PARTE II: De Voltaire a Tucker Carlson: siglos creyendo el mismo cuento ruso
- José González Rivera
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- Cirujano Subespecialista
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La última generación de admiradores occidentales de Rusia ya no proviene principalmente de la izquierda. Ahora llega desde sectores de la derecha.
Candace Owens viajó a Rusia y quedó fascinada por la belleza de sus iglesias, que presentó como evidencia de la profunda religiosidad del país. Pero esa imagen convive con otra realidad descrita en el propio discurso ruso: un Estado que persigue a bautistas y testigos de Jehová mientras mantiene una estrecha relación con la Iglesia ortodoxa y patrocina un régimen profundamente islámico en Chechenia.
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Tucker Carlson protagonizó una escena todavía más reveladora. Durante su visita a Moscú prodigó elogios a un supermercado y hasta a sus carritos de compras, convirtiéndolos prácticamente en evidencia del nivel de civilización rusa. El episodio resume perfectamente el problema.
Los admiradores extranjeros suelen conocer Moscú y sus escaparates, pero rara vez la Rusia profunda. Así pueden maravillarse con supermercados, iglesias y estaciones de metro sin detenerse demasiado en la pobreza, la corrupción, el deterioro social o las dificultades económicas que afectan a millones de rusos.
El Kremlin ha entendido perfectamente cómo explotar esa fascinación.
María Butina supo acercarse a círculos conservadores estadounidenses utilizando incluso el tema del derecho a portar armas, aunque Rusia posee controles mucho más estrictos que Estados Unidos. También ha encontrado aliados entre personajes que proyectan sobre Rusia sus propias fantasías ideológicas.
Pero la fascinación rusa no pertenece exclusivamente a la derecha. En 2009, Barack Obama y su equipo vieron en Dmitri Medvédev a un supuesto moderado con quien podía construirse una nueva relación. La esperanza terminó siendo otro espejismo. Medvédev nunca representó una ruptura real con Vladimir Putin y hoy figura entre las voces más agresivas de Moscú respecto a Ucrania.
Existe además otro mito todavía más poderoso: el de la fuerza rusa. Durante décadas, políticos, militares, académicos y periodistas occidentales han asociado automáticamente el tamaño de Rusia con una capacidad igualmente gigantesca.
Antes de la invasión de 2022 se llegó a advertir que Kyiv podía caer en apenas 72 horas. La guerra demostró algo diferente. El ejército ruso seguía teniendo enormes recursos y superioridad numérica, pero también arrastraba corrupción, mala gestión y atraso tecnológico. Quizás ahí se encuentre la lección más importante.
Occidente lleva siglos mirando a Rusia y viendo lo que quiere ver. Voltaire encontró la Ilustración. Los socialistas encontraron la utopía. Algunos conservadores encuentran hoy tradición, cristianismo y orden. Y demasiados estrategas siguen encontrando una potencia prácticamente invencible.
Los ucranianos han obligado al mundo a mirar con mayor atención. Tal vez haya llegado el momento de dejar morir el mito.

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