo hablando mal de alguien, pregúntate con sinceridad porqué lo haces, qué te motiva.

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